divendres, 18 d’abril del 2014

Inspira gratitud...

y expira las cosas malas de la vida. 

Eso es lo que dice mi profesora de yoga, que hay que respirar lo bueno y expulsar lo más regular. 

Y eso es lo que intento re-aprender cada día: dar las gracias y no los pesares. Mirar a mi alrededor y saberme afortunada. Mirar a mis adentros y dar las gracias. 

Ser consciente del aquí y del ahora y dar las gracias. Dar las gracias porque si puedo escribir estas palabras quiere decir que tengo suficientes recursos como para sentarme delante de un ordenador y teclear; dar las gracias por el ahora, porque eso quiere decir que tengo un presente entre las manos. Un ahora desde el que dejar atrás todo lo que no me gustó del antes, un ahora desde el que construir el después que a mí me apetezca, un ahora para reinventarme continuamente o perseverar con aquello que no quiero que me falte jamás. Dar las gracias porque sé que el aquí y el ahora son lujos de los que gran parte de la población no puede disfrutar; y es que cuando nos vamos a dormir pensando que mañana será otro día, a menudo olvidamos que para muchos la vida es la misma lucha diaria, que su cotidianidad es el mismísimo infierno, y sin embargo agradecen cada amanecer. 

Deberíamos obligarnos a diario a cerrar los ojos para acostarnos dando las gracias por cada rayo de sol que nos ha rozado la piel, por los cielos rosados, por las amapolas en primavera, la ginesta en verano, las hojas caídas en otoño, y el calor del hogar en invierno; por las sonrisas que te sacan cuando lo que te apetece es patalear, por las que sacas a quien le apetece llorar; por los oídos que nos escuchan, las manos que nos agarran y los brazos que nos escudan de dardos envenenados; por cada bocado que podemos llevarnos a la boca sin pensar que no sabes cuándo será la próxima vez que tendrás algo para comer; por cada palabra que somos capaces de leer, por todas las lecturas que somos capaces de comprender, por toda la comprensión que nos hace más abiertos de miras y, por tanto, más humanos; porque somos capaces de querer, porque nos sabemos queridos, porque podemos aprender a querernos un poquito más cada día. 


Cerrar los ojos y sentir una pequeña ola de felicidad. Y estar agradecidos por ello.



(dar las gracias por la familia que me rodea, por las amigas que son familia, por las amistades que perduran a pesar de ser opuestos, a pesar de las diferencias de criterios, a pesar de la distancia, por los que se fueron y te enseñaron a cerrar puertas, por los reencuentros y su luz, por el amor propio, por los cambios, por el hoy, por poder pensar en un mañana, por agradecer a diario el lujo de respirar lo bueno y expirar lo malo)