Hoy me he levantado lo más tarde posible, después de parar el despertador -tres horas antes- y cerrar los ojos reiteradamente durante el resto de la mañana. De la cama a iTunes, 'Teresa Rampell' en modo repeat, que el sol acompaña detrás de las persianas. Por el camino paso por la báscula, que me dice perezosa que tengo que poner orden después de los estragos de estas fiestas (trabajadas), pero con mucha calma, hemos aprendido a comunicarnos pausadamente, de no ser así ya hubiese practicado el lanzamiento de báscula por terraza, la mía o la del vecino.
Me levanto tarde y me ducho tranquila por primera vez en lo que me parece una eternidad después de una semana santa haciendo equilibrios entre horarios imposibles y rutina establecida; sobra decir que ganaron los horarios imposibles y por eso hoy estoy de resaca vacacional, pero de las vacaciones de otros. Me visto tranquilamente, con las puertas de la terraza abiertas y sin morir congelada, sólo puedo pensar '¡qué gustazo empezar el mes así!'. Esto lo tengo clarísimo, para mí marzo terminó ayer, uno de abril, y empieza hoy, con 24 horas de retraso, pero con el día soleado y dando esquinazo al cansancio y sueño acumulados. ¡Bienvenido seas, abril!
A los 5 minutos de salir de casa, obviamente, he tenido que echar a correr, y ha sido el indicador de que todo volvía a su cauce después de este paréntesis tan contrario a in kit kat. Pensando en que las cosas tenían que volver a estar en orden, lo primero que he hecho ha sido anotar un par de 'eventos' en el calendario (que si tal comida familiar, que si tal cumpleaños, que si...) y no he podido evitar pensar en que hace unos años esto hubiese sido imposible, porque ni si quiera me hubiese planteado tal cantidad de relaciones sociales. El paso del tiempo, esa cosa. No quiero saber qué me pasará por la cabeza tras otros 25 años más. De momento tenemos suficiente con lo que hay en estos 25 años menos de esos que están por llegar.
Hay dos cosas que poco a poco me conducen al orden, las más superficiales y absurdas. Sin duda alguna, la misma Sandra que no se hubiese planteado tal exceso de sociabilidad, hubiese renegado de ambas.
La primera es la ropa, de verdad de la buena. Todo empezó cuando volví de Madrid y me quedé con la habitación grande y el armario pequeño; después de dos años acostumbrada a tener todo a mano, y con eso me refiero a tener todo en mi habitación, me las tuve que ingeniar para mantener un armario que equivalía a una tercera parte del que tenía en la capital en riguroso orden para no tener que repartir las cosas por la casa; un par de años, una redistribución y tres armarios robados a mi hermano, después no tengo el problema del armario pequeño, pero me las sigo ingeniando para aprovechar hasta el centímetro más recóndito de esos tres armarios que me apropié.
La segunda cosa no sólo me ha hecho poner orden, si no que, poco a poco, va consiguiendo algo que ni mis padres ni los colegios privados consiguieron: disciplinarme poco a poco. Se trata de la comida y de poner en orden todos mis desórdenes con cualquier cosa que tuviese que ver con la alimentación. Aunque el objetivo era perder peso, dejar atrás los malos hábitos y los kilos han hecho que el orden alimenticio se imponga como una serie de nuevos hábitos a los que me he acostumbrado y sobre los que reino gracias a haber conseguido disciplinar mi estómago y mi cabecita. Ni hay que decir que toda norma tiene su excepción y hay excepciones indiscutibles: los dulces cuando, como la semana pasada, parece que haya plantado la tienda de campaña en la mater, la comida hiper-mega-calórica si ceno por ahí (y me apetece), y el alcohol en las ocasiones que me venga en gana. Una cosa es disciplinarse y la otra amargarse la existencia, eso lo aprendí durante los primeros meses de dieta, 20 kg (de los 28 kg que llevo perdidos) atrás.
Llega abril y me dispongo a ordenar rutinas y calendarios, quizás para finales de verano me dé por ordenar propósitos, pero de momento me queda lejos, si de aquí a mayo consigo poner orden a la rutina de cremas y deportes, me daré por satisfecha. En mayo ya veremos qué pasa con el 'del dicho al hecho'.
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