dimecres, 27 de gener del 2016

Ser una gordita feliz, y después ¿qué?

Hace unos días le decía a una amiga que mi próxima entrada en el blog iba a ser Cómo conseguí perder 32 kg pero fui incapaz de quitarme de encima los 6 que recuperé en verano de 2015. Tal y como se lo escribí, sabía que era una mentira como una catedral; lo de no ser capaz de quitarme de encima seis kilos, digo, pero parece que decirlo abiertamente era el impulso que me faltaba para coger las riendas de mis hábitos perdidos y no dejarlos a su libre albedrío (por no decir a mi mal juicio) de nuevo. 

Poco después se publicó el libro Gordi fucking buena, de las impulsoras de la web defensora de amar las redondeces del cuerpo WeLoverSize, que compré y leí en la pequeña pantalla del móvil hasta haberlo finiquitado. No es que fuese seguidora de la web y me apeteciese devorar el libro nada más salir al mercado, me cuesta mucho seguir el contenido on-line de blogs y similares, pero sí sabía de qué iba la cosa y me apetecía ver qué habían publicado (después el libro me habrá gustado más o menos, pero no por lo que quieran transmitir, y eso ya son cosas que tienen que ver con los gustos de cada uno... ya se sabe, infinidad de colores). 
¿Por qué, después de haber perdido semejante cantidad de kilos, me apetecía leer un libro que me recordase todo lo que ya me he quitado de encima? Por muchas razones. Pero la más importante es que esto de entrar en ropa de Inditex (y no en toda), sigue siendo la excepción. La regla siempre han sido mis kilos de más, mi obesidad, y la facilidad para convivir con ellos. 

Cuando le comentaba a mi amiga lo de los seis kilos de más, pensé que me tenía que poner manos a la obra y escribir algo sobre lo que tenía muchas ganas de escribir: qué pasa cuando dejas de ser la gorda de siempre, qué es lo que no cuentan sobre perder peso, sobre los complejos y los residuos sobrantes del sobrepeso. Al poco de empezar el libro, tuve claro que quería hablar de muchas más cosas. Ahora mismo todo se me amontona en la cabeza y voy a intentar ponerle orden aquí. Que sea lo que tenga que ser. 

Voy a empezar por decir que cuando digo que perdí 30 kg no es verdad. Recuerdo perfectamente el peso que marcaba la báscula el día que empecé a hacer dieta, 96'8 kg, a partir de ahí conté a menos; pero la realidad es que la báscula llegó a los 99y, en ese punto dejé de pesarme durante unos cuantos días y, si no recuerdo mal, me apunté al gimnasio (que no, no era suficiente). Me ha costado casi dos años desde que perdí los 30kg y casi cuatro desde que empecé a hacer la dieta hablar de números reales y no de esa abstracción de los 30kg. Y es que no sólo cuesta perderlos, es que una vez perdidos cuesta horrores no sentirse avergonzada de haber llegado al punto de partida. 

Ahora viene la pregunta del millón, ¿y cómo se llega hasta aquí?

Aunque podría hablar de metabolismos y de herencias genéticas, en mi caso puedo ser clara cristalina: hasta los 99kg (y seguro que un poco más allá) se llega comiendo. 
También es verdad que el deporte nunca ha sido mi fuerte: soy torpe, no tengo resistencia y, además, con el tiempo empecé a descubrir que me desmontaba a la mínima y la hiperlaxitud se convirtió en la mejor excusa (por real) en la que parapetarme, pero tampoco he sido la persona más inactiva del mundo; practiqué natación durante muchos años (y no, ni era una sirenita ni jamás seré la reina de los mares: odiaba nadar) y durante otros pocos iba a clases de aeróbic de pequeña, quizás los peores años fueron los de la adolescencia, en los que además -supongo que fruto de los cambios hormonales-, empezó a acusar el dolor articular al que tanto estoy habituada. En fin, que me voy por las ramas. 
Lo que iba a decir es que yo siempre había sido una niña gordita. Y aquí viene el primer momento de inflexión: 

- Finales de sexto de primaria. Colonias del casal de estiu. Un compañero de colegio me dijo que no entendía cómo no estaba más delgada con la cantidad de verdura que comía y lo que me gustaba. Entonces yo ya tenía la regla, una mente más clara que la que he tenido años después, y unas tetas que hacían que ostiase a más de un compañero de clase a la hora del recreo por comentarios tan ingeniosos como tetánic y algún otro hit de la época que no recuerdo. Así que no tuve ningún reparo en contestarle las cosas como eran: porque me encanta comer verdura, y donuts, y bocadillos de nocilla, y carne rebozada y patatas fritas. 

Así eran las cosas y así fueron después. A los pocos meses estaba visitando a una dietista y bajando kilos a base de subirme cada semana en esas básculas que se calibran y que siempre me han supuesto un misterio. No recuerdo cuánto pesaba antes de la dieta ni en cuánto me quedé. Tampoco recuerde que fuese por algún complejo especial; quizás la intención de entrar en los pantalones de Zara o de Mango. El caso es que duró hasta verano. En verano me fui al pueblo con mi abuela y tomé dos decisiones: que iba a volver a casa con un agujero en la nariz y que los piononos, las tortas de manteca, el pan y las magdalenas de la tahona, y los guisos de las titas merecían ser comidos y, si hacía falta, devorados. 

Paulatinamente, con el paso de los años y de los cursos escolares, fui recuperando lo que perdí. Creo que fue a partir de primero de bachillerato que empecé a ir más allá de lo que había pesado antes de ponerme a dieta, pero, repito, no tengo números grabados a fuego de esa época. 
Como siempre era la rara de clase, no era especialmente sociable y tolerar a la gente no era mi fuerte, tampoco me atormentaba especialmente ser, además, la gordita, o la gorda a secas. En mi pequeño y entrañable círculo de amistades había de todo; mi mejor amiga de la infancia siempre ha tenido que lidiar con el peso y el volumen, igual que yo, y otras amigas con las que me fui topando por el camino habían sido delgadas siempre, sin más, otras con los cambios de la adolescencia se habían estilizado, otras lidiaban con cambios de peso menores, otras estaban estupendas y aún así se veían fatal; había de todo y nada que me hiciese sentir especialmente fuera de lugar por mi físico. Si a eso le sumas que de los 15 a los 19 tuve una pareja con la que físicamente nos entendíamos muy bien, tampoco me venía de aquí el ir engordando. 

No es ningún secreto que cuando empecé la universidad empecé a perder las riendas de las expectativas. La universidad no me gustaba, las carreras no me gustaban, la vida universitaria no me motivaba especialmente. En ese punto de desubicación, si acaso, engordé más. Después vino esa época de desenfreno absoluto. Como ya me conocéis, ya sabéis de lo que hablo. 
En 2007 llegó la ruptura de algo que, en realidad, ya estaba finiquitado, pero que me permitió acomodarme en la posición de víctima; como nunca me había permitido ese lujo de andar llorando por las esquinas (literal y/o metafóricamente), me acomodé, y engordé, y tomé la decisión más importante de mis 20 años: irme a Madrid. 

Ése fue el primer momento de mi vida en que todo me dio más o menos igual. Lo bueno de eso, es que aligeras ese terrible equipaje con el que todos cargamos: malas experiencias, expectativas no cumplidas, fracasos, amistades que no funcionan. Lo malo es que se me fue de las manos. Madrid, como etapa, son esos dos años de mi vida de los que no me arrepiento pero que jamás querría revivir. Pero en todas las etapas del camino se aprende, y las más disparatadas suelen ser buenas maestras. En esos dos años aprendí que me podía vestir cómo me daba la real gana por mucho que pesase más de 80kg tranquilamente; poco a poco fui cambiando mi estilo hasta sentirme cómoda llevando cualquier cosa que se me antojase, dejando atrás ese estilo paz y amor que había adoptado años atrás (sí, muy rebelde sin causa era yo) y sólo volviendo a él cuando me apetecía. También aprendí que, por muy gorda que estuviese, eso de un polvete de una noche con el chaval que te lo pone a huevo y te tiene ganas (no preguntéis) porque claro, ya llevas un año sin follar, y estando como estás tampoco es que te puedas permitir escoger, pues va a ser que no es un buen plan. Antes que un polvo mediocre (o pésimo) porque toca, mejor tocarse una solita, que sé lo que es el sexo en condiciones y no es necesario recordar noches pésimas por cumplir con el deber social de follar. Fin del aprendizaje. 

Después volví a casa para redireccionar un poco mi existencia, que falta me hacía. Y no, no me planteé hacer dieta de inmediato. De esos entonces recuerdo una noche de fiesta (iba estupenda siempre, porque esto de arreglarme como una puerta para salir es superior a mí), en el que el listo de turno que, supongo, intentaba ligar con mi amiga, le comentó al amigote lo que sea refiriéndose a mí como "la gorda" en términos despectivos. No es que me doliese especialmente, esto era así, estaba gorda, pero a mi amiga le dolieron las maneras más que a mí y se giró a decirles que cerrasen la boca. No me preguntéis por qué, pero lo recuerdo. Igual que también recuerdo a un amigo de los de siempre decirme que él no se liaba conmigo porque no quería que se estropease nuestra amistad y algo más; esto lo recuerdo porque en el momento que me lo dijo no venía a cuento (aunque después de unas cuantas cervezas nada viene a cuento), y porque lo tuve muy claro, no era el valor de nuestra amistad, era el tamaño que me gastaba. Y sí, el tiempo me dio la razón (y los dos escarmentamos). 

Entonces llegó ese momento en el que vi el 99 en la báscula, y aunque no entré en pánico, poco a poco saltó una alarma que me hizo cambiar el chip. La historia de los 30 kg ya la expliqué. Lo que nadie me explicó es lo que venía después. 

Estar gorda te crea una especie de armadura en la que te puedes defender bien: a primera vista se ve lo que hay. Si aceptas tu cuerpo, si te ves genial con tus michelines y tus michelones, si apenas escuchas a los que se meten contigo por tu volumen excesivo, puedes vivir tranquilamente con ello sin que te cree complejos. Me ponía vestidos cortos, con medias o sin ellas, prendas ajustadas, leggins y pantalones pitillo, me encantaban los escotes (¡con esas tetas como dos cántaros cómo no me iban a gustar!), iba a la playa sin ningún pudor, siempre en biquini, nunca en bañador, y hacía topless porque no me gustaba verme la marca del biquini rodeándome. Y oye, una tan tranquila, que estoy gorda lo sabes tú, lo sabe la vecina de arriba, y, sobretodo, lo sé yo. 
Después pierdes kilos y con ellos, te quedas sin armadura. 

Por si os habéis perdido, esto se traduce en complejos y en situaciones en las que ni te quieres ver ni te sabes desenvolver.

No, no os voy a hablar de estrías. Mis estrías eran mucho peores cuando tenía 12 años y eran de un terrible color rojo que se veía a kilómetros. Tampoco de celulitis. La verdad es que, por haber perdido el peso que he perdido, tampoco me ha dejado marcado todo el cuerpo y no es algo que me atormente. Ahí está, localizada donde siempre y en perfecta convivencia. 

En cambio sí que me dolió esa compañera de trabajo que, después del esfuerzo y la carrera de fondo que había sido el bajar de peso, en lugar de apoyarme, en algún momento decidió arremeter contra mi pecho preguntándome si cuando me quitaba el sujetador no me quedaba la piel arrugada y fea; y no, esa pregunta no se podía hacer a buena fe. Recuerdo que me dolió especialmente porque mi pecho (o su ausencia y los efectos de la gravedad) es lo que más complejo me ha creado a nivel físico. Y no es que me haya quedado sin tetas, pero obviamente de cántaros nada. Después de perder tal cantidad de peso, el pecho de una mujer raramente vuelve a ser el que era, ni a asemejarse de lejos, ni a asomarse. A nadie le gusta que vayan a doler. Pero sí, qué le vamos a hacer, cuando me quito el sujetador que me sube las tetas hasta el cuello (y no hace falta que sea un wonderbra ni un super push-up), la historia cambia. Le podéis preguntar a mi hermano, que se dedicó a animar a mi abuela haciendo chistes sobre mis tetas. Por suerte, ya apenas me dolían esos comentarios.

Pierdes tus 30kg y alguno más, y entonces ves a esas amigas que hace siglos que no ves, y una de las más íntimas de todas ellas te dice, "pero bueno, te has quedado estupenda, estás delgadísima" y te preguntas si es que estamos todos tontos o qué. Miras a tus amigas y sigues siendo la más gorda del grupo, ninguna se acerca a una 42. Por suerte, con ella no tengo reparos y se lo dije, "mujer, delgadas estáis vosotras, yo estoy mejor que antes". No sabes cómo, pero en este periplo de intentar mantener el peso adecuado y la cordura, tienes que vigilar con los halagos, porque se convierten en armas de doble filo y, además, arrojadizas. 

Otra noche te enfundas (porque sí, ese vestido me lo tengo que enfundar) tu vestido de putón verbenero y cuando llegas a la cena, con la mejor de las intenciones, una amiga te asalta de nuevo. "Pero qué delgada, ¡mira qué cintura! Yo no tengo esa cintura que tienes tú". Chica, pues no, porque dios me dio un apetito que no hace ascos a nada y una genética regulera con esto del peso, pero me compensó con cuerpo reloj de arena; pero, qué te voy a decir, tampoco tienes los 10kg que te saco de ventaja ni un culo que te da dolores lumbares (sí, esto es así) y que cuando me veo de perfil me apetece cortarme un par de filetes y quedarme tan ancha. 

Después está lo del que nunca se iba a liar contigo y, eso sí, después de bebernos hasta el agua de los floreros y de ser la mitad de lo que era, se lanza. La constante en esta historia es que venía tan poco a cuento como lo del "valoro mucho nuestra amistad". Ahí te quedas totalmente descolocada. La verdad es que te da un subidón de autoestima, porque sí, por la razón más tonta y más superficial, que eres capaz de atraer a alguien a quien no habías atraído hasta entonces. Mirad, esto no se trata de verse a una misma como un trozo de carne ni de verse a una misma como un objeto de deseo que depende de la aprobación del sexo masculino para valerse y sentirse bien con una misma; pero cuando se da esta reacción en alguien en quien jamás la imaginarías, pues oye, te vienes arriba. Y es normal. Aunque no entiendes nada, porque esto de pensar que atraes al género masculino es nuevo para ti y te resulta ciencia ficción. Las cosas como son, siempre vas a pensar mal cuando un chico se acerque a ti (que se quieren burlar de ti, que están de broma con los colegas para echarse unas risas, que ya ha dado al resto del garito por imposible, hay una lista larguísima de opciones); aunque, la verdad, si eso a mí siempre me ha pillado con tres cubatas de más -para mala suerte de mis amigas, que han aguantado lo inaguantable-, y me ha dado todo un poco igual. 

Entonces está ese tío con el que me lié una noche de verano y, mira, no estuvo tan mal. Esto lo digo por mí, que había perdido toda la práctica y era todo desastroso. Muy majo el chaval, las cosas como son. Retoma el contacto contigo cien mil años después (cosas de facebook), y te dice que no eres fea, que si no follas es porque no quieres y que... ¡¡¡tachán!!! ...si te cuidases un poco más (¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!) Pero... oye, ¡bonito! ¿No te conté en su momento que había bajado un montón de peso? Seguro que sí, porque si hay algo que cuento a la primera de cambio es lo de los 32kg y el tiempo que llevo sin follar, que habrá pocas cosas que me cohiban menos que esas dos verdades. ¡¿Y quién coño eres tú para juzgar mi cuerpo por las buenas?!

Nadie me contó que me voy a mirar en el espejo en pelotas, como he hecho siempre, y no sólo no me va a gustar lo que veo, si no que además me va a importar. De pronto sólo ves imperfecciones, y luchas porque la báscula siga bajando; cada vez le cuesta más y te frustras porque estás acostumbrada a que tu cuerpo lo guíen esos números digitales. Entonces se te olvidan los músculos y el volumen; no te das cuenta que en realidad esos pantalones SÍ te quedan mejor. 

Nadie me dijo que mi cara iba a cambiar tanto. Mi cara, que era bonita redondita, a la que conseguía sacar un partido que ahora no consigo, se ha vuelto afilada. A la mínima que vuelvo a perder peso (como ahora, que pierdo el que recuperé) se me afila aún más y tengo aspecto enfermizo. Las bolsas de los ojos y las ojeras han ido a más. 

Nadie me habló de los cambios que me iba a suponer en mi ciclo menstrual. Sí, sí, cómo leéis. Nadie me dijo lo dolorosas que pasarían a ser la menstruación y la ovulación. 

Nadie habla de ese limbo en el que te quedas cuando usas una talla 42 (si la marca es generosa, una 40), y sigues siendo la talla grande de las tiendas, aunque ya no necesites tiendas de tallas grandes, y sí, efectivamente y tal y como suponéis, sigues siendo la gorda entre tus amigas. Con el culo de Kim Kardashian, que sí, pero no deja de parecerte  un tanto absurdo que alguien con sus 10kg menos te diga que estás increíble. No nos lo tengáis en cuenta. 

Nadie te dice que vas a ser capaz de recuperar parte del peso perdido, y que se te puede ir de las manos y ganar más de la cuenta (no hablo de efectos rebotes, hablo de momentos de descontrol en que te dejas llevar por la comida y la comodidad); cuando eso pase no serás capaz de verte bien, y la frustración te llevará a eso de "de perdido al río", y recuperar las riendas será cada vez más difícil. Encontrar la motivación adecuada después de tanto esfuerzo, ¡ay! ¡ese pequeño milagro!

A nadie se le ocurrió pensar que me daría más pudor que antes desnudarme delante de alguien. Y eso que cuando estoy sola prácticamente vivo en pelotas. 

Ésta es la realidad. Después de 30kg de esfuerzo tienes que ejercitar al amor propio y el auto-reconocimiento de una manera mucho más compleja que los cambios de hábitos en y con la comida y que incluir el deporte entre tus rutinas. Esto es de lo que no nos podemos dar cuenta durante el antes, y que prácticamente no intuimos durante el proceso de cambio, pero llega el momento en el que tendrías que estar satisfecho y no lo estás. Siempre se puede un poquito de esfuerzo más y ahí te quedas, como un disco rayado. Y eso, lo tendríamos que trabajar desde antes de perder el primer gramo. Ojalá alguien se hubiese parado a contármelo. 



Mis 32kg de más y mis complejos de menos.