Tengo una amiga que siempre me dice que hay que joderse, que ella me compró por hippie y que mírame ahora. A veces me da rabia, otras me hace gracia, otras me resulta indiferente y otras, simplemente, no lo entiendo. En lo esencial soy igual, mordaz cuando no creo que alguien se merezca la indulgencia de mi simpatía, con un carácter de perros cuando la gota colma el vaso, con la cabeza caliente cuando tendría que mantenerla fría para no perder las maneras, y con una boquita que no sé cerrar cuando toca.
Pero sí que es cierto que no todo es igual, en mi aramario no hay la misma ropa, ni llevo el pelo rojo. Aunque sí que guardo muchas de las cosas que llevaba entonces, me las puedo poner en carnaval con una flor en la cabeza, o en verano para pasear por la playa.
El monstruoso imperio de la moda no deja de reinventar el boho chic, la moda de los setenta, las flores de los sesenta, el new romantic, el tejano como prenda it, la mezcla entre la haute couture y el low cost, y al final lo único que buscan es respirar una bocanada de aire fresco, de la libertad que todo mortal ansia. La pena es que después ellos encorsetan con el se lleva esto, se lleva lo otro; las fashionistas se vuelven locas, las chonis intentan ser pijas, las quieroynopuedo llevan la marca en grande, para que el mundo se percate de que llevan tal, y lo único que hacen es chonizarse, pero no, ellas son las reinas del estilismo. (Y aquí podríamos abrir el horripilante capítulo del Lomanismo, esa señora con tanta clase y que suda glamour mezclado con paillettes, que se vuelve de lo más vulgar en un anuncio de Burger King, apareciendo en los peores programas, no reconociendo la edad que tiene y que cada vez sabe llevar menos. Ella -y qué envidia tan poco sana-, que se va a París para comprar en Prada porque no tienen el mismo producto que en Serrano, oiga usted).
Entre todo este caos desmesurado que es el mundo de las tendencias, hay una franja media, que podemos leer Vogue o Elle, criticar los estilismos de los Goya, los Óscar, o cualquier red carpet que se nos ponga delante, pero sobretdo, que al final vamos como nos da la gana. Porque a la hora de apañarte y salir de casa creyéndote la diosa del Olimpo, como en la guerra, más vale maña que fuerza. Y es que, ¿qué quieres que te diga? Si no puedo salir de casa calzada en unas Louboutin, con ese total look de Gucci que se lleva tanto este año y que consiste en combinar colores incombinables, y con un Prada colgando de la mano (medio caída), pues tendré que echarle imagianción, ¿no?
Que si hoy no me apetece salir de casa con los vaqueros rotos y las converse (lo de los vaqueros es una pena, porque grandes firmas rompen los suyos y te los venden a precio de chalé en Marbella), lo primero que tengo que hacer es saber que hoy no me pondré las converse porque a mí no me da la real gana, porque yo estoy igual de estupenda con converse que con chanclas que con esos terribles zuecos que se pusieron de moda el verano pasado y que siguen ahí como una tendencia monstruosa. Porque para ser diosa del Olimpo, una, al menos, se tiene que creer reina de su cuerpo y de sus ganas, querer sus imperfecciones y adorar lo que sea a lo que podemos sacar partido (y normalmente, ahí también entran las imperfecciones, por eso hay que tenerles tanto aprecio). ¿Que sólo tengo camisetas viejas en el armario? Daré las gracias a que se lleve el new grunge, que hay celebrities más pordioseras que cualquier mortal en un día de campo y montaña. Me pondré mi camiseta básica, echa polvo, y para compensar me habré alisado el pelo, puesto crema hidrante en la cara y dado un poco de máscara de pestañas, que parece que no, pero hace milagros, por no olvidar el corrector, que si algo tenemos todos claro, es que en el Olimpo descansaban suficiente como para no tener ojeras. Aprovecharé que tengo agujeros en las orejas y me pondré esos pendientes que nunca me pongo, las pulseras de 4€ de Blanco, y como no hay mortal que día a día ande subido a esos tacones que tenemos reservados para festivos y fiestas de guardar, hoy me pondré las merceditas, que no llueve, y me pensaré que tengo que comprarme unas oxford, que ese british se lleva mucho, y me vendrán genial para mezclaras con el look navy, que ya llega el veranito. Si llueve sacaré los botines, que ahora está todo permitido y me los puedo poner hasta para pasear por Córdoba en pleno agosto, con sus 40º a la sombra.
Y después de haber ejercitado el quererme como la mortal que soy, con sus días grises, sus días rojos y su vie en rose, sabré que no hay inmortal en el cielo de los dioses que irradie más divnidad que yo.
Incluso con el pañuelo en la cabeza y la falda larga de flores, que, fíajte, son must de este verano. Un ole por mí, que nunca fui choni por ser hippie y este año me podré ahorrar una pasta en looks de playa.