Treintaiuno y uno de diciembre de dos mil quince. Podría intentar no hacerlo, pero creo que me resultaría prácticamente imposible. Podría intentar dejar de ver como este año va pasando lentamente en mi cabeza una y otra vez, en reproducción continua. Siempre las mismas imágenes. Siempre tú. Me esfuerzo, respiro hondo, no me permito ninguna lágrima fuera de lugar e intento vivir todos esos otros momentos en los que no estás y que tan especiales han sido también, pero no lo consigo. Siempre vuelves.
¿Cómo no vas a volver si mañana hará un año que me metía en tu cama, a las nueve de la mañana, sin dormir, y con tu calor tuve suficiente para sentirme descansada? ¿Cómo no vas a volver si hará un año que, después de aguantar todas las navidades sólo para estar a nuestro lado, no te quedó más remedio que verte en el hospital y empezar el que ha sido el año más intenso, más difícil, y con el momento más doloroso -no sé si de nuestras, porque era pequeña cuando el yayo se fue- de mi vida?
El problema no es que te hayas ido. El problema es que no estás.
El problema no es que cerrases los ojos y marchases con los que te echaban de menos. Tenía que pasar. Tú, luchadora innata, te merecías descansar, te merecías una vida que ya no tenías, no te merecías verte postrada, no te merecías todo ese dolor físico que negaste hasta último momento y que te esforzabas por ocultarnos, no te merecías ese dolor emocional que te provocaba el no poder estar pendiente de todo y por todos, la frustración de verte incapacitada para ponerte en pie sin la ayuda de nadie. No te merecías muchas cosas y nunca las rechazaste, aceptaste cada revés sin poner mala cara, sin hundirte, sin tirar la toalla. Tampoco nosotros nos merecíamos verte sufrir como lo hicimos, porque la angustia era y es infinita, porque sólo sacábamos fuerzas por ti, pero cada vez era más difícil. Porque tus últimas horas son las más difíciles, tortuosas y dolorosas que he vivido. Te ganaste el descanso, y aún así quisiste vivir hasta el final, esperaste a que tu nieto se pudiese despedir de ti. Nos cuidaste hasta sin aliento.
El problema es que no estás. Ni estarás. El problema es que tu ausencia ocupa un espacio que parece infinito. El problema es que no estás en estas fechas, ni en esta casa, ni en la tuya. Ni estarás en otras fechas. El problema es que me duele pensar en próximos san valentines y próximos sant jordis, en próximos veintiocho y treinta de marzo; en soplar las velas sin ti, en empezar el año y no verte, en que éste será el primero en que me sabré incompleta, porque tú eres una pieza tan grande de lo que soy, que por mucho que se cierren heridas, por mucho que me esfuerce en mantenerte viva, te has ido y contigo parte de mis fuerzas. El problema es que duele respirar, duele sonreír, duele esforzarse.
Capítulo nuevo.
Uno de enero de dos mil dieciséis. Empezar el año vacía, esa será la realidad. Las opciones se me han agotado. Intento llenarme de otras gentes, de otros momentos, pero ninguno eres tú y tú lo has sido todo este último año. Hago esfuerzos, lo prometo. Pero empezaré vacía. Y te digo una cosa, el año nuevo me llevará a hacer mías las cuatro paredes en que crecimos a tu lado, y las vaciaré de ti; lo siento, pero sabes que no soporto tus muebles ni tus figuras de porcelana. La vaciaré de ti y la llenaré de nosotras, porque si hay algo que tengo claro es que en esas paredes siempre tiene que caber el amor que nos has dejado, dentro de ese piso sólo puede ensancharse en corazón. Y escribir un capítulo nuevo en el que tu alegría sea motor, en el que la tristeza no sea infinita, si no efímera, en el que sea más poderoso el mañana que el ayer, y en el que tu ausencia no sea un fantasma (por lo que más quieras, ¡no muevas mecedoras!), pero sí la mejor de las compañías. Que nos sigas llenando de luz en todos los mañanas de nuestra vida, que poco a poco te podamos irradiar de tanto quererte.
(aunque irremediablemente siempre esperaré poder comerte a besos una vez más)