dimecres, 4 de setembre del 2013

La no-depresión post-vacacional. De regreso.

Llega septiembre y yo con estos pelos. Con el moño de boda, todavía, amanecí el primer día de mes sentada en mi habitual silla de administrativa de urgencias, con los ojos pegados y pocas parturientas que animasen el cotarro. La que no se ha asomado a verme, por la cuenta que le trae, es la depresión post-vacacional, y es que cuando trabajas los doce meses del año, de agosto lo único que esperas es que termine y con su 31 lleguen los regresos: que vuelvan a funcionar autobuses, trenes y metros, que los guiris vuelvan a sus casas, y que también vuelvan a la suya aquellos a quienes seguimos las vacaciones al dedillo por eso de echarles de menos sin la habitual cotidianidad. Puestos a regresar, en unas horas me planto en el aeropuerto, con la sonrisa de oreja a oreja, si no se me cae la cara de tanta ojera, y vuelvo a casa con un hermano debajo del brazo, quién querrá un pan. A finales de mes, más regresos, pero seguro que dan para otro post.   

Yo también regreso. Regreso de unos meses de estar de vuelta de todo y de algunos. Vuelvo a sabiendas de que no hay mayor suerte -más en los tiempos que corren- que tener a dónde y a quién regresar.  Sin regreso, espero, son los cambios, en infinitos aspectos, del último año. Siempre he pensado que Heráclito (es ese señor que hablaba de ríos) tenía mucha razón y que Alicia (en el país de las Maravillas) es una sabia por preguntarse a cada momento quién es y adónde va; que si uno no se pierde no podrá encontrar nuevos caminos, nuevas puertas de salida ni nuevas ventanas por las que colarse en un pedacito de mundo nuevo y que no hay nada más peligroso que aferrarse a lo que pudo haber sido y nunca fue, a lo que fue y ya no es, y a lo que es pero no queremos ver que viene con fecha de caducidad impresa, tiempo arriba, tiempo abajo. 

De donde sí regreso para volver es de cinco días en una porción de paraíso balear. No sólo por las aguas cristalinas de Formentor o Es Trenc, que también, ni por las tapas maravillosas (y con descuento) que nos zampamos en Valldemossa, desde luego no será por las curvas para bajar a su puerto; tampoco las cenas en casas espectaculares de Santa Ponça, que de tanta espectacularidad de la casa la cena venía con espectáculo incluido; no sólo es la tranquilidad de practicar la 'postura fácil' en medio de la calma absoluta del far de Ses Salines y definitivamente no fue aparcar en Palma cada noche; no fue cosa sólo de la suerte de vivir un enlace tan especial en un emplazamiento tan mágico como Son Marroig, aunque seguro que tuvo mucho que ver. Fue el compendio de todo eso y mucho más. La necesidad de evadirme del mundo y la facilidad de hacerlo sólo al poner un pie en el aeropuerto, los complejos perdidos en algún punto del camino, las no-preocupaciones durante más se 24 horas seguidas, sin interrupciones, ni sustos, ni malas noticias, disfrutar del dolce far niente en todo su esplendor, de pasear sin rumbo y no perdernos, de ver sólo el lado maravilloso de las cosas, del arropamiento tan especial que siempre siento con mis tíos (aunque a veces los especiales sean ellos), de la necesidad de nada más que lo que me rodeaba en ese momento, del silencio y las siestas a la orilla del mar, de las risas tontas y las tontísimas. Los gins, las cervezas... La compañía. 
Sin mi compañera de viaje, ni me lo planteo, este trozo de paraíso hubiese sido menos paradisíaco, menos acogedor, menos sereno y mucho menos divertido. Le debo confidencias, confianza y cinco días de cercanía e intimidad sin barreras en los que hemos sido más amigas que primas, y hemos vuelto siendo más familia que nunca. Ella ha sido el factor diferencial, ha hecho de estos días una experiencia única y fue un inmenso placer compartir silencios y charlas, ella con su cocktail y yo con mi gin-tonic, inquietudes y cervezas, ella con su cerveza, yo con mi tinto y las dos con una tostada de sobrasada con miel (que no duró mucho) delante. Ella hizo todavía más especial una ceremonia mágica con una pareja que irradiaba felicidad, lloramos juntas, nos resignamos juntas a altas horas de la madrugada (bueno, ella se resignó conmigo), y, sobretodo, nos emocionamos y maravillamos juntas. ¡Por no hablar de lo increíblemente preciosas que estábamos las dos! Las cosas como son, vuelvo más bonita gracias a los días vividos a su lado, y esa sensación es el tesoro que me traigo de regreso, el poder volver a sentirme así de calmada cuando la bruma aceche, sólo regresando, con los ojos cerrados y la mente abierta, a cinco días en la gloria. El regreso siempre servirá, al menos, para reencontrarnos con los pedazos de uno mismo que hemos dejado por el camino. Hasta ahora no se me ocurre mejor motivo para olvidar el rencor y la pereza del que siempre tiene que volver (con lo bonito que es tener dónde regresar). 

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