Soy de esas que se plantan delante de la tele o del internet para ver eventos como el de esta noche por la alfombra roja: ver, criticar, admirar u odiar. Vestidos, maquillajes, joyas o peinados. Envidiar o detraer. Todos los eventos de este tipo, decía, menos los Goya. Para los Goya no me limito a las galerías de fotos o a rastrear revistas en busca de los mejores o los peores modelazos de la noche, entre otras cosas porque, hasta hace poco, hubiese sido un despropósito; para los Goya, siempre que puedo, me planto delante de la tele y me como la gala entera.
No es que sea una cinéfila emperdernida, no soy ni cinéfila a secas, pero con el cine español suelo tener un algo diferente. Tampoco voy al cine tanto como debiera, mal por mí que me da pereza ir al cine si no lo tengo cerca, pero sí que durante mucho tiempo fui adicta a Versión Española y eso lo trajino conmigo: la primera escena tórrida que recuerdo en una película fue con Jamón, jamón, Pe y Bardem, que entonces no eran Pe ni Bardem con mayúsculas en el mundo del cine, en una mesa de billar de un barucho de carretera; aunque no sé si hoy por hoy la afirmación sigue vigente, pero la que durante más tiempo proclamé como mi película favorita es española, La lengua de las mariposas, con Tesis me convertí en amante de Amenábar y de Eduardo Noriega recién llegada a la adolescencia, he adorado y odiado a Almodóvar y soy pro-Penélope, las últimas películas con las que he llorado son La voz dormida (a mares y océanos) y Herois, Primos nos dejó el mítico momento "Irene, baja, haznos una paja", y un largo etcétera. Si tengo que especificar con los Goya, lo tengo clarísimo, fue la edición del 2003 la que me marcó. No creo que fuese la primera vez que los seguía, pero sí recuerdo que ese año me marcaron, entre otras cosas, porque en el colegio (estaba en 4º de ESO) daba un crédito variable de cine (donde, creo, aprendí lo poco que sé del asunto), y, sobretodo, porque tenía 15 años, unos valores muy firmes, unas convicciones revolucionarias, y estaba viendo como el trío de las Azores se plantaba en Irak para llevar a cabo una guerra absurda a la que la población se oponía la población mundial. Fue un año de discursos pacifistas, de manifestaciones masivas, de una población cansada, primero por la mala gestión del desastre del Prestige, después por la falta de respeto y reconocimiento que el, por entonces presidente del gobierno estatal, sujeto Aznar (no me atrevo a llamarle persona, mucho menos señor) demostró tener al ciudadano de a pie. Resumiendo, estábamos cabreados. Entonces, llegaron los Goya y esa gente del mundo del espectáculo, que parece que tengan que vivir en otro universo, se cargaron su responsabilidad social a cuestas y cumplieron con su deber cultural, se pronunciaron alto y claro, y se pronunciaron ante representantes institucionales sin tapujos ni reservas, sin miedo a puertas cerradas. A mí me emocionó muchísimo, porque tenía 15 años, porque creía en el cambio, porque veía que había un más allá del ser acomodaticio y, así, empezó mi historia de amor con los Goya.
La verdad es que, después de ésa, pocas galas me han vuelto a marcar. Recuerdo con cariño el reconocimiento de Pa negre en el 2011 y con muchísima alegría la actuación de Luis Tosar, Paco León, Asier Etxeandía, Hugo Silva, Fernando Guillén Cuervo, Laura Pamplona e Inma Cuesta, para presentar el Goya a la Mejor Canción Original. Si os lo perdisteis, ahí va, no tiene desperdicio alguno:
El caso es que este año le tenía ganas a la gala. Unas ganas un poco repentinas, porque entre hospitales, viajes y horarios raros, vivo un poco alejada de la actualidad televisiva, pero unas ganas genuinas. Primero porque sabía que la red carpet de este año no iba a fallar, segundo porque el humor de Eva Hache me gusta mucho y tercero, pero no menos importante, porque quería ver cómo y sobre qué se pronunciaban las personalidades en la gala. Para algunos, que esta agente del star system español, si es que existe tal cosa, se pronuncie sobre temas sociales no será más que un acto de hipocresía de quien puede vivir bien y lo hace, y seguro que la red ya está repleta de comentarios de reproche: bien, si 3 horas después del cierre de los Goya 2013 puedes estar conectado a la red criticando libremente, tú también puedes vivir bien, no lo olvides, porque quizás entonces tengas menos conciencia de la que crees que tienes. Dicho esto, proseguimos. Un muy bien por Eva Hache, que es ella y no se calla, que dice las cosas con esa sonrisa que clava puñales y después los retuerce, se debe haber dejado pocas cosas en el tintero a lo largo de la noche y no ha perdido ni una pizca de picardía; si me pongo frívola y hablo de los modelitos, también le digo muy bien, todos en su estilo y ninguno fuera de lugar, muy fan de la falda negra y la camisa blanca durante la actuación para Concha Velasco por su Goya de Honor y del vestido verde y negro. Sin duda, el discurso más contundente ha sido el de Candela Peña, que ha compensado un llamémosle-vestido-por-llamarle-algo de David Delfín con un maquillaje y peluquería favorecedores y, ante todo, con palabras realistas.
También contenta con José Corbacho que, al lado de una recatada Goya Toledo siempre con miedo a decir una palabra fuera de lugar, ha sido él mismo y ha sido de agradecer. Hay que decir que, por ser Corbacho, hasta él ha llegado a la nota del vestuario de la gala, la americana de terciopelo azul marino de hoy no ha sido nada comparada con modelos de anteriores ediciones, especialmente como presentador. Maribel Verdú, con su Goya a la Mejor Actriz Protagonista, también ha tintado de social el final de su discurso, y estaba, quizás no despampanante y espectacular, pero sí preciosa, con un Dior tobillero, las joyas de Bulgari me han entusiasmado, y el pelo y el maquillaje acertados de pleno. En fin, es la Verdú, no hay más que decir. El discurso institucional quizás no contundente pero sí implicado, bien escrito y lleno de realidades más o menos dolorosas. Javier Bardem, obviamente, ha puesto la nota más comprometida, y es que no era para menos teniendo en cuenta que esta vez no recogía el Goya como actor si no como productor de la Mejor Película Documental, así que él y su equipo se han pronunciado a favor de la causa saharaui (no es para menos), aunque quizás él con más fuerza; lo que me parece enternecedor es ver como, por mucho que sea la enésima vez que Bardem sube a recoger un Goya o al escenario ni que sea, Pilar Bardem se sigue emocionando y se le sigue cayendo la baba viendo a su retoño, esta vez, además, hinchada como un pavo por ser el fruto de una causa reivindicativa (ya sabéis, Pilar Bardem, esa mujer). También humanitario, Juan Antonio Bayona, quien además ha sido entusiasta, claro y muy emotivo en su rotundidad. Por último, algo que ha repetido su equipo durante toda la gala y que hemos podido comprobar: la sonrisa imperturbable y serena de Pablo Berger, un plus en los tiempos que corren. No sé si olvido algo. La presencia de Wert preferiría obviarla ya que estaba allí por motivos puramente formales, le han resbalado las críticas de la gala igual que el resto de críticas, y su cara sigue siendo un elemento desagradable con el entorno.
Si nos ponemos con los trajes de largo, que han sido casi todos, voy a empezar por aplaudir la pata de Blanca Suárez, mucho más estética que la de la Jolie y con una pose que ya querrían muchas de las imitadoras hollywoodienses del momento raja. Paula Echevarría muy bien, pero siendo ella, nadie esperaba menos, conoce las reglas del juego y sabe como usarlas. Me he quedado prendada del Gucci amarillo de Manuela Velasco (coprotagonista del momento Goya de Honor de Concha Velasco, su tía), diferente, sencillo y, sobretodo, muy bien defendido. Macarena Gracia ha refrescado el panorama, no sólo con una cara nueva, también con un vitaminado Dior muy bien llevado. Marisa Paredes rezumando elegancia, como siempre. ¡Atención! Aitana Sánchez-Gijón y Ángela Molina, dos veteranas de la industria, la otra más que la una, enfundadas en un Lorenzo Caprile casi calcado, espectacular en ambas, y firmo para llegar a los casi 58 con el cuerpo de Ángela Molina. Hablando de Lorenzo Caprile, me ha gustado mucho el modelo de conchas y brilli de Inma Cuesta, y me va a dar igual que lea lo contrario por ahí. Lo que sí que no he entendido es lo de Goya Toledo: no entiendo por qué esa mujer sigue entregando premios, no he entendido por qué se ha puesto un Elie Saab fantabuloso pero con un escote que, no es que no haya sabido, es que no puede defender, con unas joyas que no van para nada con el vestido y, ¡lo peor! ¡¡¡¡Esos pelos!!!! Mucha mecha californiana, muy querer ir divain pero, mujer, ¿no tienes ni un espejo ni un peine en tu casa? Unas horquillas, al menos, para hacerte un recogido desenfadado y al menos no hacer TANTO estropicio. Hablando de pelos, a Belén Rueda le sobraba la diadema, que ya no tiene edad. Las que se han echado años encima han sido Clara Lago y María Valverde; lo de Clara Lago es un clásico, pero lo de María Valverde me ha dejado descolocada, en serio, totalmente dislocada.
Eso sí, para outfit, percha, y lo que haga falta... A Quim Guitérrez no le ha fallado ni la pose. Ya me perdonarán MAS y compañía, incluso Mario Casas que te abría el apetito con esa barba, pero esta noche Quim, se lleva el ¡me lo tiro! de la noche. Sabíamos que, en el fondo, Berto Romero es un sabio.
A estas horas de la madrugada (casi las cinco ya, si es que se me va el santo al cielo), cambio mi jersey de Bambi, que éste sí que es un modelazo digno de alfombra roja, por el pijama y me voy a dormir, que en breve me tendré que levantar para quemar la cena hipercalórica y totalmente alejada del healthy way of life al que me he acostumbrado últimamente, a sabiendas de que no tengo que sufrir por meterme en tan primorosos vestidos de noche.
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