En la calle en la que viven mis padres hace tiempo que rondan tres estelades, supongo que a estas alturas del bien o mal denominado Conflicto catalán todo el mundo sabrá que se trata de la bandera independentista. Una -la primera- en casa de Esperança, madre del actual cabeza de lista de ERC en Parets, otra en casa de mis padres y otra en casa de mi vecina Margarita. He dicho digo pero tendría que haber dicho rondaban, porque sólo queda la de mis padres. A Esperança el otro día le arrancaron la bandera y el cartel que pedía república y democracia, y los familiares de Margarita decidieron quitarla, que a cierta edad ya no se está para sustos (¡normal!).
A mí nunca me ha ido especialmente el tema de las banderas, oye. Menos para preguntarme por qué las banderas pre-constitucionales (¡con lo querida que es la Constitución!) NO son delito en un estado de teórico derecho. También me pregunto por qué sigue la bandera borbónica y no la rojigualda, pero creo que esto no tiene nada que ver con el tema de las banderas por las nacionalidades.
Lo que decía, a mí las banderas ni fu ni fa. Si me acostumbré a ver la Cibeles tan llenísima de banderas del Estado Español (nunca entendí por qué tantas), cómo no me voy a acostumbrar a estelades en los balcones, la verdad; mucho tardaron en responder las banderas españolas en los balcones de Catalunya frente al alud del independentismo.
Pero señores, dejen de jugar con ellas. Quieren sacar la bandera española a pasear, sáquenla, pero no peguen con ella (antes de que los unionistas se alteren, no es una generalización, pero es una realidad que, desgraciadamente para la causa, no es un caso aislado el de violencia bandera en mano). Quieren sacar la estelada a pasear, sáquenla, pero no menosprecien a quien no comparte la estrella.
Pero por favor, diputat Albiol, diputada Arrimadas, dejen de ondear la bandera andaluza en el Parlament.
Dejen de posicionar al catalán contra el andaluz o, lo que están haciendo realmente, al andaluz contra el catalán.
Acuérdense que Catalunya ha crecido con los andaluces emigrados, con los hijos de esos andaluces, con los nietos de esos andaluces. Acuérdense que Catalunya está llega de xarnegos que están deseando que llegue el verano para ir a ver a la familia del pueblo, donde la vida pasa más lenta y se respira aire más limpio.
Les cuento, diputats, a mí me dicen que menuda malafolla tengo, que parezco granaína, y a mí no se me ulcera el estómago. Yo digo, pues sí, coño, es que lo llevo en los genes. Es que he crecido con una alomarteña (Alomartes, término municipal de Íllora, Granada, Andalucía) como ejemplo de vida que tenía un relato maravilloso en el que nos contaba que ella la voluntad y la capacidad de trabajo continuo la traía de casa (¡hay que abolir tópicos, señores!) pero que la dignidad por lo que hacía, por esa capacidad, se la dieron aquí. Les cuento, diputats, que como hija de andaluza me avergüenza y me repulsa la manera que tienen de usar esa bandera con la que tantas personas que quiero comparten identidad, porque la identidad catalana es fuerte, pero la identidad andaluza no lo es menos. Y, senyors diputats, entenguin, ¡ésa es la grandeza que se tendría que cuidar!
Desgraciadamente, si ustedes ondean banderas de confrontación criticando el nacionalismo catalán desde el nacionalismo español, señores, ustedes sólo sacan a flote el discurso del odio.
Y estoy cansada de ustedes, diputat i diputada.
Ustedes sólo dan motivos para la ruptura con el Estado que usa las identidades como contrarias y no como hermanas, y deberían entenderlo, diputat i diputada, que pretendiendo recriminar el odio del independentismo sólo generan odio a la identidad catalana y a sus ciudadanos, a los que ustedes, por la suerte que sea, también representan. Sería bonito, llámenme utópica, que además nos empezasen a respetar.