dimecres, 27 de gener del 2016

Ser una gordita feliz, y después ¿qué?

Hace unos días le decía a una amiga que mi próxima entrada en el blog iba a ser Cómo conseguí perder 32 kg pero fui incapaz de quitarme de encima los 6 que recuperé en verano de 2015. Tal y como se lo escribí, sabía que era una mentira como una catedral; lo de no ser capaz de quitarme de encima seis kilos, digo, pero parece que decirlo abiertamente era el impulso que me faltaba para coger las riendas de mis hábitos perdidos y no dejarlos a su libre albedrío (por no decir a mi mal juicio) de nuevo. 

Poco después se publicó el libro Gordi fucking buena, de las impulsoras de la web defensora de amar las redondeces del cuerpo WeLoverSize, que compré y leí en la pequeña pantalla del móvil hasta haberlo finiquitado. No es que fuese seguidora de la web y me apeteciese devorar el libro nada más salir al mercado, me cuesta mucho seguir el contenido on-line de blogs y similares, pero sí sabía de qué iba la cosa y me apetecía ver qué habían publicado (después el libro me habrá gustado más o menos, pero no por lo que quieran transmitir, y eso ya son cosas que tienen que ver con los gustos de cada uno... ya se sabe, infinidad de colores). 
¿Por qué, después de haber perdido semejante cantidad de kilos, me apetecía leer un libro que me recordase todo lo que ya me he quitado de encima? Por muchas razones. Pero la más importante es que esto de entrar en ropa de Inditex (y no en toda), sigue siendo la excepción. La regla siempre han sido mis kilos de más, mi obesidad, y la facilidad para convivir con ellos. 

Cuando le comentaba a mi amiga lo de los seis kilos de más, pensé que me tenía que poner manos a la obra y escribir algo sobre lo que tenía muchas ganas de escribir: qué pasa cuando dejas de ser la gorda de siempre, qué es lo que no cuentan sobre perder peso, sobre los complejos y los residuos sobrantes del sobrepeso. Al poco de empezar el libro, tuve claro que quería hablar de muchas más cosas. Ahora mismo todo se me amontona en la cabeza y voy a intentar ponerle orden aquí. Que sea lo que tenga que ser. 

Voy a empezar por decir que cuando digo que perdí 30 kg no es verdad. Recuerdo perfectamente el peso que marcaba la báscula el día que empecé a hacer dieta, 96'8 kg, a partir de ahí conté a menos; pero la realidad es que la báscula llegó a los 99y, en ese punto dejé de pesarme durante unos cuantos días y, si no recuerdo mal, me apunté al gimnasio (que no, no era suficiente). Me ha costado casi dos años desde que perdí los 30kg y casi cuatro desde que empecé a hacer la dieta hablar de números reales y no de esa abstracción de los 30kg. Y es que no sólo cuesta perderlos, es que una vez perdidos cuesta horrores no sentirse avergonzada de haber llegado al punto de partida. 

Ahora viene la pregunta del millón, ¿y cómo se llega hasta aquí?

Aunque podría hablar de metabolismos y de herencias genéticas, en mi caso puedo ser clara cristalina: hasta los 99kg (y seguro que un poco más allá) se llega comiendo. 
También es verdad que el deporte nunca ha sido mi fuerte: soy torpe, no tengo resistencia y, además, con el tiempo empecé a descubrir que me desmontaba a la mínima y la hiperlaxitud se convirtió en la mejor excusa (por real) en la que parapetarme, pero tampoco he sido la persona más inactiva del mundo; practiqué natación durante muchos años (y no, ni era una sirenita ni jamás seré la reina de los mares: odiaba nadar) y durante otros pocos iba a clases de aeróbic de pequeña, quizás los peores años fueron los de la adolescencia, en los que además -supongo que fruto de los cambios hormonales-, empezó a acusar el dolor articular al que tanto estoy habituada. En fin, que me voy por las ramas. 
Lo que iba a decir es que yo siempre había sido una niña gordita. Y aquí viene el primer momento de inflexión: 

- Finales de sexto de primaria. Colonias del casal de estiu. Un compañero de colegio me dijo que no entendía cómo no estaba más delgada con la cantidad de verdura que comía y lo que me gustaba. Entonces yo ya tenía la regla, una mente más clara que la que he tenido años después, y unas tetas que hacían que ostiase a más de un compañero de clase a la hora del recreo por comentarios tan ingeniosos como tetánic y algún otro hit de la época que no recuerdo. Así que no tuve ningún reparo en contestarle las cosas como eran: porque me encanta comer verdura, y donuts, y bocadillos de nocilla, y carne rebozada y patatas fritas. 

Así eran las cosas y así fueron después. A los pocos meses estaba visitando a una dietista y bajando kilos a base de subirme cada semana en esas básculas que se calibran y que siempre me han supuesto un misterio. No recuerdo cuánto pesaba antes de la dieta ni en cuánto me quedé. Tampoco recuerde que fuese por algún complejo especial; quizás la intención de entrar en los pantalones de Zara o de Mango. El caso es que duró hasta verano. En verano me fui al pueblo con mi abuela y tomé dos decisiones: que iba a volver a casa con un agujero en la nariz y que los piononos, las tortas de manteca, el pan y las magdalenas de la tahona, y los guisos de las titas merecían ser comidos y, si hacía falta, devorados. 

Paulatinamente, con el paso de los años y de los cursos escolares, fui recuperando lo que perdí. Creo que fue a partir de primero de bachillerato que empecé a ir más allá de lo que había pesado antes de ponerme a dieta, pero, repito, no tengo números grabados a fuego de esa época. 
Como siempre era la rara de clase, no era especialmente sociable y tolerar a la gente no era mi fuerte, tampoco me atormentaba especialmente ser, además, la gordita, o la gorda a secas. En mi pequeño y entrañable círculo de amistades había de todo; mi mejor amiga de la infancia siempre ha tenido que lidiar con el peso y el volumen, igual que yo, y otras amigas con las que me fui topando por el camino habían sido delgadas siempre, sin más, otras con los cambios de la adolescencia se habían estilizado, otras lidiaban con cambios de peso menores, otras estaban estupendas y aún así se veían fatal; había de todo y nada que me hiciese sentir especialmente fuera de lugar por mi físico. Si a eso le sumas que de los 15 a los 19 tuve una pareja con la que físicamente nos entendíamos muy bien, tampoco me venía de aquí el ir engordando. 

No es ningún secreto que cuando empecé la universidad empecé a perder las riendas de las expectativas. La universidad no me gustaba, las carreras no me gustaban, la vida universitaria no me motivaba especialmente. En ese punto de desubicación, si acaso, engordé más. Después vino esa época de desenfreno absoluto. Como ya me conocéis, ya sabéis de lo que hablo. 
En 2007 llegó la ruptura de algo que, en realidad, ya estaba finiquitado, pero que me permitió acomodarme en la posición de víctima; como nunca me había permitido ese lujo de andar llorando por las esquinas (literal y/o metafóricamente), me acomodé, y engordé, y tomé la decisión más importante de mis 20 años: irme a Madrid. 

Ése fue el primer momento de mi vida en que todo me dio más o menos igual. Lo bueno de eso, es que aligeras ese terrible equipaje con el que todos cargamos: malas experiencias, expectativas no cumplidas, fracasos, amistades que no funcionan. Lo malo es que se me fue de las manos. Madrid, como etapa, son esos dos años de mi vida de los que no me arrepiento pero que jamás querría revivir. Pero en todas las etapas del camino se aprende, y las más disparatadas suelen ser buenas maestras. En esos dos años aprendí que me podía vestir cómo me daba la real gana por mucho que pesase más de 80kg tranquilamente; poco a poco fui cambiando mi estilo hasta sentirme cómoda llevando cualquier cosa que se me antojase, dejando atrás ese estilo paz y amor que había adoptado años atrás (sí, muy rebelde sin causa era yo) y sólo volviendo a él cuando me apetecía. También aprendí que, por muy gorda que estuviese, eso de un polvete de una noche con el chaval que te lo pone a huevo y te tiene ganas (no preguntéis) porque claro, ya llevas un año sin follar, y estando como estás tampoco es que te puedas permitir escoger, pues va a ser que no es un buen plan. Antes que un polvo mediocre (o pésimo) porque toca, mejor tocarse una solita, que sé lo que es el sexo en condiciones y no es necesario recordar noches pésimas por cumplir con el deber social de follar. Fin del aprendizaje. 

Después volví a casa para redireccionar un poco mi existencia, que falta me hacía. Y no, no me planteé hacer dieta de inmediato. De esos entonces recuerdo una noche de fiesta (iba estupenda siempre, porque esto de arreglarme como una puerta para salir es superior a mí), en el que el listo de turno que, supongo, intentaba ligar con mi amiga, le comentó al amigote lo que sea refiriéndose a mí como "la gorda" en términos despectivos. No es que me doliese especialmente, esto era así, estaba gorda, pero a mi amiga le dolieron las maneras más que a mí y se giró a decirles que cerrasen la boca. No me preguntéis por qué, pero lo recuerdo. Igual que también recuerdo a un amigo de los de siempre decirme que él no se liaba conmigo porque no quería que se estropease nuestra amistad y algo más; esto lo recuerdo porque en el momento que me lo dijo no venía a cuento (aunque después de unas cuantas cervezas nada viene a cuento), y porque lo tuve muy claro, no era el valor de nuestra amistad, era el tamaño que me gastaba. Y sí, el tiempo me dio la razón (y los dos escarmentamos). 

Entonces llegó ese momento en el que vi el 99 en la báscula, y aunque no entré en pánico, poco a poco saltó una alarma que me hizo cambiar el chip. La historia de los 30 kg ya la expliqué. Lo que nadie me explicó es lo que venía después. 

Estar gorda te crea una especie de armadura en la que te puedes defender bien: a primera vista se ve lo que hay. Si aceptas tu cuerpo, si te ves genial con tus michelines y tus michelones, si apenas escuchas a los que se meten contigo por tu volumen excesivo, puedes vivir tranquilamente con ello sin que te cree complejos. Me ponía vestidos cortos, con medias o sin ellas, prendas ajustadas, leggins y pantalones pitillo, me encantaban los escotes (¡con esas tetas como dos cántaros cómo no me iban a gustar!), iba a la playa sin ningún pudor, siempre en biquini, nunca en bañador, y hacía topless porque no me gustaba verme la marca del biquini rodeándome. Y oye, una tan tranquila, que estoy gorda lo sabes tú, lo sabe la vecina de arriba, y, sobretodo, lo sé yo. 
Después pierdes kilos y con ellos, te quedas sin armadura. 

Por si os habéis perdido, esto se traduce en complejos y en situaciones en las que ni te quieres ver ni te sabes desenvolver.

No, no os voy a hablar de estrías. Mis estrías eran mucho peores cuando tenía 12 años y eran de un terrible color rojo que se veía a kilómetros. Tampoco de celulitis. La verdad es que, por haber perdido el peso que he perdido, tampoco me ha dejado marcado todo el cuerpo y no es algo que me atormente. Ahí está, localizada donde siempre y en perfecta convivencia. 

En cambio sí que me dolió esa compañera de trabajo que, después del esfuerzo y la carrera de fondo que había sido el bajar de peso, en lugar de apoyarme, en algún momento decidió arremeter contra mi pecho preguntándome si cuando me quitaba el sujetador no me quedaba la piel arrugada y fea; y no, esa pregunta no se podía hacer a buena fe. Recuerdo que me dolió especialmente porque mi pecho (o su ausencia y los efectos de la gravedad) es lo que más complejo me ha creado a nivel físico. Y no es que me haya quedado sin tetas, pero obviamente de cántaros nada. Después de perder tal cantidad de peso, el pecho de una mujer raramente vuelve a ser el que era, ni a asemejarse de lejos, ni a asomarse. A nadie le gusta que vayan a doler. Pero sí, qué le vamos a hacer, cuando me quito el sujetador que me sube las tetas hasta el cuello (y no hace falta que sea un wonderbra ni un super push-up), la historia cambia. Le podéis preguntar a mi hermano, que se dedicó a animar a mi abuela haciendo chistes sobre mis tetas. Por suerte, ya apenas me dolían esos comentarios.

Pierdes tus 30kg y alguno más, y entonces ves a esas amigas que hace siglos que no ves, y una de las más íntimas de todas ellas te dice, "pero bueno, te has quedado estupenda, estás delgadísima" y te preguntas si es que estamos todos tontos o qué. Miras a tus amigas y sigues siendo la más gorda del grupo, ninguna se acerca a una 42. Por suerte, con ella no tengo reparos y se lo dije, "mujer, delgadas estáis vosotras, yo estoy mejor que antes". No sabes cómo, pero en este periplo de intentar mantener el peso adecuado y la cordura, tienes que vigilar con los halagos, porque se convierten en armas de doble filo y, además, arrojadizas. 

Otra noche te enfundas (porque sí, ese vestido me lo tengo que enfundar) tu vestido de putón verbenero y cuando llegas a la cena, con la mejor de las intenciones, una amiga te asalta de nuevo. "Pero qué delgada, ¡mira qué cintura! Yo no tengo esa cintura que tienes tú". Chica, pues no, porque dios me dio un apetito que no hace ascos a nada y una genética regulera con esto del peso, pero me compensó con cuerpo reloj de arena; pero, qué te voy a decir, tampoco tienes los 10kg que te saco de ventaja ni un culo que te da dolores lumbares (sí, esto es así) y que cuando me veo de perfil me apetece cortarme un par de filetes y quedarme tan ancha. 

Después está lo del que nunca se iba a liar contigo y, eso sí, después de bebernos hasta el agua de los floreros y de ser la mitad de lo que era, se lanza. La constante en esta historia es que venía tan poco a cuento como lo del "valoro mucho nuestra amistad". Ahí te quedas totalmente descolocada. La verdad es que te da un subidón de autoestima, porque sí, por la razón más tonta y más superficial, que eres capaz de atraer a alguien a quien no habías atraído hasta entonces. Mirad, esto no se trata de verse a una misma como un trozo de carne ni de verse a una misma como un objeto de deseo que depende de la aprobación del sexo masculino para valerse y sentirse bien con una misma; pero cuando se da esta reacción en alguien en quien jamás la imaginarías, pues oye, te vienes arriba. Y es normal. Aunque no entiendes nada, porque esto de pensar que atraes al género masculino es nuevo para ti y te resulta ciencia ficción. Las cosas como son, siempre vas a pensar mal cuando un chico se acerque a ti (que se quieren burlar de ti, que están de broma con los colegas para echarse unas risas, que ya ha dado al resto del garito por imposible, hay una lista larguísima de opciones); aunque, la verdad, si eso a mí siempre me ha pillado con tres cubatas de más -para mala suerte de mis amigas, que han aguantado lo inaguantable-, y me ha dado todo un poco igual. 

Entonces está ese tío con el que me lié una noche de verano y, mira, no estuvo tan mal. Esto lo digo por mí, que había perdido toda la práctica y era todo desastroso. Muy majo el chaval, las cosas como son. Retoma el contacto contigo cien mil años después (cosas de facebook), y te dice que no eres fea, que si no follas es porque no quieres y que... ¡¡¡tachán!!! ...si te cuidases un poco más (¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!) Pero... oye, ¡bonito! ¿No te conté en su momento que había bajado un montón de peso? Seguro que sí, porque si hay algo que cuento a la primera de cambio es lo de los 32kg y el tiempo que llevo sin follar, que habrá pocas cosas que me cohiban menos que esas dos verdades. ¡¿Y quién coño eres tú para juzgar mi cuerpo por las buenas?!

Nadie me contó que me voy a mirar en el espejo en pelotas, como he hecho siempre, y no sólo no me va a gustar lo que veo, si no que además me va a importar. De pronto sólo ves imperfecciones, y luchas porque la báscula siga bajando; cada vez le cuesta más y te frustras porque estás acostumbrada a que tu cuerpo lo guíen esos números digitales. Entonces se te olvidan los músculos y el volumen; no te das cuenta que en realidad esos pantalones SÍ te quedan mejor. 

Nadie me dijo que mi cara iba a cambiar tanto. Mi cara, que era bonita redondita, a la que conseguía sacar un partido que ahora no consigo, se ha vuelto afilada. A la mínima que vuelvo a perder peso (como ahora, que pierdo el que recuperé) se me afila aún más y tengo aspecto enfermizo. Las bolsas de los ojos y las ojeras han ido a más. 

Nadie me habló de los cambios que me iba a suponer en mi ciclo menstrual. Sí, sí, cómo leéis. Nadie me dijo lo dolorosas que pasarían a ser la menstruación y la ovulación. 

Nadie habla de ese limbo en el que te quedas cuando usas una talla 42 (si la marca es generosa, una 40), y sigues siendo la talla grande de las tiendas, aunque ya no necesites tiendas de tallas grandes, y sí, efectivamente y tal y como suponéis, sigues siendo la gorda entre tus amigas. Con el culo de Kim Kardashian, que sí, pero no deja de parecerte  un tanto absurdo que alguien con sus 10kg menos te diga que estás increíble. No nos lo tengáis en cuenta. 

Nadie te dice que vas a ser capaz de recuperar parte del peso perdido, y que se te puede ir de las manos y ganar más de la cuenta (no hablo de efectos rebotes, hablo de momentos de descontrol en que te dejas llevar por la comida y la comodidad); cuando eso pase no serás capaz de verte bien, y la frustración te llevará a eso de "de perdido al río", y recuperar las riendas será cada vez más difícil. Encontrar la motivación adecuada después de tanto esfuerzo, ¡ay! ¡ese pequeño milagro!

A nadie se le ocurrió pensar que me daría más pudor que antes desnudarme delante de alguien. Y eso que cuando estoy sola prácticamente vivo en pelotas. 

Ésta es la realidad. Después de 30kg de esfuerzo tienes que ejercitar al amor propio y el auto-reconocimiento de una manera mucho más compleja que los cambios de hábitos en y con la comida y que incluir el deporte entre tus rutinas. Esto es de lo que no nos podemos dar cuenta durante el antes, y que prácticamente no intuimos durante el proceso de cambio, pero llega el momento en el que tendrías que estar satisfecho y no lo estás. Siempre se puede un poquito de esfuerzo más y ahí te quedas, como un disco rayado. Y eso, lo tendríamos que trabajar desde antes de perder el primer gramo. Ojalá alguien se hubiese parado a contármelo. 



Mis 32kg de más y mis complejos de menos.

dijous, 31 de desembre del 2015

Reflexión final. Después cambiaremos de capítulo.

Treintaiuno y uno de diciembre de dos mil quince. Podría intentar no hacerlo, pero creo que me resultaría prácticamente imposible. Podría intentar dejar de ver como este año va pasando lentamente en mi cabeza una y otra vez, en reproducción continua. Siempre las mismas imágenes. Siempre tú. Me esfuerzo, respiro hondo, no me permito ninguna lágrima fuera de lugar e intento vivir todos esos otros momentos en los que no estás y que tan especiales han sido también, pero no lo consigo. Siempre vuelves. 

¿Cómo no vas a volver si mañana hará un año que me metía en tu cama, a las nueve de la mañana, sin dormir, y con tu calor tuve suficiente para sentirme descansada? ¿Cómo no vas a volver si hará un año que, después de aguantar todas las navidades sólo para estar a nuestro lado, no te quedó más remedio que verte en el hospital y empezar el que ha sido el año más intenso, más difícil, y con el momento más doloroso -no sé si de nuestras, porque era pequeña cuando el yayo se fue- de mi vida? 

El problema no es que te hayas ido. El problema es que no estás. 

El problema no es que cerrases los ojos y marchases con los que te echaban de menos. Tenía que pasar. Tú, luchadora innata, te merecías descansar, te merecías una vida que ya no tenías, no te merecías verte postrada, no te merecías todo ese dolor físico que negaste hasta último momento y que te esforzabas por ocultarnos, no te merecías ese dolor emocional que te provocaba el no poder estar pendiente de todo y por todos, la frustración de verte incapacitada para ponerte en pie sin la ayuda de nadie. No te merecías muchas cosas y nunca las rechazaste, aceptaste cada revés sin poner mala cara, sin hundirte, sin tirar la toalla. Tampoco nosotros nos merecíamos verte sufrir como lo hicimos, porque la angustia era y es infinita, porque sólo sacábamos fuerzas por ti, pero cada vez era más difícil. Porque tus últimas horas son las más difíciles, tortuosas y dolorosas que he vivido. Te ganaste el descanso, y aún así quisiste vivir hasta el final, esperaste a que tu nieto se pudiese despedir de ti. Nos cuidaste hasta sin aliento. 

El problema es que no estás. Ni estarás. El problema es que tu ausencia ocupa un espacio que parece infinito. El problema es que no estás en estas fechas, ni en esta casa, ni en la tuya. Ni estarás en otras fechas. El problema es que me duele pensar en próximos san valentines y próximos sant jordis, en próximos veintiocho y treinta de marzo; en soplar las velas sin ti, en empezar el año y no verte, en que éste será el primero en que me sabré incompleta, porque tú eres una pieza tan grande de lo que soy, que por mucho que se cierren heridas, por mucho que me esfuerce en mantenerte viva, te has ido y contigo parte de mis fuerzas. El problema es que duele respirar, duele sonreír, duele esforzarse. 

Capítulo nuevo. 

Uno de enero de dos mil dieciséis. Empezar el año vacía, esa será la realidad. Las opciones se me han agotado. Intento llenarme de otras gentes, de otros momentos, pero ninguno eres tú y tú lo has sido todo este último año. Hago esfuerzos, lo prometo. Pero empezaré vacía. Y te digo una cosa, el año nuevo me llevará a hacer mías las cuatro paredes en que crecimos a tu lado, y las vaciaré de ti; lo siento, pero sabes que no soporto tus muebles ni tus figuras de porcelana. La vaciaré de ti y la llenaré de nosotras, porque si hay algo que tengo claro es que en esas paredes siempre tiene que caber el amor que nos has dejado, dentro de ese piso sólo puede ensancharse en corazón. Y escribir un capítulo nuevo en el que tu alegría sea motor, en el que la tristeza no sea infinita, si no efímera, en el que sea más poderoso el mañana que el ayer, y en el que tu ausencia no sea un fantasma (por lo que más quieras, ¡no muevas mecedoras!), pero sí la mejor de las compañías. Que nos sigas llenando de luz en todos los mañanas de nuestra vida, que poco a poco te podamos irradiar de tanto quererte. 



(aunque irremediablemente siempre esperaré poder comerte a besos una vez más)


divendres, 12 de setembre del 2014

Tenir-vos sempre a mà

El passat 10 de setembre vaig tenir al sort de viure un dels dies més especials de la vida d'una de les persones més especials de la vida. Com que em costa molt estar callada, tan bon punt em van dir que estaven promesos, els hi vaig dir que tenia coses a dir aquell dia i que no tenien opció. Malauradament, els nervis, la emoció, el meu serrell i un parell de mosques, van fer que no resultés tan intel·ligible com m'hagués agradat. Demano disculpes i aprofito per compartir les paraules que els vaig dedicar, perquè tenint-los aquí sé que serà una mica més fàcil sentir-los a prop en els dies que vindran i perquè sempre podem recordar que la seva és una història que capgira el món. 

Gràcies, de nou, per fer que aquell dia fos màgic per tots nosaltres i per fer-nos sentir la vostra màgia sempre que us tenim a prop. És impossible no estimar-vos

"Si bé és cert que ningú és imprescinbile, si la vida és prou generosa i tens molta sort, durant el camí trobaràs gent que faràs incondicional per necessitat, trobaràs aquella meitat que et complementa, que t’amplia el camp de visió, que fa dels instants més senzills moments meravellosos i de les petites aventures, grans capítols, sempre inoblidables. La meva meitat avui vesteix de blanc i està més radiant que mai. 
Perquè la Mireia, la meva cuquita, més enllà de ser una de les meves millors amigues, és una part inmensa de qui sóc, és l’equilibri que em donen la seva sensibilitat i la seva paciència, que tot sovint em falten, és la mà que sempre tinc al costat, per apretar-la i plorar, per estirar-la i abraçar-la, per fer curta qualsevol distància; els riures en els moments més crítics, totes les paraules que no ens cal dir i també les que necessitem repetir-nos sovint i no ens importa dir-nos una i altra vegada; són infinitat d’estones que em vénen al cap només mirar-la i que sempre em fan sentir que, amb ella al costat, poc més és necessari. Tinc la inmensa sort de saber que el temps juga sempre a favor nostre, perquè els anys només han fet més fort i més màgic allò que ens uneix; i saber que, circumstàncies a part, sempre cuidarem l’una de l’altra, fa que tot sigui una mica més fàcil, una mica més païble, i la vida una mica més verda i més bonica. Tinc la inmensa sort d’haver trobat una meitat, algú per qui sempre estic disposada a donar un trosset de mi sabent que, tot i així, sempre surto guanyant, algú a qui estimar com no m’estimo a ningú més: fins l’estrella més alta. Always. 

I ella… que no tenia prou amb aguantar una leo, ja fa cinc anys va descobrir que el sis d’agost era un dels dies més significants per a ella, i des d’aleshores fa camí agafada del Roger, la seva gran meitat (ho sento, jo estava primer). 

Tots sabem com va anar: es van trobar a una cuina, la Mireia es va enlluernar amb els cabells rossets d’en Roger, en Roger li va donar a tastar licors d’arreu del món i, bé, avui estem aquí. 
Estem aquí celebrant la sort de que un dia es trobessin i només volguessin més l’un de l’altre; perquè ells tenen la màgia, no només d’haver crescut l’un amb l’altre, no només d’haver fet inmens aquest “nosaltres”, sinó la proesa de fer créixer a l’altre. En Roger té la inmensa virtut de fer que la Mireia desplegui les ales i prengui el vol, ell és qui ha conseguit que la meva Mireia es vegi tan esplèndida com els altres la veiem, qui li ha donat la seguretat perquè ella cregui en si mateixa tant com ho fem els que l’envoltem i l’estimem, perquè la Mireia sap que només li cal tenir al Roger al costat per arribar allà on es proposi, per ser tot allò que vulgui ser i per atrevir-se a descobrir mil móns tan sols mirant la vida a través dels seus ulls. 
Ja fa cinc anys que caminen sobre terreny ferm i  sempre han sabut que s’estimen com mai han estimat a ningú altre, que abans… ja no se’n recorden què hi havia abans, no els hi cal. Junts tenen la força d’un excèrcit de titans i han demostrat que les pitjors circumstàncies només els faran més forts, perquè no hi ha cap motor que els fagi avançar  tant com saber que es tenen l’un en braços de l’altre. Junts han conseguit impossibles i han demostrat que, malgrat alguns no els veiéssin capaços de sortir-se’n, no els hi calia res: si sabien que tots dos volien fer-ho, ho farien. Ens han ensenyat que és veritat allò de que “el amor mueve al mundo”, i que sí, que l’amor és pacient i servicial, però també és una bomba que esclata entre dues personres per arrassar amb tots els paràmetres establerts i descobrir que la vida era una mica més ensopida, més buida i més grisa abans de trobar-se. 

No cal que us desitji cap mena de sort, ja us teniu l’un a l’altre, i de la vostra mà sempre arribaran petites victòries i moltes felicitats. 

Perquè són històries com la vostra les que fan que, els descreguts com jo, ens adonem que no hi ha cap final de conte de fades que pugui arribar a capgirar el món com ho heu fet vosaltres, que ho poguem celebrar per molts, molts, molts anys més plegats. "






dimecres, 6 d’agost del 2014

La suerte de.

Cuento las horas para que suene el despertador y pienso: otra noche con cinco horas de sueño a las espaldas, esto no puede ser.

Pero hoy, a punto de tener 27 y un día, necesito perder unos minutos en este espacio que tengo abandonado a su suerte.

Abandonado porque si hubiese escrito durante el último mes, seguramente hubiese echado bilis por los dedos, y para teclear desasosiegos, ya hay millones de manos en la red.

Si hay alguna cosa que tengo muy clara es que las quejas están fuera de lugar en mi día a día, que sólo la gratitud tiene cabida, y que el resto pasa por gestionar mejor o peor lo que a uno le pasa por sus adentros.

Y hay días como hoy, en que la gratitud lo colma todo, no deja espacio para más, y se tiene que aprovechar.

Que sí, que ya sólo quedan tres para los 30, lo sé. ¿Y qué? No sé qué me pasará cuando llegue a la cifra redonda, pero de momento, lo tengo claro: que lleguen, que sumen y que los disfrute, no necesito más.

Dejando sus redes sociales y sus avisos a parte (que nos echan una mano a todos), hoy el día se ha llenado de gente bonita y he muerto de amor muchas veces:

Con las amistades que están lejos y siempre sientes cerca, y quien dice amistades, dice familia.
Con los pequeños gestos y las pequeñas victorias del día a día cotidiano, de la jornada laboral (por la que doy infinitas gracias).
Con el futuro más cercano que está por acontecerse: el sábado llego con los brazos abiertos, y que intenten despegarme de ti. Igual que el sábado, el 14 de agosto; igual que el 14 de agosto, el 1 de septiembre. Porque lo bueno de las despedidas es que casi siempre son "hasta luegos", con su fecha de retorno incluida.
Con la suerte de no necesitar más de lo que he tenido a la hora de cenar: porque son ellos los que me hacen grande, porque no necesito nada nada nada (aunque han sido regalos preciosos) más que a ellos en una mesa, o donde sea, más que a ellos cerca.

No sé si vendrán crisis, no sé si a los 30 me daré un golpe en la cabeza, no sé si vendrán arrepentimientos. De momento, sé lo que tengo y que no puedo pedir más.

De los 26, me llevo en la maleta... una alta médica, la emoción de LA boda (evidentemente, la mía no), dejar de lado unos fantasmas y ser capaz de afrontar otros, reencuentros, ser siempre consciente de mi familia (con todas sus cosas muy buenas y sus pocas cosas poco malas), saber que la distancia no son más que números (no olvidar nunca esta lección, que ya no sé cuánto hace que la aprendí), las risas contagiosas, las rutinas que no amargan, y la gratitud de amanecer cada día con todo lo que me rodea a mi disposición.

...y que cumpla muchos más.

divendres, 18 d’abril del 2014

Inspira gratitud...

y expira las cosas malas de la vida. 

Eso es lo que dice mi profesora de yoga, que hay que respirar lo bueno y expulsar lo más regular. 

Y eso es lo que intento re-aprender cada día: dar las gracias y no los pesares. Mirar a mi alrededor y saberme afortunada. Mirar a mis adentros y dar las gracias. 

Ser consciente del aquí y del ahora y dar las gracias. Dar las gracias porque si puedo escribir estas palabras quiere decir que tengo suficientes recursos como para sentarme delante de un ordenador y teclear; dar las gracias por el ahora, porque eso quiere decir que tengo un presente entre las manos. Un ahora desde el que dejar atrás todo lo que no me gustó del antes, un ahora desde el que construir el después que a mí me apetezca, un ahora para reinventarme continuamente o perseverar con aquello que no quiero que me falte jamás. Dar las gracias porque sé que el aquí y el ahora son lujos de los que gran parte de la población no puede disfrutar; y es que cuando nos vamos a dormir pensando que mañana será otro día, a menudo olvidamos que para muchos la vida es la misma lucha diaria, que su cotidianidad es el mismísimo infierno, y sin embargo agradecen cada amanecer. 

Deberíamos obligarnos a diario a cerrar los ojos para acostarnos dando las gracias por cada rayo de sol que nos ha rozado la piel, por los cielos rosados, por las amapolas en primavera, la ginesta en verano, las hojas caídas en otoño, y el calor del hogar en invierno; por las sonrisas que te sacan cuando lo que te apetece es patalear, por las que sacas a quien le apetece llorar; por los oídos que nos escuchan, las manos que nos agarran y los brazos que nos escudan de dardos envenenados; por cada bocado que podemos llevarnos a la boca sin pensar que no sabes cuándo será la próxima vez que tendrás algo para comer; por cada palabra que somos capaces de leer, por todas las lecturas que somos capaces de comprender, por toda la comprensión que nos hace más abiertos de miras y, por tanto, más humanos; porque somos capaces de querer, porque nos sabemos queridos, porque podemos aprender a querernos un poquito más cada día. 


Cerrar los ojos y sentir una pequeña ola de felicidad. Y estar agradecidos por ello.



(dar las gracias por la familia que me rodea, por las amigas que son familia, por las amistades que perduran a pesar de ser opuestos, a pesar de las diferencias de criterios, a pesar de la distancia, por los que se fueron y te enseñaron a cerrar puertas, por los reencuentros y su luz, por el amor propio, por los cambios, por el hoy, por poder pensar en un mañana, por agradecer a diario el lujo de respirar lo bueno y expirar lo malo)






dijous, 12 de desembre del 2013

Este año, me cuelo y me adelanto al Adviento.



Este año, por primera vez, no tengo calendario de adviento. Después de deshacerme unas pocas semanas atrás del calendario de diciembre de 2012 con la mitad de chocolatinas todavía por descubrir, era la mejor decisión. ¿Por qué estaba todavía a medias? Porque el chocolate con leche lo tengo prohibidísimo, y si me lo permito, que sea a lo grande, no con una chocolatina diminuta. Total, que cuando pienso en adviento, me vienen a la cabeza los calendarios de chocolatinas y las cuatro velas los domingos en misa; así que este año ni pa’ti, ni pa’mí, porque uno no lo como y lo otro cada vez me cuesta más tragarlo.

Para los que estéis perdidos y no sepáis de qué va la cosa, el Adviento, en el calendario cristiano, es la cuenta atrás para la llegada del niño Jesús, el 25 de diciembre a las 00.00, hora mágica para la Misa del Gallo, obligado ritual de infancia. Independientemente de que uno celebre la llegada de Nuestro Señor Jesusito, el Solsticio de Invierno, el inicio de las vacaciones, o que llegue enero y mandar a tomar por saco los años lamentables, diciembre es un mes de cuenta atrás. Incluso hay quien cuenta atrás para que se termine la Navidad, que nunca llueve a gusto de todos.

Desde luego, no es el caso. La Navidad me encanta. Me encantan las calles iluminadas, los escaparates vestidos de gala, escribir alguna postal, sacar las decoraciones y ponerse manos a la obra; incluso me gustan algunos villancicos y, me gusta el ‘nanarana, nanana’ de Rafael en el anuncio de la lotería. Adoro las comidas navideñas, las cenas –incluso en las que no puedo estar-, y los desayunos después de una guardia nocturna de festivo; con sus discusiones, sus peleas, sus apuros y nuestra imperfección en todo su esplendor; pero sobretodo, con su familiaridad, su cotidianidad, su confianza, sus copas de más y sus vergüenzas de menos, sus sobremesas inacabables, sus fotos tontísimas, y también las casi formales de familia. Me gustan algunos turrones y los roscos de vino más que los polvorones; espero con ansias els galets de Nadal, la comida de Sant Esteve y el roscón de reyes. Me gusta empezar el año con una comida familiar, aunque en la mesa seamos más zombies que personas. Disfruto con los villancicos para hacer cagar al Tió, y arreándole de par en par todos los primos juntos. Me gusta que mi tía cumpla años el día de los inocentes, ¡y tener una excusa más para celebrar! Me gusta tener un motivo para decir, ‘no tenemos excusa, ¡nos vemos sí o sí!’.

Me gusta que los abrazos sean más fáciles y las caras amables más contagiosas.
Me gusta que se pausen los pesares y se haga un esfuerzo por doblar alegrías.
Me gusta celebrar a los que vuelven a casa por Navidad.

Este año no necesito adviento, la Navidad empezó en Londres el 30 de noviembre, con sus luces, sus reencuentros sus comilonas; y me la traje de vuelta en el avión para no soltarla hasta que se la lleven los reyes de Oriente (hasta el año que viene).

Somerset House - London, Nov'13

El compte enrere, sempre que pel camí es segueixi endavant.

Tinc, per bona o mala costum, escriure en el blog en castellà. Els motius són diferents: em sento còmoda, és una llengua que m'encanta, alguns amics i familiars no entenen el català (i no tenen per què, igual que no sé l'holandès o el japonès o qualsevol altra llengua que no siguin les meves nadives i l'anglès), i quan he parlat d'algun tema conflictiu m'ha semblat important que un castellanoparlant entengués les coses amb facilitat. 

Tinc 26 anys i, si fa o no fa, sóc independentista. Dic si fa o no fa perquè ja m'agradaria que en aquest Estat de merda poguéssim conviure sense perdre el nostre bé més preat: la cultura pròpia. Però s'ha demostrat que no pot ser, que els de l'Estat gran no están por la labor. De fet, no estan per feina per res; però, sense desviar-me del tema, han deixat més que demostrat que no estan per feina a l'hora de defensar una llengua que no sigui la castellana, unes tradicions que no siguin les seves i unes voluntats que no vinguin marcades en aquesta Constitució que ens regeix i que s'ha quedat anquilosada en uns temps que no són els que corren. Els que manen a l'Estat Espanyol, crisol de culturas, mai han treballat ni treballaran perquè es visqui en un entorn de tolerància i de respecte de les diverses identitats que formem part del mateix. I ja no parlo de la pela, perquè d'economia no entenc, però em sembla que les xifres parlen soles; parlo de cultura, que al final és el que ens ha fet més mal a tots: que ens vulguin castellanitzar, que ningú s'inmuti, que ens toquin la llengua que tan soferta persisteix malgrat les mil i una prohibicions, que venguin la Història explicada des de l'altra banda, i una llarga llista. No, ha quedat demostrat que el Federalisme (i menys un que funcionés), no és possible. I em sap molt greu, perquè ja em meravello cada cop que estic a l'Alhambra, visito Toledo, torno a Madrid, recordo el Camino de Santiago o fem una escapada a qualsevol indret de la península (la darrera va estar al País Basc, però abans havia estat València); em sap greu perquè he conegut a gent excepcional a tots aquests indrets, perquè part de la meva família és andalusa i algunes de les meves grans amistats, madrilenyes. Però, senyors, si no és possible la convivència, no hi vull ser. Sóc independentista perquè no em reconec en la seva identitat i perquè crec fermament que aquest petit país nostre pot tenir un projecte de creixement per si mateix que no pot tenir formant part de l'Estat Espanyol. 

Però no ens equivoquem. 

Avui ha sortit el senyor Mas i ha dit "Catalans i catalanes, tenim data per la consulta" (i els de l'ABC han dit, "Los muy cabrones nos van a joder la Almudena, ¡ADREDE! -sincerament, vaig viure dos anys a Madrid i des dels 15 mai he perdut el vincle amb la ciutat i sóc incapaç de recordar quan és la festa autonòmica d'allà... ¡EN FIN!). Aleshores molts catalans i catalanes han dit.... "Serem lliiiiuuuureeeeeesssss!!!!" i el país anirà millor només perquè el poble -que encara s'ha de veure- haurà clamat un cant de germanor i llibertat. 
Doncs no. 

Si el procés independentista segueix el seu curs, tal i com va ara per ara, passarà una cosa que mai m'hagués imaginat: Catalunya serà independent de la mà de la dreta. Perquè, senyors, en aquest país qui mana és CiU, i per molt que, com a matrimoni que sobreviu al pas del temps com pot, ara estiguin passant una crisi, els senyors d'Unió, que són una gent molt rància, segueixen allà: manant, vivint al Palace i menyspreant tota una població que lluita cada dia per seguir endavant. Arribarem a la Independència de la mà d'una colla de corruptes, d'una gent que prioritza els interessos propis de les classes benestatns que els drets socials, d'una gent que han estat els primers en retallar Sanitat i Educació, que donen la cara per les males actuacions dels Mossos i no els sancionen, que s'han apuntat malament i tard a la voluntat del poble català, tan sols amb interessos electorals i amb la visió de que l'Estat deixi de fotre mà a la nostra caixa per poder fotre'n més ells. 

No ens hem d'equivocar. El 9 de novembre del 2014, quan votem sí, sí; no estarem votant per la nostra llibertat, tan sols estarem intentant evitar una pena de mort. 

La Independència no serà la nostra panacea, i més ens val recordar-ho. Perquè avui, i al 2014, aquest país seguirà tenint uns dèficits socials escandalosos, seguirà encaminant a la seva societat a la pobresa, i seguirà oferint una educació de pitjor qualitat, en català, sí, però sense recursos. Seguiran carregant-se un dels millors sistemes sanitaris mundials i seguiran eixamplant la diferència entre ciutadans de primers i segona. 

Com diu el meu germà, "Encert i sort companys!", per recordar que, abans i després del 9 de novembre de 2014, s'ha de seguir construint un país que els nostres governants estan deixant en runes i que la Independència, més lluny que a prop de ser la redempció absoluta, serà un camí difícil, que tan sols valdrà la pena, si de la mà canvien moltes altres coses en el nostre govern. Començant per la gent que ens mana. 



pd. Durant molts anys he escoltat com em deien "facha" o em preguntaven si votava al PP. Bé, sempre he votat a ERC. I per si no queda clar, un intolerant català em sembla igual de qüestionable que un intolerant de qualsevol altra banda del món. I sí, Madrid segueix sent  una de les meves ciutats predilectes; també ho és Londres i això no em fa ser un britànica conservadora que odia als escocesos.