Eva se mira las manos con cara de espasmo, ¿por qué este marrón no se va? ¿qué es eso rojo que sale de unas grietas que se le han hecho en las carnes? ¿por qué no para de arar el suelo con sus manos desde que dios la echó con una patada en el culo del edén? No brilla su pelo ni resplandecen sus senos desnudos, será por eso que Adán no la mira desde entonces.
Eva se ha quedado en los huesos, y sólo lleva una semana al otro lado de las puertas del paraíso, la piel se le ha curtido, áspera y quemada por el sol, manchada de tierra, amoratada por los porrazos y peso cargado. Qué lustrosa, sin embargo, la piel de Adán, rosada como la de un querubín, con la panza redonda, con las uñas enteras, durmiendo y mandando debajo de una higuera.
Siete días fuera del jardín de las delicias.
A Eva se le rompió el corazón el primer día, cuando sin entender, Adán la abofeteó y le dijo que era la puerca más inmensa de la tierra, que ya se podía poner a remover el barro para comer, como hacían las puercas en el paraíso, que desde entonces vivían mejor que ellos. Ella, que sólo quiso lo que les pertenecía en derecho propio, el saber para poder hablar durante el día, para hacer algo más que retozar, para poder estar a la altura de dios cuando quisiera charlar con ellos, pobres de alma, que no sabían más que fornicar, ella que sólo quería charlar con dios; pero pasó que dios sólo quería ser escuchado.
Con el corazón roto amaneció el segundo día, y descubrió que debía cavar la tierra con sus propias manos, y estuvo arando de sol a sol, con los dedos dormidos, con los dedos doloridos, con los dedos insensibles, y Adán le gritó que él, su señor, vería complacido cómo cumplía su castigo semejante bastarda de dios.
El tercer día Eva amaneció empapada en sudor y cubierta de tierra; hambrienta todavía, pues la tierra no había germinado, se acercó a la higuera de Adán quien le prohibió acercase a su higuera, pues ella no debía abusar de lo que no era suyo ni intentar alcanzar lo que le pertenecía a él por derecho, a Eva le dolía y le ardía el corazón a partes iguales.
El cuarto día Eva decidió adentrarse en los árboles, quizás dios hubiese sido compasivo y en los adentros habría una higuera también para ella, pero no fue el caso. Lo que sí encontró fue un riachuelo con una fuente de agua transparente y fresca naciendo de las rocas. Eva se sumergió en las aguas y volvió al campo que se había convertido en su hogar. Sintiéndose de nuevo limpia, con el corazón refrescado y la sed saciada recordó los retozos de su breve estancia paradisíaca y ardió en deseos de revolcarse por los suelos con Adán, pero cuando llegó a la higuera éste estaba tan harto de comer que apenas se podía mover y la acusó de lasciva y embaucadora, de perdición hecha de carne.
El quinto día, todavía humillada, Eva llevó a Adán al río y le limpió, ya sin ardor en el cuerpo, sin atreverse a mirar a Adán a la cara, pero él, al verla desnuda en el río, se consumió en sus ardores y aprovechó la mirada gacha de Eva para llevar su cabeza, la de ella, hasta su sexo, el de él, y Eva accedió avergonzada por sus ardores ya abatidos, sintiéndose deudora de lo que ella ansió ayer. Adán, sin piedad, la sometió a su voluntad y se conviertió en dueño y señor del cuerpo desgastado de Eva.
El sexto día, por fin, puedo Eva recoger los primeros frutos de su siembra. Con mucho más esfuerzo que en el arar consiguió, seis días después, el fruto con que la tierra ha premiado su perseverancia y su trabajo, y mientras recogía el último fruto y creía saborear ya lo que había sembrado, sin haberlo aún probado, vio que Adán, desde su higuera, tenía la mirada colérica. Entonces, Adán levantó la voz y dijo: 'Eva, ése es el fruto de una tierra que no es tuya, pues todo fue creado para mí y tú no eres más que una costilla que debe complacerme, así que todo fruto recogido será mío y sólo bajo mi voluntad catarás el fruto de mis campos.' Entonces Eva notó que el corazón le quemaba de forma distinta.
Y el séptimo día,
Eva odió a Adán.
También se cagó en dios, por los siglos de los siglos. Amén.
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