Por fin ha llegado el otoño. Digo que ha llegado, que empezar, por lo visto, lo hizo unos días atrás. Nadie lo hubiese dicho, con un uno de octubre minifaldero y pegajoso, como si nunca hubiese fin para un verano frío -el más frío de los últimos tiempos, vaticinaban meteorólogos apocalípticos- que, en realidad, no fue. Pero sí, por fin caen las primeras lluvias (y menos mal, porque el bochorno de ayer alcanzó niveles de insalubridad, segurísimo), algo tímidas para tanta nube amenazadora, permitiendo que el mundo gire según lo acordado.
Y es que si hay algo común en la vida de la mayoría de los terrestres a primeros de otoño es que todo vuelve de puntillas a su lugar. Terminado el verano, terminado el imperio del caos. ¿El caos? Sí, el caos. Haciendo un repaso por encima tenemos las comidas mal planificadas y a deshoras, las copas entre semana -ya, ya, sé que a alguno esto le dura todo el año-, las siestas que se van de las manos y las noches en vela, el exceso de informalidad en todos los ámbitos imaginables; uno se dedica a contemplarse la marca del moreno en la playa, o a pastar con las vacas por el monte, y el mundo deja de existir. Entonces llega septiembre, con sus calores impropios para el mes, fastidiando a los que se fueron a la playa la segunda quincena de agosto y pillaron más lluvias que los pobres animalitos que se quedaron fuera del arca, con sus horarios completos y sus rutinas establecidas, poco a poco llega el octubre, el curso ya ha empezado, todo vuelve a funcionar, consciente o inconscientemente hacemos revisión de vida y entonces... ¡Plof! Nos estalla el cerebro con tantos propósitos extraviados.
Cuando se trata de propósitos, el nuevo curso es la reválida de enero. Quien más, quien menos, vive algún acontecimiento que hace que salte la alarma y piense que septiembre, o los días siguientes, es un buen momento para volver a empezar: vuelven a empezar las clases, y eso siempre da una sensación de orden muy agradable, otros empiezan vidas nuevas después del verano y otros... bueno, siempre queda alguna serie que estrena temporada por estas fechas. El caso es que, lejos de los propósitos -la mayoría incumplidos a estas alturas- de cada uno de enero, a primeros de otoño, a sólo tres meses de primeros de invierno y del fin de las voluntades humanas, abducidas por el espíritu navideño o el de las gominolas, como se os antoje; a primeros de otoño, decía, uno hace una declaración de intenciones en toda regla. Nada de abstracciones a largo plazo, sólo quedan tres meses por delante y el fantasma de nuestro yo vacacional está en nuestra contra, ¿pero qué cuesta un pequeño sprint?
Abrimos las agendas -porque sí, a no ser que seamos, o lo pretendamos, gentes muy respetables de las que tienen una agenda de piel con anillas y cada diciembre se apresuran a comprar el recambio para no perderse reunión alguna desde año nuevo, todos estrenamos agenda en septiembre-, dispuestos a anotar hasta los momentos en que nos toca inspirar y expirar. Que el despertador suene a una hora en la que no se aprecia lo mucho que nos gusta dormir por la mañana, yoga antes de desayunar, desayunar en condiciones para empezar el día con energía y buen rollo (habrás dejado las cosas preparadas la noche anterior, en un ataque de prevención -y locura transitoria-), y a parte de los menesteres ocupacionales de cada uno (trabajar, estudiar, sobrevivir), como mínimo media hora de workout (ejercicio de toda la vida, pero suena menos a chándal de táctel) y, si puede ser, una hora al menos tres veces a la semana, dejar un rato para leer las noticias completas y no sólo alimentarte de titulares de Twitter, tener en cuenta que antes de irte a dormir leerás un rato en la cama (por tanto, adelantar la hora de acostarse para no perder tiempo de sueño/descanso), pensar que tal día emiten esa serie en estados unidos (por ejemplo) y que al día siguiente tienes que dejar una hora libre para regodearte en ello. La lista de tareas diarias incluirán, como mínimo, dejar la cama hecha cada mañana, pasar el plumero y la mopa/escoba cada día y no dejar platos sucios al irse a dormir; seguir un ritual de hidratación cada mañana que incluya hidratante facial, hidratante corporal y cremas específicas (anticelulítica, pies agrietados, manos resecas) y un ritual de purificación cada noche, digamos que desmaquillante de ojos, desmaquillante a secas, gel limpiador, exfoliante dos o tres veces a la semana, tónico, crema de noche y antiarrugas. No sólo planificarás qué hacer, si no cómo hacerlo. Durante el fin de semana, minuciosamente preparado para disfrutar del ocio / vida social y del descanso a partes iguales, dedicaremos un par de horas a penar en qué comer durante la semana, sin pasar las 1000 calorías diarias, que la báscula se ha cobrado con ganas el despiporre estival y a sabiendas de que el fin de semana fue hecho para pecar. Te cortarás el pelo a menos dos veces antes de navidad (quién dice pelo, dice el medio centímetro que te corta la peluquera si le lloras mucho -nivel: súper experto- que 'sólo las puntas'), te arreglarás las uñas una vez a la semana, harás limpieza de armario aprovechando el cambio de temporada y no guardarás ropa por nostalgia. Además de estar al día en actualidad (porque, repetimos, te informarás más allá de los tuits de tu TL), estarás al día en tendencias, las revistas de moda tendrán un huequito en tu vida e irás a comprar sabiendo qué quieres. También crearás un sistema se ahorro para las vacas (más flacas), o para un auto-regalazo en navidad, o porque sí. Todo esto acompañado de ua lista de libros y películas que elevarán tu espíritu, tu capacidad de crítica y, sobretodo, tu pedantería.
Serás una máquina de precisión. Hasta que te des cuenta, por enésima vez, que cuando suene el despertador lo pondrás cinco minutos más, otros cinco, y así sucesivamente hasta que te levantes de un salto porque no llegas a la ducha, ni a tus menesteres oficiales desbaratando la teoría del yoga, el desayuno y el sosiego de una. O que el tiempo que debieras haber dedicado al corpore sano lo has dedicado a buscar los tuits más frikis o a cotillear no sé qué en Facebook o en Pinterest. El día que tengas una tarde mala y una nómina no tan mala y vuelvas a casa con un montón de bolsas, la tarjeta temblando y encima no tengas dónde meter las nuevas adquisiciones porque has sido incapaz de hacer limpieza de un montón de trapos que no te sirven, aunque no quieras reconocerlo no te gustan y, sobra decirlo, no te pones (desde hace años). Ni hablamos de las cenas en las que te zampas las mil calorías de un bocado o de los fines de semana en que no apareces por casa. Una máquina de precisión, sí, cada curso nuevo la misma historia, sin margen de error.
¿Sabes que te digo? Que este post ya lleva dos semanas de retraso, a lo mejor es porque no tenía agenda nueva todavía. Pero, mira, no tengo ganas ni de pensarlo, que ya es viernes y las cosas siempre es mejor planteárselas los lunes.