Desenpolvo entrañas revueltas y el tiempo devuelve mariposas disecadas, sin padecimientos, sin tiempos mejores ni peores, con distancias salvadas y curas resueltas. Al final va a ser verdad que el tiempo todo lo sana, o quizás sólo insensibiliza, qué más da si la pesadumbre se vuelve ligera, se vuelve pluma. Entre el revuelto, de entrañas, digo, de hacer de tripas corazón, palabras y silencios, fogatas previas a la penumbra, rescoldos que mantienen la lumbre de instantáneas fugaces, de sonrisas congeladas. Entre los rescoldos, verte de nuevo, vernos con simpatía, y mirar de frente lo que irradiaba cuando estabas cerca, puedo sentir aletear a las mariposas, lejanas a su taxidérmico final, puedo escuchar tu risa y sentir, ahora apaciguadamente, el tamborileo de la vida en mis muñecas. Con tu risa corriendo por mis venas se avivan los rescoldos y recuerdo por qué me gustaba tenerte cerca, qué tenía de bueno que merodeases de aquí para allá como una peonza perdida en el camino equivocado; qué suerte, la mía, ser una de las tantas sendas erradas, ser peonza tambaleante y pasar de refilón por tus pasos. Ahora los descosidos, las roturas, los mil pedazos, no parecen más que tristes remiendos de calcetín, cicatrices invisibles con los puntos al revés, por dentro. Qué importan los arañazos una vez curados, cuando ya no escuecen ni tiran de la piel, cuando te me apareces en ellos como un recordatorio de felicidades anteriores. Sin duda alguna, lo mejor de todo lo que vivimos, de todo lo que dejaste, es que no se conjuga en presente. En presente conjugo, cuando desempolvo tripas, la añoranza, la nostalgia, y mato la necesidad y la tristeza. Qué maravilla tenerte a mano siempre que lo preciso.
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