dilluns, 28 de novembre del 2016

"Si Serrat fue mi primer amor en el mundo de la canción de autor, Ismael Serrano es el amor de mi vida"

"Me levanto temprano, moribundo, perezoso resucito... Bienvenido al mundo"

Así me levanté ayer, con la pereza de un sábado que acabó en domingo de madrugada; con los nervios de saber que ése no sería un domingo cualquiera. Ayer tenía una cita muy especial, un reencuentro de los que dejan huella.

Después de diez años, iba a encontrarme con Ismael desde la butaca de un teatro. Todavía estoy aturdida. 

Si Serrat fue mi primer amor en el mundo de la canción de autor, Ismael Serrano es el amor de mi vida; si tengo que estar enamorada de alguien durante toda mi vida, que sea de él. De sus letras, de su voz, de su directo, de sus ratos de monologuista, del deje de chulo madrileño. 

Como todas las historias de amor (al menos las más bellas), las cosas no siempre han sido fáciles. Después de achacar a todas sus canciones de amor la frustración de lo que pudo ser y nunca fue, poco a poco fui haciendo las paces con él. Eso pasó por tirar a la basura un póster firmado de su puño y letra (justo la última vez que le vi en un teatro hace diez años) y exorcizar los rostros que me mostraban sus letras. Pero ¿tenía otra opción? Hay gente que entra en tu vida para quedarse, a pesar del tiempo, de la distancia, de las historias de uno, y lo mismo pasa con los referentes. 

Ayer Ismael recordaba que en 2017 se celebraban 20 años desde que Atrapadon en azul vio la luz. Recuerdo perfectamente cuando empecé a escuchar a Ismael. Fue en el 2001 con una cinta equivocada en mi walkman en la que había una entrevista / directo de Ismael en Los 40 Principales (¡¡!!), al poco tiempo mi hermano me hablaba de una canción que me iba a encantar, era Papá cuéntame otra vez. Por esos entonces tenía la sensación de haber llegado tarde a Ismael, que ya contaba con tres discos de estudio en el mercado (Atrapados en azul, 1997; La memoria de los peces, 1998; Los paraísos desiertos, 2000 -y digo las fechas de memoria, así que si me cuelo no me lo tengáis en cuenta), sin embargo ayer me di cuenta de que Ismael llevaba quince años en mi vida, que son más de la mitad, y que esos cuatro primeros años los compensé a base de fanatismo durante muchos años. Con Ismael descubrí que se podían mandar canciones por Messenger (sí, la primera canción que me pasaron por Messenger, cuando un .mp3 resultaba un pesadísimo archivo que requería que no sonase el teléfono de casa durante un rato, fue una versión de Lucía de Serrat cantada por Ismael, y morí de amor); Ismael estuvo allí la primera vez que fui a Madrid, fue la grabación de su Principio de incertidumbre, en septiembre de 2003, la primera vez que iba a un concierto sin mi madre; a Ismael le debo un diez en el treball de recerca de bachillerato. Ismael fue la banda sonora de mi amor y de mi desamor; el eco de mi adolescencia, mi hermano, algunas personas que fueron muy importantes en mi vida, alguna que todavía lo es; son las canciones con las que he crecido y con las que crezco, con las que he dolido y las letras que más he amado, porque ser del 87 me da la ventaja de que Ismael siempre vaya unos pasos por delante de mí para escribir palabras que todavía no sé que necesitaré. 

Ayer fue un reencuentro bonito. 

Ismael nos regaló 200 minutos (que se dice rápido, calculen, tres horas y veinte minutos) de magia encima del escenario. Doscientos minutos de hacer repaso de lo andado, en su música y en mi vida, de cara de embelesamiento y de emoción empapando la mirada. 

Así que una vez hechas las paces sólo puedo decir, 

GRACIAS. 

Gracias por Aute y Silvio. 

Gracias por las canciones nuevas y las de siempre. 

Gracias por dejarnos acompañarte, incluso si cantamos mal. 

Gracias por la cercanía, por siempre hacernos partícipes. 

Gracias por el sentido del humor. 

Gracias por ser capaz de hacernos sortear el vértigo. 

Gracias por cantar para Leo -y todos los niños, incluso al que todos los adultos que estábamos allí llevamos dentro (véase, La luna de Candela). 

Gracias por seguir haciendo que el vértigo pase. 

Gracias por ser una constante desde esa cinta olvidada en 2001. 

Gracias por hacer que un domingo fuese 

"viernes, siesta de verano, verbena en la aldea, guirnaldas en mayo, tormentas que apagan el televisor"




No dejaré que pasen diez años más, lo prometo. 




diumenge, 16 d’octubre del 2016

Hace veinte años...

Hace veinte años mi madre mi y mi tía fueron al concierto de lo que por entonces me parecieron cuatro viejales -yo contaba con nueve, y alguien de más de cincuenta se me antojaba ridículamente mayor-; viejos y aburridos. Yo, que harta de escuchar vinilos de Serrat en casa y cassettes en el coche de mi tía, aborrecía esas melodías poco bailables y esa voz temblorosa que invitaba a la siesta, me dediqué a meterme con ellas y a reírme de lo emocionadas que volvieron del concierto, cuando me contaban que Serrat y Víctor Manuel (nada menos, la alegría de la huerta en el escenario, oiga usted) salieron a cantar con gafas de sol modernas, y bla bla bla. Después salió el disco y una mañana que mi tía puso el cd en el piso de Granollers...

...me enamoré.

Me enamoré de aquel cuarteto, de aquel disco homónimo a la gira, y desde entonces, el gusto fue mío.

No sólo hice las paces con Serrat, si no que empecé a hacerlo mío. En sexto de primaria ya llevaba sus cassettes en el walkman, once años tenía, y poco después fui a verlo por primera vez en directo. Fue un concierto en plaça Catalunya durante las fiestas de la Mercè, lloré mucho cuando salió al escenario y desde entonces no me ha interesado ningún concierto de las fiestas de Barcelona. A Serrat, le vi tres veces más después de ésa: cuando sacó el disco Versos en la boca en l'Ateneu de l'Aliança de Lliçà d'Amunt, en el Palau Sant Jordi con su Serrat Simfònic, y en el TNC cuando sacó , su último disco en catalán. Siempre emocionada, siempre agradecida, siempre acompañada de mi madre y mi tía, que son mis compañeras perfectas para este viaje.

Hace unos años, creo que por el 2010, Miguel Ríos anunció gira de fin de carrera y, no lo dudé, cuando mis padres dijeron de ir, no me lo quise perder. Sabía que aunque sólo fuese por ver Bienvenidos en directo valdría la pena, y no me equivoqué.

Lo de Ana Belén y Víctor Manuel se lo debo en gran parte a su Víctor y Ana en vivo -de 1983, ¡no digo más!-, que todavía no sé cómo no he rallado el vinilo, y a mucha Ana Belén: a su Lía y su Derroche, a su Lorquiana, que fue uno de mis primeros cd's, al cassette de Como una novia, que le robé a mi madre, y a su Peces de ciudad, y, como no, a la maravillosa intensidad de El hombre del piano.

Veinte años más tarde, el pasado junio, se volvieron a juntar y yo, que ya no les veo viejos por mucho que se hagan mayores, me quedé con las ganas (aunque  estaba ensimismada con el nacimiento de Leo). Cuál fue mi sorpresa cuando al descargar la entrada para ver a Ismael Serrano (después de casi diez años sin ir a un teatro a verle) encontré, de nuevo, publicidad para El gusto es nuestro en Barcelona.
No lo dudé ni lo más mínimo, y menos viendo que tres localidades juntas eran ya escasas.

Así que, ahí estaba el pasado jueves 13, con una lluvia de campeonato que ya me había calado por el camino al Palau Sant Jordi, bajando la media de edad de la cola y esperando encontrarme con mi madre y mi tía dentro del recinto.

Nos lo montamos fatal, la logística fue un desastre (la nuestra y la de los señores que pedían entradas, la guardia urbana que cortaba calles, ...), teníamos los pies empapados y a puntito estuvimos de sufrir un ataque de vértigo subiendo a la grada 39 del Sant Jordi, pero sin duda alguna valió la pena.

Sí, los años no han pasado en balde para ninguno de los cuatro, aunque Ana Belén parece haber pactado con el diablo, pero igual que pasa por todos nosotros. Que sí, que entre cuatro, pero ofrecieron algo más de tres horas de conciertazo que dieron para llorar, reír y -¡atención!- bailar.

La magia de ver cómo uno de los discos de mi vida se hizo realidad ante mis propios ojos, estoy convencida, me seguirá emocionando largo y tendido.

Y es que hay momentos que quedarán grabados en la retina y el oído por lo bonitos, por lo intensos, por lo sencillos. Un apoteósico e insurrecto Miguel Ríos, Víctor Manuel creciéndose cantándole a Asturias sin la necesidad de moverse ni medio centímetro por el escenario, Ana Belén, toda ella, pero ver ese Hombre del piano en directo debería ser obligatorio para poder morir en paz, y un Serrat que resurgió con su Pare guitarra en mano y taburete en culo para empalmar con un Para la libertad apoteósico, que hizo que todo el Palau cantase su Paraules d'Amor, más himno que ninguna -me guste o no-. Porque los cuatro nos regalaron un precioso Aquellos locos bajitos que mi madre y yo disfrutamos -y lloramos, si dice lo contrario, MIENTE- cogidas de la mano (mi tía me estaba haciendo menos caso, la verdad). Y, personalmente, no pude pedir más que una grandiosa y deslumbrante Puerta de Alcalá como colofón final, y sí, la bailé y la canté a voz en grito, porque la canción no merece menos (no, no fui la única).

Sin ellas, no sería lo mismo, ni el concierto ni mis vicios musicales. Gracias por ser compañeras perfectas para esta tarea de disfrutar de las cosas bonitas que compartimos.

De todo esto, tengo catorce minutos de pinceladas en las que, lastimosamente, se me oye cantar en algún punto. No lo tengáis en cuenta.


dijous, 14 d’abril del 2016

Versiones desfasadas nunca fueron buenas consejeras

A tres cafés por noche trabajada en lo que va de semana esto da un total de 9 cafés por 30 horas laborales. Ojo, nueve dentro de la jornada laboral, de los de antes y los de después no llevo la cuenta. Treinta horas manteniéndote despierta a deshoras da para pensar mucho en las ganas de fin de semana que se tienen. Esto es más excepción que norma, los fines de semana son mi jornada laboral habitual, pero el sábado amanezco en Madrid, y este detalle merece especial atención.

No puedo decir que esté saturada y necesite un respiro, la verdad; no hace si quiera un mes estaba en la otra punta del mundo. La ciudad de las historias interminables, sin embargo, siempre se presenta de antemano como una bocanada de aire fresco. Así, al primer trago, después hace que me enfrente con fantasmas. No con otras gentes, no con otros recuerdos, con los fantasmas de los propios errores, recurrentes siempre que piso sus calles.

Sería absurdo que culpase a la ciudad, porque de lo único que tiene culpa es de ser el hogar de gentes que han aguantado estoicamente mis idas y venidas, y no hablo del AVE Madrid-Barcelona.

Hasta qué punto es absurdo temerse a uno mismo.

En julio hará siete años que volví de Madrid. Desde entonces, más o menos, todos hemos cambiado, eso es innegable. Quien diga que la gente no cambia, miente. Siempre se evoluciona o se involuciona, superamos miedos o nos acomplejamos ante ellos, ampliamos miras o nos cerramos en banda, nos dejamos superar por las circunstancias o las superamos, pero siempre te mueves en una dirección o en otra.

Es inevitable echar la vista atrás y pensar en todas las inseguridades que se han quedado por el camino, en las decisiones que parecías cobardes y fueron las más valientes, en los complejos que tanto cuesta perder pero a los que poco a poco haces frente. Miras, con cierto orgullo hay que decir, a la persona que te devuelve el reflejo del espejo, a pesar de las bolsas en los ojos, los puntos negros y las cicatrices de acné. Sin embargo…

Sin embargo de pronto tienes miedo. Miedo de ti y de volver a hacer ese retroceso a una persona que ya has dejado atrás y de la que, aunque conservas buenos recuerdos y te ha dado anécdotas para hacer más amenas las tardes más aburridas, a día de hoy prefieres que se quede donde debiera estar: unos años atrás, con el cubata en la mano. De entre todos los miedos, el miedo a uno mismo es el que te obliga a ser más cauteloso, pero también es el que se debate entre una cerveza más que te haga dejar de lado tantos remilgos o pasar directamente al cubata de garrafón y que sea lo que dios quiera, la vida es corta y la noche es joven. Los términos medios son siempre tanto más difíciles que los extremos.

El tiempo y la distancia en todo sirven, y esta vez al menos he hecho una cosa con cabeza: que me conozco y no sé si puedo conmigo misma, así que el sábado a partir de las 23h he dado órdenes a allegadas de mandarme mensajes disuasorios de mi amistad con la cerveza. Sentíos libres y sed bienvenidos, toda colaboración es bienvenida.

diumenge, 14 de febrer del 2016

Escoger(se). Celebrar(se). Querer(se).

Facebook me recuerda que en un día como hoy
...hace un año, lo celebraba con mi abuela.
...hace dos años, lo celebraba con mi abuela.
...hace tres años, lo celebraba con mi abuela (y virtualmente con Irene).
...hace cuatro años, lo celebraba con mi abuela, que no se creía que le regalásemos un viaje a Londres sólo para que nosotros, sus nietos, pudiésemos disfrutarla y celebrar lo muchísimo que la queríamos juntos.

Sí, el día se aventuraba difícil desde un comienzo. Desde el pasado 29 de noviembre, desde el diagnóstico que nos dieron hace poco más de un año. Difícil es un término amable pero que no podía coger por sorpresa a nadie.

Así que cuando me dijeron "¿Hacemos un desayuno de san valentín el domingo?", estuve tentada de decir que no, porque ese día era nuestro, de mi abuela y mío, y si ella no está, mira, casi que prefiero el pijama, que ya me he tirado mucho tiempo pintándome los morros de rojo  un catorce de febrero tras otro por y para ella. Lamerse las heridas es cómodo y a todos nos gusta, que lance la primera piedra quien esté libre de culpa.

Tentador, sí, pero ¿qué iba a ganar con ello? La respuesta es única: nada.

Así que hoy me he escogido. Me he escogido por encima del tedio y el vacío (que no he dejado de sentir ni un segundo durante lo que llevamos de día, y ya casi son 24 horas). Me he escogido por encima de la dejadez y las pocas ganas. Hasta me he visto medio mona en el espejo antes de salir de casa, que últimamente lo de verme estupenda parece que me está costando más de lo habitual. Y no, no ha habido labial rojo, pero sí un granate de esos que te hacen sentir Xena, la princesa guerrera

Me he escogido y no he sido la única. Mi cita y yo nos hemos plantado en una de las cafeterías (brunchería reza la descripción, hay que estar al día) más bonitas que hemos pisado en Barcelona y hemos desayunado como reinas, que a mí lo de princesa se me queda pequeño. Nos hemos mirado después de una tarta de almendra, naranja, leche de coco y semillas de amapola que no tiene descripción posible, y hemos hecho un ejercicio de amor propio de los que cuestan el alma, te recorren entera y te quitan hasta las canas. Nosotras, con tanta convivencia a las espaldas, tan acostumbradas a la desnudez de la otra, tan habituadas a ver a través de sus ojos, y que todavía tengamos tantos rincones por descubrirnos, que todavía nos escondamos verdades de las que duelen tan adentro que no quieres ni mirarte por no verlas, por no sentirlas, por no padecerlas. 

Entonces llega el día, casualmente un catorce de febrero, y nos queremos tanto a nosotras mismas que las decimos en voz alta, y nos queremos tanto la una a la otra que nos quitamos una capa de piel en una cafetería del Eixample, con Nina Simone sonando de fondo a ratos. Y estamos tan felices de poder hablar por nosotras mismas lo que siempre habíamos callado, de escuchar a la otra lo que siempre se había quedado en silencios, de ahuyentar fantasmas a base de complicidad y confianza, que no nos queda más remedio que celebrarlo con una tarta de chocolate y frutos rojos que se nos ha antojado como la mismísima entrada al cielo. Ser valiente con los propios miedos te deja tan liviano que te entra hambre, qué le vamos a hacer. 

Porque hoy es un día para querer, y lo ideal siempre es empezar por querernos. 

No, no ha sido un día fácil. El pronóstico era acertado. Llegados a un punto los días rosas se esfuman sin más. Siempre quedará un rastro, una huella, una pieza que te falta. Cuando se empieza el duelo, se siente eterno, perenne. Siempre habrá vacío, y hoy el agujero ha sido desproporcionado, ha sido doloroso, ha sido un viaje a ninguna parte. 

A ninguna parte y a todos lados, porque somos así de bidireccionales. No he podido dejar de preguntarme cómo podía sentir el peso tan grande de su ausencia y la magnitud de todos los detalles que me hacen sentir siempre agradecida y querida, y en especial hoy: las risas con mis madre cuando intentamos esconderle el regalo de san valentín a mi padre, y lo fácil que es contentarlos con unas nueces de macadamia, contarle a una de tus mejores amigas que te has comprado un labial nuevo y maldecirlos porque nunca son como prometen, contarle a otra de ellas las cosas más absurdas que te pasan y que se ría directamente en tu cara, la compañera de trabajo que te hace de mamá pato y te hace la vida un poco más fácil, la amiga que tira contigo por la borda la operación biquini y te dice "t'estimo" por primera vez, aunque hay gente a la que sabes que querrás sólo con cruzar la primera palabra, los besis de mi hermano y el molde en forma de corazón de mi tía, que si eso el año que viene ya me encargo yo del bizcocho. 

Siempre hay que escoger. Escoger la lista de los pequeños gestos e intentar dejar atrás la de las grandes desgracias. Escoger a las pequeñas personas que hacen la vida más grande. Escoger lo aprendido e intentar desviar la mirada de la pérdida. Poco a poco, escogerse a uno mismo, celebrar las suertes y quererse mejor. 

Si no empezaste ayer, puedes empezar hoy. Sobretodo, se tiene que intentar a diario.

Ser valiente con los propios miedos te deja tan liviano que te entra hambre, qué le vamos a hacer. 

dimecres, 27 de gener del 2016

Ser una gordita feliz, y después ¿qué?

Hace unos días le decía a una amiga que mi próxima entrada en el blog iba a ser Cómo conseguí perder 32 kg pero fui incapaz de quitarme de encima los 6 que recuperé en verano de 2015. Tal y como se lo escribí, sabía que era una mentira como una catedral; lo de no ser capaz de quitarme de encima seis kilos, digo, pero parece que decirlo abiertamente era el impulso que me faltaba para coger las riendas de mis hábitos perdidos y no dejarlos a su libre albedrío (por no decir a mi mal juicio) de nuevo. 

Poco después se publicó el libro Gordi fucking buena, de las impulsoras de la web defensora de amar las redondeces del cuerpo WeLoverSize, que compré y leí en la pequeña pantalla del móvil hasta haberlo finiquitado. No es que fuese seguidora de la web y me apeteciese devorar el libro nada más salir al mercado, me cuesta mucho seguir el contenido on-line de blogs y similares, pero sí sabía de qué iba la cosa y me apetecía ver qué habían publicado (después el libro me habrá gustado más o menos, pero no por lo que quieran transmitir, y eso ya son cosas que tienen que ver con los gustos de cada uno... ya se sabe, infinidad de colores). 
¿Por qué, después de haber perdido semejante cantidad de kilos, me apetecía leer un libro que me recordase todo lo que ya me he quitado de encima? Por muchas razones. Pero la más importante es que esto de entrar en ropa de Inditex (y no en toda), sigue siendo la excepción. La regla siempre han sido mis kilos de más, mi obesidad, y la facilidad para convivir con ellos. 

Cuando le comentaba a mi amiga lo de los seis kilos de más, pensé que me tenía que poner manos a la obra y escribir algo sobre lo que tenía muchas ganas de escribir: qué pasa cuando dejas de ser la gorda de siempre, qué es lo que no cuentan sobre perder peso, sobre los complejos y los residuos sobrantes del sobrepeso. Al poco de empezar el libro, tuve claro que quería hablar de muchas más cosas. Ahora mismo todo se me amontona en la cabeza y voy a intentar ponerle orden aquí. Que sea lo que tenga que ser. 

Voy a empezar por decir que cuando digo que perdí 30 kg no es verdad. Recuerdo perfectamente el peso que marcaba la báscula el día que empecé a hacer dieta, 96'8 kg, a partir de ahí conté a menos; pero la realidad es que la báscula llegó a los 99y, en ese punto dejé de pesarme durante unos cuantos días y, si no recuerdo mal, me apunté al gimnasio (que no, no era suficiente). Me ha costado casi dos años desde que perdí los 30kg y casi cuatro desde que empecé a hacer la dieta hablar de números reales y no de esa abstracción de los 30kg. Y es que no sólo cuesta perderlos, es que una vez perdidos cuesta horrores no sentirse avergonzada de haber llegado al punto de partida. 

Ahora viene la pregunta del millón, ¿y cómo se llega hasta aquí?

Aunque podría hablar de metabolismos y de herencias genéticas, en mi caso puedo ser clara cristalina: hasta los 99kg (y seguro que un poco más allá) se llega comiendo. 
También es verdad que el deporte nunca ha sido mi fuerte: soy torpe, no tengo resistencia y, además, con el tiempo empecé a descubrir que me desmontaba a la mínima y la hiperlaxitud se convirtió en la mejor excusa (por real) en la que parapetarme, pero tampoco he sido la persona más inactiva del mundo; practiqué natación durante muchos años (y no, ni era una sirenita ni jamás seré la reina de los mares: odiaba nadar) y durante otros pocos iba a clases de aeróbic de pequeña, quizás los peores años fueron los de la adolescencia, en los que además -supongo que fruto de los cambios hormonales-, empezó a acusar el dolor articular al que tanto estoy habituada. En fin, que me voy por las ramas. 
Lo que iba a decir es que yo siempre había sido una niña gordita. Y aquí viene el primer momento de inflexión: 

- Finales de sexto de primaria. Colonias del casal de estiu. Un compañero de colegio me dijo que no entendía cómo no estaba más delgada con la cantidad de verdura que comía y lo que me gustaba. Entonces yo ya tenía la regla, una mente más clara que la que he tenido años después, y unas tetas que hacían que ostiase a más de un compañero de clase a la hora del recreo por comentarios tan ingeniosos como tetánic y algún otro hit de la época que no recuerdo. Así que no tuve ningún reparo en contestarle las cosas como eran: porque me encanta comer verdura, y donuts, y bocadillos de nocilla, y carne rebozada y patatas fritas. 

Así eran las cosas y así fueron después. A los pocos meses estaba visitando a una dietista y bajando kilos a base de subirme cada semana en esas básculas que se calibran y que siempre me han supuesto un misterio. No recuerdo cuánto pesaba antes de la dieta ni en cuánto me quedé. Tampoco recuerde que fuese por algún complejo especial; quizás la intención de entrar en los pantalones de Zara o de Mango. El caso es que duró hasta verano. En verano me fui al pueblo con mi abuela y tomé dos decisiones: que iba a volver a casa con un agujero en la nariz y que los piononos, las tortas de manteca, el pan y las magdalenas de la tahona, y los guisos de las titas merecían ser comidos y, si hacía falta, devorados. 

Paulatinamente, con el paso de los años y de los cursos escolares, fui recuperando lo que perdí. Creo que fue a partir de primero de bachillerato que empecé a ir más allá de lo que había pesado antes de ponerme a dieta, pero, repito, no tengo números grabados a fuego de esa época. 
Como siempre era la rara de clase, no era especialmente sociable y tolerar a la gente no era mi fuerte, tampoco me atormentaba especialmente ser, además, la gordita, o la gorda a secas. En mi pequeño y entrañable círculo de amistades había de todo; mi mejor amiga de la infancia siempre ha tenido que lidiar con el peso y el volumen, igual que yo, y otras amigas con las que me fui topando por el camino habían sido delgadas siempre, sin más, otras con los cambios de la adolescencia se habían estilizado, otras lidiaban con cambios de peso menores, otras estaban estupendas y aún así se veían fatal; había de todo y nada que me hiciese sentir especialmente fuera de lugar por mi físico. Si a eso le sumas que de los 15 a los 19 tuve una pareja con la que físicamente nos entendíamos muy bien, tampoco me venía de aquí el ir engordando. 

No es ningún secreto que cuando empecé la universidad empecé a perder las riendas de las expectativas. La universidad no me gustaba, las carreras no me gustaban, la vida universitaria no me motivaba especialmente. En ese punto de desubicación, si acaso, engordé más. Después vino esa época de desenfreno absoluto. Como ya me conocéis, ya sabéis de lo que hablo. 
En 2007 llegó la ruptura de algo que, en realidad, ya estaba finiquitado, pero que me permitió acomodarme en la posición de víctima; como nunca me había permitido ese lujo de andar llorando por las esquinas (literal y/o metafóricamente), me acomodé, y engordé, y tomé la decisión más importante de mis 20 años: irme a Madrid. 

Ése fue el primer momento de mi vida en que todo me dio más o menos igual. Lo bueno de eso, es que aligeras ese terrible equipaje con el que todos cargamos: malas experiencias, expectativas no cumplidas, fracasos, amistades que no funcionan. Lo malo es que se me fue de las manos. Madrid, como etapa, son esos dos años de mi vida de los que no me arrepiento pero que jamás querría revivir. Pero en todas las etapas del camino se aprende, y las más disparatadas suelen ser buenas maestras. En esos dos años aprendí que me podía vestir cómo me daba la real gana por mucho que pesase más de 80kg tranquilamente; poco a poco fui cambiando mi estilo hasta sentirme cómoda llevando cualquier cosa que se me antojase, dejando atrás ese estilo paz y amor que había adoptado años atrás (sí, muy rebelde sin causa era yo) y sólo volviendo a él cuando me apetecía. También aprendí que, por muy gorda que estuviese, eso de un polvete de una noche con el chaval que te lo pone a huevo y te tiene ganas (no preguntéis) porque claro, ya llevas un año sin follar, y estando como estás tampoco es que te puedas permitir escoger, pues va a ser que no es un buen plan. Antes que un polvo mediocre (o pésimo) porque toca, mejor tocarse una solita, que sé lo que es el sexo en condiciones y no es necesario recordar noches pésimas por cumplir con el deber social de follar. Fin del aprendizaje. 

Después volví a casa para redireccionar un poco mi existencia, que falta me hacía. Y no, no me planteé hacer dieta de inmediato. De esos entonces recuerdo una noche de fiesta (iba estupenda siempre, porque esto de arreglarme como una puerta para salir es superior a mí), en el que el listo de turno que, supongo, intentaba ligar con mi amiga, le comentó al amigote lo que sea refiriéndose a mí como "la gorda" en términos despectivos. No es que me doliese especialmente, esto era así, estaba gorda, pero a mi amiga le dolieron las maneras más que a mí y se giró a decirles que cerrasen la boca. No me preguntéis por qué, pero lo recuerdo. Igual que también recuerdo a un amigo de los de siempre decirme que él no se liaba conmigo porque no quería que se estropease nuestra amistad y algo más; esto lo recuerdo porque en el momento que me lo dijo no venía a cuento (aunque después de unas cuantas cervezas nada viene a cuento), y porque lo tuve muy claro, no era el valor de nuestra amistad, era el tamaño que me gastaba. Y sí, el tiempo me dio la razón (y los dos escarmentamos). 

Entonces llegó ese momento en el que vi el 99 en la báscula, y aunque no entré en pánico, poco a poco saltó una alarma que me hizo cambiar el chip. La historia de los 30 kg ya la expliqué. Lo que nadie me explicó es lo que venía después. 

Estar gorda te crea una especie de armadura en la que te puedes defender bien: a primera vista se ve lo que hay. Si aceptas tu cuerpo, si te ves genial con tus michelines y tus michelones, si apenas escuchas a los que se meten contigo por tu volumen excesivo, puedes vivir tranquilamente con ello sin que te cree complejos. Me ponía vestidos cortos, con medias o sin ellas, prendas ajustadas, leggins y pantalones pitillo, me encantaban los escotes (¡con esas tetas como dos cántaros cómo no me iban a gustar!), iba a la playa sin ningún pudor, siempre en biquini, nunca en bañador, y hacía topless porque no me gustaba verme la marca del biquini rodeándome. Y oye, una tan tranquila, que estoy gorda lo sabes tú, lo sabe la vecina de arriba, y, sobretodo, lo sé yo. 
Después pierdes kilos y con ellos, te quedas sin armadura. 

Por si os habéis perdido, esto se traduce en complejos y en situaciones en las que ni te quieres ver ni te sabes desenvolver.

No, no os voy a hablar de estrías. Mis estrías eran mucho peores cuando tenía 12 años y eran de un terrible color rojo que se veía a kilómetros. Tampoco de celulitis. La verdad es que, por haber perdido el peso que he perdido, tampoco me ha dejado marcado todo el cuerpo y no es algo que me atormente. Ahí está, localizada donde siempre y en perfecta convivencia. 

En cambio sí que me dolió esa compañera de trabajo que, después del esfuerzo y la carrera de fondo que había sido el bajar de peso, en lugar de apoyarme, en algún momento decidió arremeter contra mi pecho preguntándome si cuando me quitaba el sujetador no me quedaba la piel arrugada y fea; y no, esa pregunta no se podía hacer a buena fe. Recuerdo que me dolió especialmente porque mi pecho (o su ausencia y los efectos de la gravedad) es lo que más complejo me ha creado a nivel físico. Y no es que me haya quedado sin tetas, pero obviamente de cántaros nada. Después de perder tal cantidad de peso, el pecho de una mujer raramente vuelve a ser el que era, ni a asemejarse de lejos, ni a asomarse. A nadie le gusta que vayan a doler. Pero sí, qué le vamos a hacer, cuando me quito el sujetador que me sube las tetas hasta el cuello (y no hace falta que sea un wonderbra ni un super push-up), la historia cambia. Le podéis preguntar a mi hermano, que se dedicó a animar a mi abuela haciendo chistes sobre mis tetas. Por suerte, ya apenas me dolían esos comentarios.

Pierdes tus 30kg y alguno más, y entonces ves a esas amigas que hace siglos que no ves, y una de las más íntimas de todas ellas te dice, "pero bueno, te has quedado estupenda, estás delgadísima" y te preguntas si es que estamos todos tontos o qué. Miras a tus amigas y sigues siendo la más gorda del grupo, ninguna se acerca a una 42. Por suerte, con ella no tengo reparos y se lo dije, "mujer, delgadas estáis vosotras, yo estoy mejor que antes". No sabes cómo, pero en este periplo de intentar mantener el peso adecuado y la cordura, tienes que vigilar con los halagos, porque se convierten en armas de doble filo y, además, arrojadizas. 

Otra noche te enfundas (porque sí, ese vestido me lo tengo que enfundar) tu vestido de putón verbenero y cuando llegas a la cena, con la mejor de las intenciones, una amiga te asalta de nuevo. "Pero qué delgada, ¡mira qué cintura! Yo no tengo esa cintura que tienes tú". Chica, pues no, porque dios me dio un apetito que no hace ascos a nada y una genética regulera con esto del peso, pero me compensó con cuerpo reloj de arena; pero, qué te voy a decir, tampoco tienes los 10kg que te saco de ventaja ni un culo que te da dolores lumbares (sí, esto es así) y que cuando me veo de perfil me apetece cortarme un par de filetes y quedarme tan ancha. 

Después está lo del que nunca se iba a liar contigo y, eso sí, después de bebernos hasta el agua de los floreros y de ser la mitad de lo que era, se lanza. La constante en esta historia es que venía tan poco a cuento como lo del "valoro mucho nuestra amistad". Ahí te quedas totalmente descolocada. La verdad es que te da un subidón de autoestima, porque sí, por la razón más tonta y más superficial, que eres capaz de atraer a alguien a quien no habías atraído hasta entonces. Mirad, esto no se trata de verse a una misma como un trozo de carne ni de verse a una misma como un objeto de deseo que depende de la aprobación del sexo masculino para valerse y sentirse bien con una misma; pero cuando se da esta reacción en alguien en quien jamás la imaginarías, pues oye, te vienes arriba. Y es normal. Aunque no entiendes nada, porque esto de pensar que atraes al género masculino es nuevo para ti y te resulta ciencia ficción. Las cosas como son, siempre vas a pensar mal cuando un chico se acerque a ti (que se quieren burlar de ti, que están de broma con los colegas para echarse unas risas, que ya ha dado al resto del garito por imposible, hay una lista larguísima de opciones); aunque, la verdad, si eso a mí siempre me ha pillado con tres cubatas de más -para mala suerte de mis amigas, que han aguantado lo inaguantable-, y me ha dado todo un poco igual. 

Entonces está ese tío con el que me lié una noche de verano y, mira, no estuvo tan mal. Esto lo digo por mí, que había perdido toda la práctica y era todo desastroso. Muy majo el chaval, las cosas como son. Retoma el contacto contigo cien mil años después (cosas de facebook), y te dice que no eres fea, que si no follas es porque no quieres y que... ¡¡¡tachán!!! ...si te cuidases un poco más (¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!) Pero... oye, ¡bonito! ¿No te conté en su momento que había bajado un montón de peso? Seguro que sí, porque si hay algo que cuento a la primera de cambio es lo de los 32kg y el tiempo que llevo sin follar, que habrá pocas cosas que me cohiban menos que esas dos verdades. ¡¿Y quién coño eres tú para juzgar mi cuerpo por las buenas?!

Nadie me contó que me voy a mirar en el espejo en pelotas, como he hecho siempre, y no sólo no me va a gustar lo que veo, si no que además me va a importar. De pronto sólo ves imperfecciones, y luchas porque la báscula siga bajando; cada vez le cuesta más y te frustras porque estás acostumbrada a que tu cuerpo lo guíen esos números digitales. Entonces se te olvidan los músculos y el volumen; no te das cuenta que en realidad esos pantalones SÍ te quedan mejor. 

Nadie me dijo que mi cara iba a cambiar tanto. Mi cara, que era bonita redondita, a la que conseguía sacar un partido que ahora no consigo, se ha vuelto afilada. A la mínima que vuelvo a perder peso (como ahora, que pierdo el que recuperé) se me afila aún más y tengo aspecto enfermizo. Las bolsas de los ojos y las ojeras han ido a más. 

Nadie me habló de los cambios que me iba a suponer en mi ciclo menstrual. Sí, sí, cómo leéis. Nadie me dijo lo dolorosas que pasarían a ser la menstruación y la ovulación. 

Nadie habla de ese limbo en el que te quedas cuando usas una talla 42 (si la marca es generosa, una 40), y sigues siendo la talla grande de las tiendas, aunque ya no necesites tiendas de tallas grandes, y sí, efectivamente y tal y como suponéis, sigues siendo la gorda entre tus amigas. Con el culo de Kim Kardashian, que sí, pero no deja de parecerte  un tanto absurdo que alguien con sus 10kg menos te diga que estás increíble. No nos lo tengáis en cuenta. 

Nadie te dice que vas a ser capaz de recuperar parte del peso perdido, y que se te puede ir de las manos y ganar más de la cuenta (no hablo de efectos rebotes, hablo de momentos de descontrol en que te dejas llevar por la comida y la comodidad); cuando eso pase no serás capaz de verte bien, y la frustración te llevará a eso de "de perdido al río", y recuperar las riendas será cada vez más difícil. Encontrar la motivación adecuada después de tanto esfuerzo, ¡ay! ¡ese pequeño milagro!

A nadie se le ocurrió pensar que me daría más pudor que antes desnudarme delante de alguien. Y eso que cuando estoy sola prácticamente vivo en pelotas. 

Ésta es la realidad. Después de 30kg de esfuerzo tienes que ejercitar al amor propio y el auto-reconocimiento de una manera mucho más compleja que los cambios de hábitos en y con la comida y que incluir el deporte entre tus rutinas. Esto es de lo que no nos podemos dar cuenta durante el antes, y que prácticamente no intuimos durante el proceso de cambio, pero llega el momento en el que tendrías que estar satisfecho y no lo estás. Siempre se puede un poquito de esfuerzo más y ahí te quedas, como un disco rayado. Y eso, lo tendríamos que trabajar desde antes de perder el primer gramo. Ojalá alguien se hubiese parado a contármelo. 



Mis 32kg de más y mis complejos de menos.