El secundero de algún reloj de cuco se ha parado y ha encallado las horas de una noche larga, que transcurre a duras penas entre las idas y venidas de notas de fondo. Voy y vengo por amaneceres intuídos detrás de los ventanales, con el pelo recogido para asomarme a esta ventana, que no es la misma en la que amanezco, sinó en la que me asomo las noches largas cuando los secunderos de los cucos se paran.
Espejismos de otros amaneceres se me aparecen ante los ojos hinchados de tanto evitar que los párpados caigan y entre en otro mundo, uno onírico, si me apuras utópico. Amaneceres, ¡muchísimos amaneceres! De colores naranjas y rosados, muy trendys, con el rumor del mar entrando por el ventanal, con el pijama pegado a la espalda del bochorno, con la vida lista para ponerla en remojo y después secarla al sol, con lujos y tumbonas, quizás con un libro para cuando me tumbe de espaldas, con el iPod a punto para cuando los berridos de algún insufrible infante quejica y caprichoso choque con el rumor de las olas, y para colmo, gane; o para cuando algún reprochable adulto quiera compartir su, todavías más reprochable, música con el resto de almas veraniegas chupando vitamina D como sanguijuelas, o como banqueros en épocas de crisis aumentando beneficios. Amaneceres azules, color hielo por la neblina que enfría las noches y precede cielos añiles y verdes -no los cielos, en los montes, en los prados, en el reflejo de aguas desheladas- soleados, algún mugido incierto, quizás un relinchar, si la valentía se levanta de cara y deja la manta -¡qué gusto dan las mantas en verano!- tirada por ahí, de cabeza a la gélida agua del río o de algún lago de cuento, muy muy lejano a metros en hora punta, prisas, ruidos, luces y aturdimientos. Sin municipales por llegar, con sus tediosas campañas de pueblerinos insulsos que juegan a mandar, sin presidentes del gobierno hastiados y hastiantes (mis disculpas por no aprovechar el basto léxico de la lengua cervantina), sin oposiciones desmemoriadas que, en el colmo de la arrogancia electoral, ni se molestan en prometer engaños.
Amaneceres de días preciosos que culminaron con terribles atardeceres. Amaneceres terribles que culminaron con espléndidos atardeceres. El porvenir luminoso, con tormentas localizadas, a veces eléctricas, a veces llovizna.
Ha amanecido detrás del ventanal, el secundero habrá echado a andar de nuevo...