No sé cuánto llevamos de legislatura, pero se me antoja una eternidad. Una eternidad hacia atrás.
Que la democracia en este estado no funciona bien es algo que se intuía desde hacía tiempo y que hoy por hoy es un hecho más que palpable. Las excusas siempre han sido las mismas: una democracia joven, con una transición prudente de la que parece que jamás hemos llegado a salir y con el fantasma de cuarenta años de dictadura merodeando como un buitre acechando sobre el presente, dispuesto a comerse la carroña en que están conviertiendo el futuro de los ciudadanos. El problema (uno de tantos), es que cada vez cuesta más diferenciar entre esa sombra del totalitarismo y lo que hoy en día gobierna en España: en cuestiones ideológicas, sociales y económicas.
No me voy a ir por las ramas, porque no cuento nada que no se sepa. Sólo voy a ser una más de los muchísimos ciudadanos que tienen las palabras del ministro Wert metidas en la cabeza, resonando por todos lados y pensando cómo se puede decir tal barbaridad y estar en el gobierno de un estado tan plural como el estado español.
El señor ministro habla de "españolizar a los estudiantes catalanes", me quedo perpleja ante semejantes palabras, todavía me quedo más perpleja al saber que este señor todavía no ha dimitido y que el gobierno permita alegramente estas declaraciones. Aunque claro, lo único que está haciendo es enseñar los colmillos y las orejas del lobo que se vistió de oveja antes de las elecciones generales. Lo que decía, como tantos ciudadanos educados en escuelas catalanas, tengo algo que decir.
Echo la vista atrás, a mis años de escolarización catalana, y haciendo recuento por encima sé que me impartieron clase maestras y profesoras muy dispares: con orígenes extremeños, madrileños, riojanos, gallegos o vascos. ¿Y usted quiere españolizar a los alumnos catalanes, señor Ministro?
De entre todos los casos de educadores foráneos, escojo mi favorito: la maestra extremeña.
La primera vez que nos dio clase teníamos 10 años (9 los más rezagados del curso) y estábamos en 5º de Primaria, el curso siguiente siguió impartiéndonos clase, también era la tutora de curso. Era una escuela pública, así que 6º era el último curso, no sólo de ciclo, sinó también de una etapa, al año siguiente ya no estaríamos en el mismo colegio con la misma gente. Se acababa algo muy importante para un niño de esa edad, con la pubertad llamando insistentemente a la puerta, si es que no se había acomodado ya, y ella nos hizo de guía. La queríamos a rabiar. También había sido la tutora de mi hermano, unos años antes. Voy a repetir que era extremeña, voy a contaros que en esta supuesta escuela donde nos adoctrinan hacia el independentismo y la segregación de la unidad nacional (ese cuento que algunos se creen), crecimos en la tolerancia y en la diversidad, nos hicimos conscientes de la pluralidad cultural y siempre la abrazamos con los brazos abiertos, como debe ser. Muchas veces, la mayoría, su lengua vehicular no era el catalán, sinó el castellano. Nunca fuer un reproche y dudo mucho que algunos de sus muchos alumnos alguna vez sienta rencor por ello; era algo totalmente comprensible, era de fuera, y el catalán le costaba más que el castellano. Era una de las profesoras "mayores" del colegio, una de esas que es una institución por ella misma, querida por alumnos y compañeros de oficio. Una de esas personas que te marca, de esas primeras profesoras que, a parte, "es maestra de vida". Es extremeña y hablaba castellano en una escuela pública catalana.
Las cosas no son tan complicadas. En mis años de aprendizaje asistí a centros públicos, concertados y privados, todos catalanes, y en todos coincidí con educadores que usaban como lengua vehicular el castellano para sus explicaicones. Era más cómodo para ellos -puesto que les facilitaba su tarea- y para los alumnos -ya que nos facilitaba entendernos con el docente-, también recurrían al castellano cuando les sacábamos de sus casillas. ¿Quién, entre mis compañernos de bachillerato humanístico, no recuerda a Bertolín -no sólo profesor de Hª del Arte, también jefe de estudios de Bachillerato- echando broncas en castellano?
Durante los últimos años, he escuchado varias veces el "es que el catalán nos dificulta -cuando no les impide- el ir a trabajar a Catalunya a los que procedemos de otras autonomías", "es que la generalitat invierte parte del dinero que podría invertir en 'lo que sea que se esté discutiendo en ese momento' en el fomento del catalán". Vamos a aclarar cosas.
Primer punto, y parece que sobra decirlo pero no, es necesario que la lengua vehicular en Catalunya sea el catalán. No se trata de una cuestión ideológica, ni de nacionalismos de base, se trata de la preservación de un rasgo cultural muy importante. La conservación y promoción de una cultura son cosas esenciales en cualquier sociedad civilizada. ¡Estamos en el el siglo XXI! ¿Realmente alguien, a las alturas de este post, cree que no somos capaces de hablar, escribir o usar el castellano en Catalunya? La televisión, la prensa, la literatura, todo nos lleva al castellano. ¿Qué menos que nosotros intenemos hacer llegar el catalán a algún lado? No es un deber nacional, es un deber ciudadano.
Segundo punto: el catalán, ese gran lastre para el castellanoparlante. Aquí me indigno, muchísimo. ¡Venga va, con el cuento a otra parte! Para empezar el castellano y el catalán no son lenguas tan distantes, ambas con una raíz románica y, ¿de verdad tengo que decirlo?, con un léxico de lo más similar, no es tan difícil aprenderlo en la distancia, pero es mucho menos difícil, todavía, cuando uno está en contacto a diario con el idioma; porque aunque quizás con un poco más de dificultad en la escritura, es de fácil comprensión para cualquier castellanoparlante con un porcentaje muy mínimo de voluntad. Vamos a seguir con un caso muy cercano, muy doméstico y muy esclarecedor: mi abuela. Ella vino de un pueblo pequeño de Andalucía, hace unos cuarenta y muchos años, más que medio sorda, y con una escolarización muy básica. Es una señora entrañable y adorable, nadie le habla en catalán. Ella dice que lo entiende, pero que no lo sabe hablar; la verdad es que, como el castellano, lo entiende cuando le interesa. Nadie se lo reprocha, y cuando empezó el brote independentista el pasado 11S, los únicos que le metieron el miedo en el cuerpo fueron su familia andaluza.
Catalunya se ha hecho y se hace de gente de fuera, de otras autonomías, de otros países. Siempre bienvenidos y siempre -imbéciles hay en todas partes, también lo diré- conscientes de que Catalunya no está hecha de catalanes, sinó de ciudadanos de Catalunya. Y es una suerte. Es una suerte que Barcelona sea una de las ciudades más cosmpolitas de Europa. Es una suerte que hubiese podido escribir esta entrada en el blog en catalán y es una suerte que la pueda estar escribiendo en castellano para hacerla más accesible a los que tienen que entender.
No nos creemos una raza aria, no nos creemos superiores, simplemente somos una cultura, una identidad, más en un mapa -a Dios gracias- parcheado y multicultural. El problema es cuando se pretende que seamos una identidad, una cultura menos. Cada vez que nos insultan, nos humillan o desprencian nuestra cultura en nombre de no sé qué unidad nacional, lo único que hacen es resquebrajar los restos de esta multiculturalidad tan maltratada por unos ideales totalmente ficticios.
Señor Wert, gaste sus fuerzas en otros asuntos. Aquí no hace falta españolización alguna; siempre han sido bienvenidos ustedes, los españoles, y siempre se les ha contado como ciudadanos iguales al poner los pies en nuestro pequeño país. Es una pena que un catalán fuera de Catalunya, y ya incluso dentro de nuestro propio país, no siempre pueda decir lo mismo.