dijous, 14 d’abril del 2016

Versiones desfasadas nunca fueron buenas consejeras

A tres cafés por noche trabajada en lo que va de semana esto da un total de 9 cafés por 30 horas laborales. Ojo, nueve dentro de la jornada laboral, de los de antes y los de después no llevo la cuenta. Treinta horas manteniéndote despierta a deshoras da para pensar mucho en las ganas de fin de semana que se tienen. Esto es más excepción que norma, los fines de semana son mi jornada laboral habitual, pero el sábado amanezco en Madrid, y este detalle merece especial atención.

No puedo decir que esté saturada y necesite un respiro, la verdad; no hace si quiera un mes estaba en la otra punta del mundo. La ciudad de las historias interminables, sin embargo, siempre se presenta de antemano como una bocanada de aire fresco. Así, al primer trago, después hace que me enfrente con fantasmas. No con otras gentes, no con otros recuerdos, con los fantasmas de los propios errores, recurrentes siempre que piso sus calles.

Sería absurdo que culpase a la ciudad, porque de lo único que tiene culpa es de ser el hogar de gentes que han aguantado estoicamente mis idas y venidas, y no hablo del AVE Madrid-Barcelona.

Hasta qué punto es absurdo temerse a uno mismo.

En julio hará siete años que volví de Madrid. Desde entonces, más o menos, todos hemos cambiado, eso es innegable. Quien diga que la gente no cambia, miente. Siempre se evoluciona o se involuciona, superamos miedos o nos acomplejamos ante ellos, ampliamos miras o nos cerramos en banda, nos dejamos superar por las circunstancias o las superamos, pero siempre te mueves en una dirección o en otra.

Es inevitable echar la vista atrás y pensar en todas las inseguridades que se han quedado por el camino, en las decisiones que parecías cobardes y fueron las más valientes, en los complejos que tanto cuesta perder pero a los que poco a poco haces frente. Miras, con cierto orgullo hay que decir, a la persona que te devuelve el reflejo del espejo, a pesar de las bolsas en los ojos, los puntos negros y las cicatrices de acné. Sin embargo…

Sin embargo de pronto tienes miedo. Miedo de ti y de volver a hacer ese retroceso a una persona que ya has dejado atrás y de la que, aunque conservas buenos recuerdos y te ha dado anécdotas para hacer más amenas las tardes más aburridas, a día de hoy prefieres que se quede donde debiera estar: unos años atrás, con el cubata en la mano. De entre todos los miedos, el miedo a uno mismo es el que te obliga a ser más cauteloso, pero también es el que se debate entre una cerveza más que te haga dejar de lado tantos remilgos o pasar directamente al cubata de garrafón y que sea lo que dios quiera, la vida es corta y la noche es joven. Los términos medios son siempre tanto más difíciles que los extremos.

El tiempo y la distancia en todo sirven, y esta vez al menos he hecho una cosa con cabeza: que me conozco y no sé si puedo conmigo misma, así que el sábado a partir de las 23h he dado órdenes a allegadas de mandarme mensajes disuasorios de mi amistad con la cerveza. Sentíos libres y sed bienvenidos, toda colaboración es bienvenida.