La semana pasada mi madre me mandó un guasap en el que decía 'hoy peli ñoña de San Valentín per tv3' y me eché a temblar. Cuando llegué a casa no sólo resultó que ya había visto la película, si no que la había visto en el cine; y no, no era ninguna de la saga 'Crepúsculo'. Somos así, crecemos viendo historias de amores imposibles (de pequeña recuerdo una adicción importante a 'Mujercitas' y 'Pretty woman', y ya no hablamos de las princesas Disney), en al adolescencia echamos lágrimas viéndolas y después ahí seguimos: delante de una pantalla, viendo finales felices ajenos a la realidad y, mucho más, a la propia.
Sin embargo, llega el 14 de febrero, día de los corazones, de escaparates rosas y rojos, de palabras tiernas y absurdas por naturaleza, y el mundo se divide en dos: los que están súper enamorados,se dicen te quieros y se hacen promesas eternas, y los detractores feroces de este día con sus excusas varias: capitalismo, hipocresía, es que el amor se demuestra todos los días.
Yo soy de las detractoras. De las que aborrecen las palabras excesivamente dulces, el algodón de azúcar cubierto con sirope en la mirada y todas esas cosas. Si mi padre escribe cosas muy cursis, mi madre guarda la postal y, las cosas como son, nos alegra el día preguntándonos cómo puede escribir cosas así; se lo decimos, no somos tan arpías, lo mejor es que nos quiere igual. Ni os cuento las risas que nos echamos Irene y yo con el mítico 'una rosa...', capaz de reparar hasta el más nefasto de los días, reímos tanto que casi rondamos la crueldad -casi, porque lo de ser cueles no va con nosotras-. Siempre me ha costado horrores entender la necesidad constante de buscar pareja, los rituales discotequeros de rollo de una noche y, lo peor, el mañana en que la amiga a la que acompañas está con la angustiosa incertidumbre de si podría haber sido el hombre de su vida y no sabe ni su nombre (angustiosa para ti, que aguantas pacientemente el chaparrón de amor repentino), pero también sé que, habiendo querido ser soltera desde que tengo algo de memoria -de pequeña tenía las ideas muy claras-, me metí de lleno en una relación de casi cuatro años, porque estas cosas pasan y, nos pese más o menos, al final todos tenemos sentimientos y necesidades, así que voy a darle el beneficio de la duda al día de hoy.
Siempre hay a quien querer, una persona por la que saldrías catapultado, un alguien que te hace ser mejor y otro que siempre está dispuesto a aguantarte lo peor. A partir de aquí podría empezar un discurso sobre el amor propio, una cosa muy mía, pero ya sale a relucir en la mayoría de mis posts, así que lo voy a dejar en el aire y si alguien necesita un recordatorio sobre el tema, encantada me pongo a dar discursos. Hoy me he puesto el jersey bonito, la falda corta, las bailarinas con la punta metálica, me he planchado el pelo y he salido maquillada de casa (algo poco habitual, ya que debido a mi anterior mencionada impuntualidad, acabo dándome la chapa y pintura en el bus o el tren), y hoy no ha sido por ni para mí. He salido de casa y he ido a mi cita anual con el amor de mi vida, mi abuela. Ella, con su incondicionalidad absoluta, no le ha dado importancia a que una mañana se haya reducido a media hora (aunque sí que se ha quejado, sigue siendo la Antonia por mucho amor que tenga que dar), y a falta de poder comer juntas, tenía la comida lista para llevármela y mi pastelito de San Valentín, con su forma de corazón y su cupido, porque ella tiene claro que nadie me puede querer más que ella. A cambio, la he dejado babear durante 20 minutos con las fotos más recientes de mi hermano, con un 'qué guapo está' cada treinta segundos, y eso sí que es amor del bueno. Como también lo es empezar el día haciendo cortas las distancias largas con un de tus mejores amigas, el sabernos la una al lado de la otra, tiempo y km a parte. O lo mucho que he echado de menos a Gemma, hoy ,más que otros días, porque sé que estaría dispuesta a cenar a horas intempestivas por cenar conmigo, porque eso hemos hecho desde pequeñas, estar en los momentos malísimos, en los peores, y también en los más tontos. Es amor del bueno el que ha estado derrochando mi hermano todo el fin de semana, y no hablo de su habitual 'cariño', que ya sabemos que sí, hablo del placer de haberle visto disfrutar como un enano con Júlia, nuestra enana de verdad. Y del mejor de los amores, son unos padres que ya ni se plantean echarte de casa, que te esperan para cenar juntos cada noche, aunque llegues cada día a las once. Hay, quien, además, o en lugar, o desgraciadamente para ellos porque se han olvidado de todos estos amores, sólo tienen un compañero o compañera en este tramo del camino.
Todos tenemos amores que nos dan la vida, y de vez en cuando nos la quitan, de los que presumimos siempre que podemos y nos ensanchan el corazón hasta que no nos cabe en el pecho. ¿Qué tiene de malo mandar corazones de vez en cuando? Sí, hoy es un día muy rosa, muy pasteloso, demasiado empalagoso y, personalmente, prefiero el libro y la rosa de Sant Jordi, pero en lugar de rencores desapasionados a lo que, al final, no es más que lo que se quiere tener y no se tiene, podemos mostrar pasiones desatadas por aquellos, casi siempre mejor pocos y buenos que muchos, a los que queremos con locura y nos la devuelven. Al final, y también al principio, el corazón es lo que hace que la vida corra por las venas.

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