"Me levanto temprano, moribundo, perezoso resucito... Bienvenido al mundo"
Así me levanté ayer, con la pereza de un sábado que acabó en domingo de madrugada; con los nervios de saber que ése no sería un domingo cualquiera. Ayer tenía una cita muy especial, un reencuentro de los que dejan huella.
Después de diez años, iba a encontrarme con Ismael desde la butaca de un teatro. Todavía estoy aturdida.
Si Serrat fue mi primer amor en el mundo de la canción de autor, Ismael Serrano es el amor de mi vida; si tengo que estar enamorada de alguien durante toda mi vida, que sea de él. De sus letras, de su voz, de su directo, de sus ratos de monologuista, del deje de chulo madrileño.
Como todas las historias de amor (al menos las más bellas), las cosas no siempre han sido fáciles. Después de achacar a todas sus canciones de amor la frustración de lo que pudo ser y nunca fue, poco a poco fui haciendo las paces con él. Eso pasó por tirar a la basura un póster firmado de su puño y letra (justo la última vez que le vi en un teatro hace diez años) y exorcizar los rostros que me mostraban sus letras. Pero ¿tenía otra opción? Hay gente que entra en tu vida para quedarse, a pesar del tiempo, de la distancia, de las historias de uno, y lo mismo pasa con los referentes.
Ayer Ismael recordaba que en 2017 se celebraban 20 años desde que Atrapadon en azul vio la luz. Recuerdo perfectamente cuando empecé a escuchar a Ismael. Fue en el 2001 con una cinta equivocada en mi walkman en la que había una entrevista / directo de Ismael en Los 40 Principales (¡¡!!), al poco tiempo mi hermano me hablaba de una canción que me iba a encantar, era Papá cuéntame otra vez. Por esos entonces tenía la sensación de haber llegado tarde a Ismael, que ya contaba con tres discos de estudio en el mercado (Atrapados en azul, 1997; La memoria de los peces, 1998; Los paraísos desiertos, 2000 -y digo las fechas de memoria, así que si me cuelo no me lo tengáis en cuenta), sin embargo ayer me di cuenta de que Ismael llevaba quince años en mi vida, que son más de la mitad, y que esos cuatro primeros años los compensé a base de fanatismo durante muchos años. Con Ismael descubrí que se podían mandar canciones por Messenger (sí, la primera canción que me pasaron por Messenger, cuando un .mp3 resultaba un pesadísimo archivo que requería que no sonase el teléfono de casa durante un rato, fue una versión de Lucía de Serrat cantada por Ismael, y morí de amor); Ismael estuvo allí la primera vez que fui a Madrid, fue la grabación de su Principio de incertidumbre, en septiembre de 2003, la primera vez que iba a un concierto sin mi madre; a Ismael le debo un diez en el treball de recerca de bachillerato. Ismael fue la banda sonora de mi amor y de mi desamor; el eco de mi adolescencia, mi hermano, algunas personas que fueron muy importantes en mi vida, alguna que todavía lo es; son las canciones con las que he crecido y con las que crezco, con las que he dolido y las letras que más he amado, porque ser del 87 me da la ventaja de que Ismael siempre vaya unos pasos por delante de mí para escribir palabras que todavía no sé que necesitaré.
Ayer fue un reencuentro bonito.
Ismael nos regaló 200 minutos (que se dice rápido, calculen, tres horas y veinte minutos) de magia encima del escenario. Doscientos minutos de hacer repaso de lo andado, en su música y en mi vida, de cara de embelesamiento y de emoción empapando la mirada.
Así que una vez hechas las paces sólo puedo decir,
GRACIAS.
Gracias por Aute y Silvio.
Gracias por las canciones nuevas y las de siempre.
Gracias por dejarnos acompañarte, incluso si cantamos mal.
Gracias por la cercanía, por siempre hacernos partícipes.
Gracias por el sentido del humor.
Gracias por ser capaz de hacernos sortear el vértigo.
Gracias por cantar para Leo -y todos los niños, incluso al que todos los adultos que estábamos allí llevamos dentro (véase, La luna de Candela).
Gracias por seguir haciendo que el vértigo pase.
Gracias por ser una constante desde esa cinta olvidada en 2001.
Gracias por hacer que un domingo fuese
"viernes, siesta de verano, verbena en la aldea, guirnaldas en mayo, tormentas que apagan el televisor"
No dejaré que pasen diez años más, lo prometo.
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