diumenge, 16 d’octubre del 2016

Hace veinte años...

Hace veinte años mi madre mi y mi tía fueron al concierto de lo que por entonces me parecieron cuatro viejales -yo contaba con nueve, y alguien de más de cincuenta se me antojaba ridículamente mayor-; viejos y aburridos. Yo, que harta de escuchar vinilos de Serrat en casa y cassettes en el coche de mi tía, aborrecía esas melodías poco bailables y esa voz temblorosa que invitaba a la siesta, me dediqué a meterme con ellas y a reírme de lo emocionadas que volvieron del concierto, cuando me contaban que Serrat y Víctor Manuel (nada menos, la alegría de la huerta en el escenario, oiga usted) salieron a cantar con gafas de sol modernas, y bla bla bla. Después salió el disco y una mañana que mi tía puso el cd en el piso de Granollers...

...me enamoré.

Me enamoré de aquel cuarteto, de aquel disco homónimo a la gira, y desde entonces, el gusto fue mío.

No sólo hice las paces con Serrat, si no que empecé a hacerlo mío. En sexto de primaria ya llevaba sus cassettes en el walkman, once años tenía, y poco después fui a verlo por primera vez en directo. Fue un concierto en plaça Catalunya durante las fiestas de la Mercè, lloré mucho cuando salió al escenario y desde entonces no me ha interesado ningún concierto de las fiestas de Barcelona. A Serrat, le vi tres veces más después de ésa: cuando sacó el disco Versos en la boca en l'Ateneu de l'Aliança de Lliçà d'Amunt, en el Palau Sant Jordi con su Serrat Simfònic, y en el TNC cuando sacó , su último disco en catalán. Siempre emocionada, siempre agradecida, siempre acompañada de mi madre y mi tía, que son mis compañeras perfectas para este viaje.

Hace unos años, creo que por el 2010, Miguel Ríos anunció gira de fin de carrera y, no lo dudé, cuando mis padres dijeron de ir, no me lo quise perder. Sabía que aunque sólo fuese por ver Bienvenidos en directo valdría la pena, y no me equivoqué.

Lo de Ana Belén y Víctor Manuel se lo debo en gran parte a su Víctor y Ana en vivo -de 1983, ¡no digo más!-, que todavía no sé cómo no he rallado el vinilo, y a mucha Ana Belén: a su Lía y su Derroche, a su Lorquiana, que fue uno de mis primeros cd's, al cassette de Como una novia, que le robé a mi madre, y a su Peces de ciudad, y, como no, a la maravillosa intensidad de El hombre del piano.

Veinte años más tarde, el pasado junio, se volvieron a juntar y yo, que ya no les veo viejos por mucho que se hagan mayores, me quedé con las ganas (aunque  estaba ensimismada con el nacimiento de Leo). Cuál fue mi sorpresa cuando al descargar la entrada para ver a Ismael Serrano (después de casi diez años sin ir a un teatro a verle) encontré, de nuevo, publicidad para El gusto es nuestro en Barcelona.
No lo dudé ni lo más mínimo, y menos viendo que tres localidades juntas eran ya escasas.

Así que, ahí estaba el pasado jueves 13, con una lluvia de campeonato que ya me había calado por el camino al Palau Sant Jordi, bajando la media de edad de la cola y esperando encontrarme con mi madre y mi tía dentro del recinto.

Nos lo montamos fatal, la logística fue un desastre (la nuestra y la de los señores que pedían entradas, la guardia urbana que cortaba calles, ...), teníamos los pies empapados y a puntito estuvimos de sufrir un ataque de vértigo subiendo a la grada 39 del Sant Jordi, pero sin duda alguna valió la pena.

Sí, los años no han pasado en balde para ninguno de los cuatro, aunque Ana Belén parece haber pactado con el diablo, pero igual que pasa por todos nosotros. Que sí, que entre cuatro, pero ofrecieron algo más de tres horas de conciertazo que dieron para llorar, reír y -¡atención!- bailar.

La magia de ver cómo uno de los discos de mi vida se hizo realidad ante mis propios ojos, estoy convencida, me seguirá emocionando largo y tendido.

Y es que hay momentos que quedarán grabados en la retina y el oído por lo bonitos, por lo intensos, por lo sencillos. Un apoteósico e insurrecto Miguel Ríos, Víctor Manuel creciéndose cantándole a Asturias sin la necesidad de moverse ni medio centímetro por el escenario, Ana Belén, toda ella, pero ver ese Hombre del piano en directo debería ser obligatorio para poder morir en paz, y un Serrat que resurgió con su Pare guitarra en mano y taburete en culo para empalmar con un Para la libertad apoteósico, que hizo que todo el Palau cantase su Paraules d'Amor, más himno que ninguna -me guste o no-. Porque los cuatro nos regalaron un precioso Aquellos locos bajitos que mi madre y yo disfrutamos -y lloramos, si dice lo contrario, MIENTE- cogidas de la mano (mi tía me estaba haciendo menos caso, la verdad). Y, personalmente, no pude pedir más que una grandiosa y deslumbrante Puerta de Alcalá como colofón final, y sí, la bailé y la canté a voz en grito, porque la canción no merece menos (no, no fui la única).

Sin ellas, no sería lo mismo, ni el concierto ni mis vicios musicales. Gracias por ser compañeras perfectas para esta tarea de disfrutar de las cosas bonitas que compartimos.

De todo esto, tengo catorce minutos de pinceladas en las que, lastimosamente, se me oye cantar en algún punto. No lo tengáis en cuenta.