dissabte, 27 d’abril del 2013

Sí, tengo un cuaderno de.

Éstas son esas horas de la madrugada de un sábado cualquiera en que, después del vino y los gins, de la cerveza y del cubateo, o del kali de último recurso, si me apuras, a uno se se le suelta la lengua y empieza a largar todo lo que se tendría que callar. Esos ratos en los que es mejor haberte dejado el móvil en casa para evitar el '¿pero qué coño?' del día-d, el de después. 

Como no es mi caso, voy a quitarme complejos de encima y voy a poner mi superficialidad y narcisismo en su estado más puro sobre la mesa. Lo diré de carrerilla, para que duela menos, y después ya me explico, lo prometo. Tengo que confesarlo, tengo un cuaderno de outfits. De verdad de la buena. ¿Que de qué leches estoy hablando? ¿Que qué es eso? No es más que una versión privada, analógica y cutre -aunque muy digna- de egoblog. ¿De qué? Que sí, que esto de las egobloggers si sabéis de qué va, que ya las he mencionado antes. Son esas muchachas que se recrean comentando -casi- a diario lo estupendas que van vestidas y lo genialísimos que son sus modelitos diarios, con más o menos razón. O para gustos los colores, vaya. 
Mi armario, que da de sí pero no da para tanto, mis pocas ganas de ser la más divina del lugar a diario y los dos dedos de frente que me quedan, impiden que sea una de esas, que suficiente ego hay este blog sin ser egoblogger. Pero sí tengo un cuaderno, una de esas libretas que te compras porque te encantan todas esas chuminadas y con las que no sabes que hacer, hasta que un buen día te despiertas con el guapo de fotos ya tomadas subido y te dices, '¿pues sabes qué? quiero acordarme siempre de lo estupenda que iba este día'. Antes de darme cuenta, estaba copiando a mano un viejo artículo del blog, del que me siento muy orgullosa, y que establecí como manifiesto de lo que iba a venir después... ...'después de haber ejercitado quererme como la mortal que soy, sabré que no hay inmortal en el cielo de los dioses que irradie más divinidad que yo'.

Desde que teclease esas palabras, un ejercicio sano y entonces necesario de autoestima, han pasado muchas cosas y he hablado de tantas otras en el blog: de política e ideales a raíz del 15-M, del alcohol que sube y baja, de las hormonas que todo lo alteran, de los cumpleaños de las personas que más quiero, o del mío propio, de lo que fueron las primeras veces con mi hermano lejos de casa, de cosas que me indignaron (y siguen en ello), con especial hincapié en el ministro Wert, sus desafortunadas palabras y sus repulsivas ideas -ahora me sorprende que otros se sorprendan con ese vídeo que corre por youtube, cuando es lo que --creo-- todos pensamos, y no son ideas nuvas- hacia el catalán, de propósitos que no se cumplen, aunque eventualmente sí, de los Goya, de la vida que pasa y de otras cosas varias. 

Cuando empecé el cuaderno mi armario era -literalmente- tres veces más pequeño que el que preside (porque la palabra no puede ser otra, ya que mi habitación es todo armario, casi) mi habitación y mi cuerpo -casi literalmente- el doble de grande de lo que es ahora. En estos dos años he aprendido a quererme mucho, y no físicamente (de los complejos que puedes llegar a coger en el tiempo que inviertes en perder peso hablaré -espero- en breve, porque los -30kg tendrán su minuto de gloria en este espacio de despropósitos), que también. Pero sobretodo, he aprendido a no quererme sin ser todo-lo-que-tendría-que-haber-sido, a lo que hoy puedo añadir y-además-no-quiero-ser. Habrá quien haya tenido una vida de lo más ordenada y no entienda de lo que hablo, pero dudo que esté leyendo este blog. Aunque, quizás más intensamente estos dos últimos años, los últimos cuatro, desde que volví de Madrid, han consistido en aceptar no ya muchos cambios en los vericuetos de la vida, sino el entender que las necesidades, las mentalidades y las búsquedas cambian. Aceptar que no, ya no eres ni -a Dios gracias- volverás a ser la persona de 15 años con ideales incendiarios latiendo en las venas, que no, no siempre te apetecerá leer las grandes obras de la literatura universal, que muchas veces preferirás best-sellers cutres (y lo digo ahora, que por fin he dejado de releer la triología de Grey), que te atreverás a decir en voz alta que la literatura beat puede llegar a ser desagradable hasta el extremo, que está muy bien que el mundo se haya llenado de hippsters o modernos o lo-que-quiera-que-sean fanáticos de Kerouac con la pretensión de hacer su propia versión de On the road (con las comodidades de ahora, una wifi decente y el smartphone a mano, por su puesto), pero que eso no le quita que a veces te entren ganas de quemar el libro y quemarte a ti con él mientras lo lees. Aceptar que por mucho que intentes ampliar tus horizontes culturales y abras tu mente a todo tipo de películas posibles, siempre acabarás viendo Grease o Dirty Dancing, algunos hasta Titanic o la versión esa de Romeo + Julieta de cuando DiCaprio era joven, ¡no digo más! ¿Y sabéis qué? ¡Que no pasa nada! Porque por mucho que durante el -mucho- rato que llevo escribiendo no haya dejado de sonar el último disco dels Manel, en el mismo Spotify está la lista original para el fin de semana rural en Carrascal del Río (un año atrás, más o menos) como testigo de lo bien que lo podemos pasar con la peor música, porque todos sabemos que si suenan las Spice Girls con su Wannabe hasta rescataremos algún paso de la coreografía que con tanto empeño nos aprendimos (y mejoramos) durante horas y horas de patio (recreo, para entendernos). Como colmo, recuerdo una noche en Low, para que nos entendamos, era un sitio de estos que es como un nido de modernos, y la única canción que reconocí y pude cantar en lo que pasé de noche ahí dentro fue la canción de apertura de 'Dragones y mazmorras', sí, los dibujos animados. Hasta ahí mi conflicto con esto de querer ser un cultureta aparente, ¡imaginaos! Además, para culturetas sin aparentar suficiente tengo con mi hermano.

Éstas son las armas que tenemos para sobrevivir: a la crisis, a los gobiernos, a los mercados, al vecino que chilla, a las cuentas que no cuadran, y a los que les descuadran los ceros a base de bien -y de muy mal hecho- en cuentas en Suiza, en las Caimán o en Andorra, a las cosas que no vienen de cara, y a las que además vienen de espalda y apuñalando, a las eternas dudas filosóficas (sobretodo al '¿adónde vamos?'). Así que sí, tengo un cuaderno de outfits para recordar que, cuando quiero, puedo resplandecer por mucho que el mundo pese sobre mis hombros, o los de otros. Así que sí, la ligereza es el arma que queda ante la gravedad de las circunstancias, y para poder llegar a, si quiera, rozar la levedad... a veces será necesario andar de puntillas apenas rozando la superficie. Y sí, habrá momentos en que será saludable aferrarse (durante un rato) a la superficialidad. 

¡Ah! (suspiro), y qué difícil será no reprochárnoslo después...

...y qué bien sentará el nanosegundo en el que no nos estemos juzgando, para variar.

dimarts, 2 d’abril del 2013

Ordenando abriles

Hoy me he levantado lo más tarde posible, después de parar el despertador -tres horas antes- y cerrar los ojos reiteradamente durante el resto de la mañana. De la cama a iTunes, 'Teresa Rampell' en modo repeat, que el sol acompaña detrás de las persianas. Por el camino paso por la báscula, que me dice perezosa que tengo que poner orden después de los estragos de estas fiestas (trabajadas), pero con mucha calma, hemos aprendido a comunicarnos pausadamente, de no ser así ya hubiese practicado el lanzamiento de báscula por terraza, la mía o la del vecino.

Me levanto tarde y me ducho tranquila por primera vez en lo que me parece una eternidad después de una semana santa haciendo equilibrios entre horarios imposibles y rutina establecida; sobra decir que ganaron los horarios imposibles y por eso hoy estoy de resaca vacacional, pero de las vacaciones de otros. Me visto tranquilamente, con las puertas de la terraza abiertas y sin morir congelada, sólo puedo pensar '¡qué gustazo empezar el mes así!'. Esto lo tengo clarísimo, para mí marzo terminó ayer, uno de abril, y empieza hoy, con 24 horas de retraso, pero con el día soleado y dando esquinazo al cansancio y sueño acumulados. ¡Bienvenido seas, abril!

A los 5 minutos de salir de casa, obviamente, he tenido que echar a correr, y ha sido el indicador de que todo volvía a su cauce después de este paréntesis tan contrario a in kit kat. Pensando en que las cosas tenían que volver a estar en orden, lo primero que he hecho ha sido anotar un par de 'eventos' en el calendario (que si tal comida familiar, que si tal cumpleaños, que si...) y no he podido evitar pensar en que hace unos años esto hubiese sido imposible, porque ni si quiera me hubiese planteado tal cantidad de relaciones sociales. El paso del tiempo, esa cosa. No quiero saber qué me pasará por la cabeza tras otros 25 años más. De momento tenemos suficiente con lo que hay en estos 25 años menos de esos que están por llegar.

Hay dos cosas que poco a poco me conducen al orden, las más superficiales y absurdas. Sin duda alguna, la misma Sandra que no se hubiese planteado tal exceso de sociabilidad, hubiese renegado de ambas.
La primera es la ropa, de verdad de la buena. Todo empezó cuando volví de Madrid y me quedé con la habitación grande y el armario pequeño; después de dos años acostumbrada a tener todo a mano, y con eso me refiero a tener todo en mi habitación, me las tuve que ingeniar para mantener un armario que equivalía a una tercera parte del que tenía en la capital en riguroso orden para no tener que repartir las cosas por la casa; un par de años, una redistribución y tres armarios robados a mi hermano, después no tengo el problema del armario pequeño, pero me las sigo ingeniando para aprovechar hasta el centímetro más recóndito de esos tres armarios que me apropié.
La segunda cosa no sólo me ha hecho poner orden, si no que, poco a poco, va consiguiendo algo que ni mis padres ni los colegios privados consiguieron: disciplinarme poco a poco. Se trata de la comida y de poner en orden todos mis desórdenes con cualquier cosa que tuviese que ver con la alimentación. Aunque el objetivo era perder peso, dejar atrás los malos hábitos y los kilos han hecho que el orden alimenticio se imponga como una serie de nuevos hábitos a los que me he acostumbrado y sobre los que reino gracias a haber conseguido disciplinar mi estómago y mi cabecita. Ni hay que decir que toda norma tiene su excepción y hay excepciones indiscutibles: los dulces cuando, como la semana pasada, parece que haya plantado la tienda de campaña en la mater, la comida hiper-mega-calórica si ceno por ahí (y me apetece), y el alcohol en las ocasiones que me venga en gana. Una cosa es disciplinarse y la otra amargarse la existencia, eso lo aprendí durante los primeros meses de dieta, 20 kg (de los 28 kg que llevo perdidos) atrás.

Llega abril y me dispongo a ordenar rutinas y calendarios, quizás para finales de verano me dé por ordenar propósitos, pero de momento me queda lejos, si de aquí a mayo consigo poner orden a la rutina de cremas y deportes, me daré por satisfecha. En mayo ya veremos qué pasa con el 'del dicho al hecho'.