Cuento las horas para que suene el despertador y pienso: otra noche con cinco horas de sueño a las espaldas, esto no puede ser.
Pero hoy, a punto de tener 27 y un día, necesito perder unos minutos en este espacio que tengo abandonado a su suerte.
Abandonado porque si hubiese escrito durante el último mes, seguramente hubiese echado bilis por los dedos, y para teclear desasosiegos, ya hay millones de manos en la red.
Si hay alguna cosa que tengo muy clara es que las quejas están fuera de lugar en mi día a día, que sólo la gratitud tiene cabida, y que el resto pasa por gestionar mejor o peor lo que a uno le pasa por sus adentros.
Y hay días como hoy, en que la gratitud lo colma todo, no deja espacio para más, y se tiene que aprovechar.
Que sí, que ya sólo quedan tres para los 30, lo sé. ¿Y qué? No sé qué me pasará cuando llegue a la cifra redonda, pero de momento, lo tengo claro: que lleguen, que sumen y que los disfrute, no necesito más.
Dejando sus redes sociales y sus avisos a parte (que nos echan una mano a todos), hoy el día se ha llenado de gente bonita y he muerto de amor muchas veces:
Con las amistades que están lejos y siempre sientes cerca, y quien dice amistades, dice familia.
Con los pequeños gestos y las pequeñas victorias del día a día cotidiano, de la jornada laboral (por la que doy infinitas gracias).
Con el futuro más cercano que está por acontecerse: el sábado llego con los brazos abiertos, y que intenten despegarme de ti. Igual que el sábado, el 14 de agosto; igual que el 14 de agosto, el 1 de septiembre. Porque lo bueno de las despedidas es que casi siempre son "hasta luegos", con su fecha de retorno incluida.
Con la suerte de no necesitar más de lo que he tenido a la hora de cenar: porque son ellos los que me hacen grande, porque no necesito nada nada nada (aunque han sido regalos preciosos) más que a ellos en una mesa, o donde sea, más que a ellos cerca.
No sé si vendrán crisis, no sé si a los 30 me daré un golpe en la cabeza, no sé si vendrán arrepentimientos. De momento, sé lo que tengo y que no puedo pedir más.
De los 26, me llevo en la maleta... una alta médica, la emoción de LA boda (evidentemente, la mía no), dejar de lado unos fantasmas y ser capaz de afrontar otros, reencuentros, ser siempre consciente de mi familia (con todas sus cosas muy buenas y sus pocas cosas poco malas), saber que la distancia no son más que números (no olvidar nunca esta lección, que ya no sé cuánto hace que la aprendí), las risas contagiosas, las rutinas que no amargan, y la gratitud de amanecer cada día con todo lo que me rodea a mi disposición.
...y que cumpla muchos más.
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