dimarts, 29 de gener del 2013

Nada. Deseo breve.

Cerrar los ojos, apretar muy fuerte y desaparecer. Ni a una isla paradisíaca ni a perderme en el monte. Desaparecer. Un punto negro en medio de la nada, un segundo de suspenso en el vacío. Porque a veces el vacío es necesario. La oscuridad más absoluta, el más quieto de los silencios, la nada más inmensa y ser una leve sombra. Sin mañanas ni ayeres pesados que fatiguen las espaldas. Lejos de incertidumbres y ansiedades. Sin angustias ni dolores ni lágrimas a medias. Lejos del ir siempre tarde, de las carreras y las prisas, de las jornadas laborales imposibles y las horas de sueño escasas. Sin distancias ni añoranzas. Lejos de miedos y horas bajas. Una simple sombra, un yo desdibujado que apenas sea un retazo de todo lo vivido. Apretar los ojos muy fuerte. Y abrirlos con prudencia, intentando traernos un poco de nada a este todo que tanto sofoca.

divendres, 18 de gener del 2013

Cambio de...

Hace poco alguien muy cercano me preguntó si creía que había cambiado para mal, por supuesto mi respuesta fue negativa, simplemente se está haciendo mayor y está aprendiendo a defenderse. La pregunta, sin embargo, lleva merodeando en mi cabeza desde entonces, y cuando tienes algo entre ceja y ceja parece que todo gira entorno a ello.

El martes, viendo el piloto de 'The Carrie Diaries', la precuela de 'Sexo en Nueva York', me preguntaba si la adolescente Carrie Bradshaw y sus planteamientos distaban tanto de las dudas eternas a las que nos tenía acostumbrados el personaje de Sarah-Jessica Parker. Aún así todavía he tardado tres días en ponerme a escribir, no sé si tengo que poner algo en claro o ordenar mis ideas. Sinceramente, espero que sea lo segundo, porque últimamente no estoy lúcida como para aclarar nada a nadie, ni a mí misma.

Podemos echar balones fuera y culpar a los principales responsables de todo lo malo en esta vida: el tiempo y las hormonas. Pero lo cierto es que nos pasamos la vida queriendo ser lo que no somos; de niños queremos ser mayores, o princesas, y nos ponemos los tacones de mamá, cuando llega la adolescencia queremos ser cualquier persona menos mamá y a medida que nos vamos haciendo mayores intentamos buscar un hueco entre el adulto que quieren que seas, el que tú crees que deberías ser, quien consigues ser en ese momento y el niño que no quieres que desaparezca, todo intentando mantener algo de la rebeldía que nos prendía el fuego a los quince años para no perder la integridad. Así que sí, somos nosotros los que pedimos a gritos cambiar.

A menudo las circunstancias empujan y ayudan a virar las velas, pero nosotros tenemos que dar el golpe de timón final (casi siempre). Y es que, ¿qué tiene de malo cambiar?

Más veces de las que nos gustaría reconocer hemos acusado a éste o aquella de haber cambiado, de no ser el que era, o nos han señalado con el índice y hemos sido castigados con el mismo veredicto. ¿Con qué criterio decidimos que el cambio en los otros es malo? ¿Por qué lo hacemos con los demás cuando nos resulta tan molesto que nos lo hagan a nosotros? ¿Por qué somos tan propensos a no aceptar nuestros propios cambios?

Tenemos en la cabeza la idea de que cambiar tiene una connotación negativa. 'Ya no eres el de antes' pocas veces no es un reproche, a veces por parte de otros y muchas por la de nuestro trastornado Pepito Grillo, al que demasiado de vez en cuando le convendría salir a tomarse una cervecita por ahí y airearse un poco. Hasta donde me alcanza al razón, cambiar es la consecuencia lógica al paso de la vida. No podemos ser los mismos que hace unos años, tenemos que hacer equilibrismo entre lo que somos y las expectativas de lo que deberíamos haber sido. A medida que avanzas, el bagaje es más grande e incorporarlo en tu vida implicará que cambies tu perspectiva, ésta hará que cambies tu manera de hacer y poco a poco irás forjando quien eres en este preciso instante, que no tiene porqué ser la misma persona que fuiste ayer o serás mañana. Quizás te des un golpe en la cabeza, te caiga un rayo encima o te pique una araña y te conviertas en spider-man, el caso es que, guste o no, todo cambio brusco está a la vuelta de nuestras necesidades. Otros, en cambio, serán más lentos y los irás incorporando poco a poco hasta que un día te percates de ellos o asumas las cosas desde un nuevo punto de vista.

Y si el cambio es positivo, ¿por qué tanta preocupación? Las cosas nuevas no siempre gustan, y hay veces que el cambio puede ser positivo para uno per no para el que está a su lado puede no serlo. Ante ahí, hay dos opciones: o te adaptas a los cambios del otro, o conviertes a ese otro en un cambio en tu vida, un ayer, quizás un mañana pero no un hoy. También ocurre que a medida que vas creciendo con alguien os amoldáis el uno al otro y crecéis a la vez que os complementáis y apoyáis. Esto suena muy conyugal (recuerdo que Padre Pablo siempre me decía que querer a alguien era enamorarse de ese alguien cada día), pero es claramente aplicable a todo tipo de relaciones: familiares, de amistad, e incluso laborales. Hay que avanzar en el cambio, cuando llegue un punto en que el cambio sea demasiado grande por cualquiera de las dos partes, dejarlo ir. Más cambios.

Estaría bien hacer un repaso mental cada noche de las cosas que han cambiado y queremos retomar y ponernos manos a la obra, también de las que queremos que cambien y, lo mismo, manos a la obra igual. Como sé que es prácticamente un imposible, al menos intentarlo hacer una vez al mes, que digo, al trimestre. Va, al menos como repaso anual. Entonces, y no prometo nada, podremos conseguir querernos más, buscarnos mejor y no esperar de los otros lo que no queremos que esperen de nosotros. Porque si en algún momento tenemos grabado a fuego que un cambio es necesario, ahí no habrá quien nos pare. Y estaremos dispuestos a arrollar.

Alice's adventures in Wonderland - Lewis Carroll