Pronto hará dos años que no estás y a ratos, aún sin saber si está bien o mal, me resisto a dejarte ir. Hace poco escribía que te echaba tanto de menos que te podría escribir a diario, y no es mentira. Ya han pasado años desde que dejé de escribir en diarios (¿ocho?, ¿nueve?) y me limito a publicar lo que me pasa por la cabeza en este blog, que es un cajón de sastre en toda regla. Tú, que eras modista y costurera, no tenías un cajón desordenado, pero sí mil cajas en las que nunca encontraba nada y tú lo encontrabas todo. Ahora apenas hay una bobina de hilo blanco en la máquina, sé que me lo perdonarás.
Vivir sin ti no es un problema, eso lo sabíamos de antemano, misito. Sabíamos que tenías que marchar y sabíamos que antes de irte nos habrías dado las herramientas para seguir respirando con todas las ganas del mundo. Lo que se hace cuesta arriba es vivir con tu ausencia. ¿Cómo no me vas a faltar? Explícame si, una vez te diagnosticaron la enfermedad, fui capaz de anular cualquier atisbo de vida social por pasar todo mi tiempo libre contigo, explícame cómo no voy a pensar que no estás conmgio. Conmigo, que entre jornada de mañana y jornada de noche, el ratito de la tarde lo pasaba sentada a tu lado en la silla del hospital. Dime cómo hago para no entrar en la habitación de invitados sin pensar en todas las veces que me eché la siesta a tu lado agarrándote la mano, sin pensar en el uno de enero de hará tres años, cuando llegué al piso después de trabajar en nochevieja, cansada y con frío, y sólo me tuve que meter contigo en la cama para que se parase el mundo, porque nos teníamos la una a la otra y tú tienes súper poderes.
Vivimos tiempos raros, iaia. Vivimos días en los que nos hubieses preguntado mucho, y no hubises entendido muchas cosas, y el Jaume se hubiese puesto nervioso intentando explicarte, y él no lo dice, tampoco le he preguntado, la verdad, pero no puede ser de otra manera, pero también le dueles. Seguro que tu ausencia, ese presencia que no existía cuando se fue hace seis años, también le mata a ratos. Cómo a todos, menudas tonterías digo. Siempre pensé que él tenía más derecho a estar triste, a estar dolido, a estar enfadado con tu ida; al fin y al cabo, era tu favorito. No digas que no, que donde estés todavía te puede crecer la nariz como a pinocho. Y juntos vivisteis cosas que el resto no podemos atisbar.
Siempre pensé que su pérdida era más importante. La suya, la de la mama, la de la tieta Carmen, la de la tieta Luisa. Y ellos te han llorado mucho más que yo, misito. No me lo tengas en cuenta, es que lo sigo pensando. Nosotras vivimos cosas muy difíciles juntas los últimos meses y aprendimos del dolor intríseco de la otra, pero aprendimos a vivir, aunque tú me llevabas mucha ventaja, sé que fue una tarea compartida, lo sé porque aprendimos a sentir a la vez y a hablarnos sin palabras. Tenías súper poderes y eras magia.
Echo de menos la paz de tu regazo. Aunque no creo que las mecedoras sean bienvenidas en un tiempo entre estas cuatro paredes, echo de menos sentarme con la sillita pequeña delante de tu mecedora, en la salita que ahora es mi vestidor -¡Ay, si hubieses podido!-, apoyar la cabeza en tu falda, rodearte con los brazos las piernas, y mecerme a tu ritmo mientras me acariciabas el pelo; a mí, que no me gusta que me toquen la cabeza. En esos ratos perdía la sintonía con el mundo y sólo estaba tu callidez, y no necesitaba más. Cómo no me vas a faltar, misito.
Éstos son días raros y tú enseñaste cosas muy bonitas a tus hijas y a tu nieto, pero ninguno aprendió a abrazar. Y yo sin tus brazos soy la mitad. Y en los días raros los echo más de menos que nunca. Y antes del abrazo te contaba, y después del abrazo, también te contaba, y durante el abrazo, sólo existíamos tú y yo, y no te podía contar porque el resto del mundo quedaba fuera. Fuiste única en la difícil tarea de sosegarme, pero te prometo que he mejorado. He aprendido a respirar de tanto que te vi hacer oídos sordos a los comentarios desafortuandos y a las cosas que iban mal. A veces pienso que todo lo que tengo de bueno, seguro que más bien poco que mucho, lo aprendí de ti. Todo. Y algunas de las cosas regulares también, pero esas, que lo sepas, quien se las ha quedado ha sido la mama; ya la he visto usar alguna de tus peores técnicas como dejar de escuchar cuando la regaño y sabe que tengo razón, hacerme burla por lo bajini cuando no le gusta lo que le digo o sacar a relucir lágrimas de cocodrilo para hacerme chantaje emocional. Cada vez os parecéis más, y aunque no sé si en lo bueno, desde luego te ha cogido el ritmo en lo de hacer jerseis para bebé como si no hubiese mañana.
Te sigo necesitando, misito. Y si te escribo te encuentro un poco y me sigues tranquilizando. Y recuerdo que me enseñaste a vivir y a amar, que para ti casi eran sinónimos.
Ay, iaia, si sólo tuviese tu regazo otro ratito.