dimarts, 26 de setembre del 2017

¿Por qué escribo?

Últimamente, por razones que no entiendo, he tenido que escuchar más veces de las que me gustaría una pregunta que odio: ¿Por qué no te dedicas a escribir? O cualquiera de sus fórmulas. 

No es falsa modestia, agradezco el halago, pero odio la pregunta. 

Primero, no entiendo qué quiere decir. ¿Qué es lo que tendría que escribir? ¿Qué formato? ¿En serio alguien pretende que pueda vivir de un blog? ¿O creen que sería capaz de sacar adelante un formato mayor, en serio? (La respuesta a la úlitma pregunta es clara y contundente: NO.).

Alguien que, creo, me quiere lo suficiente tiene una catastrófica teoría sobre el tema: algún día publicaré algo, y será algo infumable por no haberme puesto antes a ello. Creo que más o menos es así, cuando me habla de estas cosas a ratos dejo de escucharle. Después de escuchar cómo me sermonea por enésima vez, he desarrollado otra teoría en la que jamás intentaré publicar porque nada de lo que pueda escribir estará a la altura de su criterio.

Os voy a contar por qué escribo (y por qué sólo lo hago en el blog).

Hay dos cosas que no se me dieron especialmente bien: la gente y los sentimientos.

Cuando no eres muy ducha ni en el arte de socializar ni en el de expresar lo que te ocurre de sienes para dentro, escribir es un buen ejercicio para no estallar en ti misma.

No siempre he escrito cómo lo hago ahora. Cuando era adolescente podía escribir relatos empalagosos que siempre gustaban y que, hoy por hoy, no sería capaz ni de poner la primera mayúscula. No siempre he escrito lo que me ocurre o lo que siento con la misma "facilidad"; estoy convencida que hace unos años me hubiese sido imposible escribir sobre mi abuela como lo hago (que además es muy a menudo, porque la echo tanto de menos que a ratos pienso que no estaría de más escribirle a diario), aunque sí es verdad que siempre he tenido cierta facildiad para escribir sobre/para/a mis amigas (a pesar de usar a menudo ese tono de libro de autoayuda del que no consigo desprenderme). De política, en cambio, he escrito siempre; no sé de dónde saco esta necesidad de escribir sobre cosas que siempre me meten en algún berenjenal y de las que opino con demasiada ligereza (a veces), será lo poco que me queda de la niña revolucionaria que fui.

El caso es que escribir va bien para exorcizar demonios, afrontar complejos e intentar descifrar el caos en el que uno intenta crear su propia vida. Es un ejercicio práctico para los momentos de crisis, en los que es imprescindible encontrar algún medio a través del cual intentar salir de las arenas movedizas; o para los momentos de sosiego, en los que es más que recomendable plasmar qué sentimos para cuando nos falte, o qué nos ha ayudado a lograrlo. Es un ejercicio espléndido para (intentar) encontrarse a uno mismo y para ejercitar el amor propio.

Por eso uso el blog como herramienta. Porque, a veces, me leéis, y en estas veces que me leéis, a veces, alguien se ve reflejado en lo que escribo, o se siente amparado en ello, o se da cuenta que no es el único que siente o le pasan ciertas coas, o quizás os echáis unas risas, a saber. Por eso publico así, a pequeña escala y para gente que me conoce. Por eso no aplico técnicas de branding y comparto los post justo cuando los termino, normalmente a horas intempestivas, en lugar de compartir a horas puntas para que llegue a más gente. Por eso tengo tan (taaaaaaaaaan) poca regularidad a la hora de publicar, tanto en éste como en el otro blog, y eso que pretendía ser un proyecto más serio.

Así que, señoras, señores, familiares, amigos, esto es lo que hay.

No me dedico a escribir porque no tengo ínfulas de escritora, porque gente que escribe bien (no como yo, si no mucho mejor) te sale de debajo de las piedras.

Y al final, ¿no es más bonito así, quedando todo en casa?

dilluns, 25 de setembre del 2017

A ti, que vuelves.

Has tenido que decir que a partir de este sábado ya podrías incordiar con tranquilidad (vale, lo de incordiar no lo has dicho, pero es lo que he asociado) para darme de bruces con la realidad: 

Volvéis. 

No me malinterpretes, no lo digo en tono negativo, pero hasta ahora siempre me parecía lejos, un poco el típico hasta que no estén aquí no me lo creo. Pero ahora sí, volvéis. 

Sin quererlo, he recordado un post que escribí los primeros reyes que pasaste fuera de casa. Te eché tanto de menos. Y eso que no sabía cuánto más te iba a echar de menos unos años más tarde, cuánto más iban a doler otros reyes desde la butaca de un hospital y, además, sin ti. Tú, que siempre has sido mi súper héroe. 

Ahora vuelves, seis años y un mes más tarde de instalaros en una residencia de la Queen Mary University of London. Cinco años y un mes más tarde de la primera vez que fui a veros y tres meses más tarde de mi última visita. 

En estos tres meses ha dado tiempo para que Teo crezca en la barriguita de Irene, para que os pongan suelo nuevo en el piso y para que aquí nos puedan las ganas de teneros a mano. 

No sé si habréis hecho valoración de estos seis años que habéis pasado a tres horas de avión, supongo que esto llega con el tiempo y la distancia, con el saberos lejos de la ciudad que os ha visto crecer. Porque desde aquí es lo que hemos visto: seis años de crecer como pareja, de apoyaros incondicionalmente y de aprender a quereros mejor; seis años en los que habéis luchado, no sólo por vosotros, si no porque el otro desarrolle lo mejor de sí mismo; seis años en que, prácticamente, sólo os habéis tenido el uno al otro y habéis aprendido a haceros más fuerte el uno en el otro. A lo mejor me equivoco, pero no es sólo lo que hemos visto desde este lado de Skype (vale, aunque yo no haga), también es lo que transmitís cuando os vemos juntos. 

Sé que estos seis años me han enseñado a quereros mucho más. Sí, a los dos. 

Pero a ti, a ti que ya llevabas veinticuatro años aguantándome cuando te fuiste... a ti no sólo te quiero más y mejor, si no que he aprendido a necesitarte y a buscarte cuando te necesito. De la manera que sea. He aprendido que, por muy mal que nos podamos llevar a ratos, la vida siempre la prefiero contigo al lado. He aprendido que tus  lágrimas me queman más que las mías y que, estando lejos, me podrá más la preocupación por ti que lo que me pueda pasar a por la cabeza. Me he reafirmado en lo poco que te gustan este tipo de declaraciones públicas de afecto (menos si son de Irene, que el cariño todo lo puede), pero que poco a poco las toleras mejor.

En ese post de enero de 2012, hablabla de lo mucho que me iban a costar esas "primeras veces sin el Jaume", en este post de septiembre de 2017 sólo puedo pensar en esa vida de primeras veces que está por llegar. No es sólo teneros en casa de nuevo, es el placer de veros volver convertidos en vuestra propia familia.

A ti, que vuelves, sabemos que no todo ha salido como te hubiese gustado, que estos seis años no han sido un camino de rosas, que muchas veces hubieses querido estar aquí para ayudar y te ha dolido la impotencia (y tienes que saber que en esos momentos nunca te hemos sentido lejos), pero también sabemos que, en lo más importante, os habéis venido arriba, que volvéis siendo (todavía) mejores de lo que os fuisteis. Y que, efectivamente, sigues siendo mi súper héroe favorito, quien sé que todo lo puede. 

diumenge, 17 de setembre del 2017

Des de sempre i per sempre. Que mai s'esgoti la felicitat.

Podria haver escrit gran part d'aquestes paraules per felicitar-te els trenta (per exemple), però resulta que l'any que hem canviat de desena teníem una celebració molt més important entre les mans. 

Han estat dies plens de nervis, d'estrès, fins i tot de disgustos, però també han estat dies plens d'anècdotes, de retrobaments, d'apropaments de mons oposats, i de que els que t'estimem haguem tingut la gran sort de tenir-te a prop. 

Em quedo amb tot el viscut al teu costat. Sempre. 

Inevitablement, seguiré plorant els nostres adéus, així que fes que valguin la pena. 

"En dies especials, com el d’avui, és inevitable mirar enrere i fer repàs del viscut. La família pensarà en tots els somnis que van depositar quan vau arribar a les seves vides i com el temps us ha anat fent com sou. Els que han arribat més tard pensaran com i quan va començar l’amistat que avui els fa estar aquí. Tots, inevitablement, pensarem en tot allò que ens resta per viure plegats. 
A mi m’és igual allà on mirar, no puc imaginar-me la vida sense tu.  
No són trenta anys juntes, però en són pocs menys. Són els anys de tenir a la Glòria de profe, de barallar-nos a tercer de primària, d’anar de colònies a la Masella i tenir clar que dormiríem sempre juntes, malgrat hagués de veure els Teletubbies tota la setmana; estic parlant de quan érem les més altes de la classe, imagina’t!! Són els anys de la ESO, en què ens vam separar per primera vegada però mai mai mai vam deixar de ser amigues, de tant en tant trucàvem al fix de casa, un dels pocs telèfons que sóc incapaç d’oblidar, i anava a jugar a casa teva, o fèiem un passeig de tarda per festa major i ens sentíem una mica més grans del que érem; aleshores ja ens anàvem fent cadascuna a la nostra manera, a estones tan iguals i a estones tan la nit i el dia, però sempre complementàries. Són els anys de Batxillerat, quan vam tornar a fer vida plegades més hores de les que podíem, i això que ni tan sols anàvem a la mateixa classe, però no ens calia; teníem prou amb les hores del pati, amb alguna estona entre classe i classe, amb els viatges al migdia amb l’avi i la seva música, que es van convertir en un dels millor records que tenim plegades, teníem prou amb les hores que robàvem al cap de setmana per fer les coses més senzilles i absurdes del món juntes; des d’anar al cine, fins a fer karaokes, per no oblidar el número ingent de fotos que ens podíem fer en una tarda, les estones jugant al Buzz, al Singstar o bebent cacaolat amb licor 43, érem unes rebeldes sin causa, què hi hem de fer, estem parlant de quan t’agradava l’Àlex Ubago i fèiem cua sota la pluja per veure’l en concert. Són els dies a Port Aventura, els primers viatges juntes, aquell cap de setmana a Blanes, tan memorable per coses que ara no vénen al cas, però que es tradueixen en riures i complicitat; els viatges a Astúries, fer de Gijón el nostre refugi, les amanides Isabel de llauna, el fuet solitari i les pastanagues crúes. Són els dos anys que vaig estar fora i que van servir per constatar que sempre ens necessitaríem l’una al costat de l’altra, que m’estimaries igual malgrat et maquillés com si ho hagués fet amb l’escopeta de Hommer Simpson per sortir de festa. Aquells van ser dies difícils i sempre he pensat que, potser, si ens haguéssim tignut més a mà, haguessin estat més fàcils. Aleshores vaig descobrir que se’m podia trencar el cor si et feien mal a tu i hagués dessitjat amb totes les meves forces poder deixar-te els meus ulls perquè t’estimessis tant com jo ho feia. Per sort, les coses dolentes es van quedar enrere, com van fer-ho els quilòmetres que ens separaven. Van arribar les hores perdudes a La Maquinista o Diagonal Mar, els vestidos toalla, els dijous de peli i telepizza, i a mida que anàvem perdent temps entre vestidors i Starbucks ens anàvem trobant a nosaltres mateixes.  
I va arribar el moment, vas prendre la decisió de la teva vida, la més arriscada, la més valenta i la més important: vas fer les maletes i vas marxar on et va portar el cor i el sentit comú. Va ser la primera vegada que vaig plorar en un comiat, i no va ser la última, però sempre ha sigut després de dir-te adéu.  
Va ser un salt al buit i, tot i el risc de caure, vas aprendre a volar. Et vas convertir en la teva primera prioritat, vas apostar per la teva felicitat, per trobar el teu racó al món i des d’aquí no hem pogut fer més que contemplar-ho admirats.  
A partir d’ara, en realitat des de ja fa un temps, ja no ets la única protagonista dels capítols que escrius. Vas saltar al buit, i vas trobar algú amb qui anar planejant fins arribar a terra, algú amb qui alçar les ales quan la realitat ensopeix, perquè l’amor sempre és revolucionari. No cal que siguin focs artificials, ni comèdies romàntiques de Holllywood. L’amor és revolucionari quan et fa mirar més enllà dels teus esquemes, quan t’obre la mirada i el cor, i fa que et sentis a casa només tenint uns braços a mà.  
Tan debò la vida us tingui reservats passatges preciosos per escriure plegats. Nosaltres esperarem el nostre torn per acompanyar-vos de tant en tant, començant per desitjar-vos que sempre us trobeu l’un als ulls de l’altre. Que la felicitat us acompanyi en aquest viatge llarg."

PD. Demano disculpes per començar a plorar gairebé abans, fins i tot, de començar a llegir. Per això i per tenir una mà constantment ocupada en eixugar-me el nas, culpo al fred i, sense cap mena de dubte, a l'emoció de veure't tan radiant.

dilluns, 28 de novembre del 2016

"Si Serrat fue mi primer amor en el mundo de la canción de autor, Ismael Serrano es el amor de mi vida"

"Me levanto temprano, moribundo, perezoso resucito... Bienvenido al mundo"

Así me levanté ayer, con la pereza de un sábado que acabó en domingo de madrugada; con los nervios de saber que ése no sería un domingo cualquiera. Ayer tenía una cita muy especial, un reencuentro de los que dejan huella.

Después de diez años, iba a encontrarme con Ismael desde la butaca de un teatro. Todavía estoy aturdida. 

Si Serrat fue mi primer amor en el mundo de la canción de autor, Ismael Serrano es el amor de mi vida; si tengo que estar enamorada de alguien durante toda mi vida, que sea de él. De sus letras, de su voz, de su directo, de sus ratos de monologuista, del deje de chulo madrileño. 

Como todas las historias de amor (al menos las más bellas), las cosas no siempre han sido fáciles. Después de achacar a todas sus canciones de amor la frustración de lo que pudo ser y nunca fue, poco a poco fui haciendo las paces con él. Eso pasó por tirar a la basura un póster firmado de su puño y letra (justo la última vez que le vi en un teatro hace diez años) y exorcizar los rostros que me mostraban sus letras. Pero ¿tenía otra opción? Hay gente que entra en tu vida para quedarse, a pesar del tiempo, de la distancia, de las historias de uno, y lo mismo pasa con los referentes. 

Ayer Ismael recordaba que en 2017 se celebraban 20 años desde que Atrapadon en azul vio la luz. Recuerdo perfectamente cuando empecé a escuchar a Ismael. Fue en el 2001 con una cinta equivocada en mi walkman en la que había una entrevista / directo de Ismael en Los 40 Principales (¡¡!!), al poco tiempo mi hermano me hablaba de una canción que me iba a encantar, era Papá cuéntame otra vez. Por esos entonces tenía la sensación de haber llegado tarde a Ismael, que ya contaba con tres discos de estudio en el mercado (Atrapados en azul, 1997; La memoria de los peces, 1998; Los paraísos desiertos, 2000 -y digo las fechas de memoria, así que si me cuelo no me lo tengáis en cuenta), sin embargo ayer me di cuenta de que Ismael llevaba quince años en mi vida, que son más de la mitad, y que esos cuatro primeros años los compensé a base de fanatismo durante muchos años. Con Ismael descubrí que se podían mandar canciones por Messenger (sí, la primera canción que me pasaron por Messenger, cuando un .mp3 resultaba un pesadísimo archivo que requería que no sonase el teléfono de casa durante un rato, fue una versión de Lucía de Serrat cantada por Ismael, y morí de amor); Ismael estuvo allí la primera vez que fui a Madrid, fue la grabación de su Principio de incertidumbre, en septiembre de 2003, la primera vez que iba a un concierto sin mi madre; a Ismael le debo un diez en el treball de recerca de bachillerato. Ismael fue la banda sonora de mi amor y de mi desamor; el eco de mi adolescencia, mi hermano, algunas personas que fueron muy importantes en mi vida, alguna que todavía lo es; son las canciones con las que he crecido y con las que crezco, con las que he dolido y las letras que más he amado, porque ser del 87 me da la ventaja de que Ismael siempre vaya unos pasos por delante de mí para escribir palabras que todavía no sé que necesitaré. 

Ayer fue un reencuentro bonito. 

Ismael nos regaló 200 minutos (que se dice rápido, calculen, tres horas y veinte minutos) de magia encima del escenario. Doscientos minutos de hacer repaso de lo andado, en su música y en mi vida, de cara de embelesamiento y de emoción empapando la mirada. 

Así que una vez hechas las paces sólo puedo decir, 

GRACIAS. 

Gracias por Aute y Silvio. 

Gracias por las canciones nuevas y las de siempre. 

Gracias por dejarnos acompañarte, incluso si cantamos mal. 

Gracias por la cercanía, por siempre hacernos partícipes. 

Gracias por el sentido del humor. 

Gracias por ser capaz de hacernos sortear el vértigo. 

Gracias por cantar para Leo -y todos los niños, incluso al que todos los adultos que estábamos allí llevamos dentro (véase, La luna de Candela). 

Gracias por seguir haciendo que el vértigo pase. 

Gracias por ser una constante desde esa cinta olvidada en 2001. 

Gracias por hacer que un domingo fuese 

"viernes, siesta de verano, verbena en la aldea, guirnaldas en mayo, tormentas que apagan el televisor"




No dejaré que pasen diez años más, lo prometo. 




diumenge, 16 d’octubre del 2016

Hace veinte años...

Hace veinte años mi madre mi y mi tía fueron al concierto de lo que por entonces me parecieron cuatro viejales -yo contaba con nueve, y alguien de más de cincuenta se me antojaba ridículamente mayor-; viejos y aburridos. Yo, que harta de escuchar vinilos de Serrat en casa y cassettes en el coche de mi tía, aborrecía esas melodías poco bailables y esa voz temblorosa que invitaba a la siesta, me dediqué a meterme con ellas y a reírme de lo emocionadas que volvieron del concierto, cuando me contaban que Serrat y Víctor Manuel (nada menos, la alegría de la huerta en el escenario, oiga usted) salieron a cantar con gafas de sol modernas, y bla bla bla. Después salió el disco y una mañana que mi tía puso el cd en el piso de Granollers...

...me enamoré.

Me enamoré de aquel cuarteto, de aquel disco homónimo a la gira, y desde entonces, el gusto fue mío.

No sólo hice las paces con Serrat, si no que empecé a hacerlo mío. En sexto de primaria ya llevaba sus cassettes en el walkman, once años tenía, y poco después fui a verlo por primera vez en directo. Fue un concierto en plaça Catalunya durante las fiestas de la Mercè, lloré mucho cuando salió al escenario y desde entonces no me ha interesado ningún concierto de las fiestas de Barcelona. A Serrat, le vi tres veces más después de ésa: cuando sacó el disco Versos en la boca en l'Ateneu de l'Aliança de Lliçà d'Amunt, en el Palau Sant Jordi con su Serrat Simfònic, y en el TNC cuando sacó , su último disco en catalán. Siempre emocionada, siempre agradecida, siempre acompañada de mi madre y mi tía, que son mis compañeras perfectas para este viaje.

Hace unos años, creo que por el 2010, Miguel Ríos anunció gira de fin de carrera y, no lo dudé, cuando mis padres dijeron de ir, no me lo quise perder. Sabía que aunque sólo fuese por ver Bienvenidos en directo valdría la pena, y no me equivoqué.

Lo de Ana Belén y Víctor Manuel se lo debo en gran parte a su Víctor y Ana en vivo -de 1983, ¡no digo más!-, que todavía no sé cómo no he rallado el vinilo, y a mucha Ana Belén: a su Lía y su Derroche, a su Lorquiana, que fue uno de mis primeros cd's, al cassette de Como una novia, que le robé a mi madre, y a su Peces de ciudad, y, como no, a la maravillosa intensidad de El hombre del piano.

Veinte años más tarde, el pasado junio, se volvieron a juntar y yo, que ya no les veo viejos por mucho que se hagan mayores, me quedé con las ganas (aunque  estaba ensimismada con el nacimiento de Leo). Cuál fue mi sorpresa cuando al descargar la entrada para ver a Ismael Serrano (después de casi diez años sin ir a un teatro a verle) encontré, de nuevo, publicidad para El gusto es nuestro en Barcelona.
No lo dudé ni lo más mínimo, y menos viendo que tres localidades juntas eran ya escasas.

Así que, ahí estaba el pasado jueves 13, con una lluvia de campeonato que ya me había calado por el camino al Palau Sant Jordi, bajando la media de edad de la cola y esperando encontrarme con mi madre y mi tía dentro del recinto.

Nos lo montamos fatal, la logística fue un desastre (la nuestra y la de los señores que pedían entradas, la guardia urbana que cortaba calles, ...), teníamos los pies empapados y a puntito estuvimos de sufrir un ataque de vértigo subiendo a la grada 39 del Sant Jordi, pero sin duda alguna valió la pena.

Sí, los años no han pasado en balde para ninguno de los cuatro, aunque Ana Belén parece haber pactado con el diablo, pero igual que pasa por todos nosotros. Que sí, que entre cuatro, pero ofrecieron algo más de tres horas de conciertazo que dieron para llorar, reír y -¡atención!- bailar.

La magia de ver cómo uno de los discos de mi vida se hizo realidad ante mis propios ojos, estoy convencida, me seguirá emocionando largo y tendido.

Y es que hay momentos que quedarán grabados en la retina y el oído por lo bonitos, por lo intensos, por lo sencillos. Un apoteósico e insurrecto Miguel Ríos, Víctor Manuel creciéndose cantándole a Asturias sin la necesidad de moverse ni medio centímetro por el escenario, Ana Belén, toda ella, pero ver ese Hombre del piano en directo debería ser obligatorio para poder morir en paz, y un Serrat que resurgió con su Pare guitarra en mano y taburete en culo para empalmar con un Para la libertad apoteósico, que hizo que todo el Palau cantase su Paraules d'Amor, más himno que ninguna -me guste o no-. Porque los cuatro nos regalaron un precioso Aquellos locos bajitos que mi madre y yo disfrutamos -y lloramos, si dice lo contrario, MIENTE- cogidas de la mano (mi tía me estaba haciendo menos caso, la verdad). Y, personalmente, no pude pedir más que una grandiosa y deslumbrante Puerta de Alcalá como colofón final, y sí, la bailé y la canté a voz en grito, porque la canción no merece menos (no, no fui la única).

Sin ellas, no sería lo mismo, ni el concierto ni mis vicios musicales. Gracias por ser compañeras perfectas para esta tarea de disfrutar de las cosas bonitas que compartimos.

De todo esto, tengo catorce minutos de pinceladas en las que, lastimosamente, se me oye cantar en algún punto. No lo tengáis en cuenta.


dijous, 14 d’abril del 2016

Versiones desfasadas nunca fueron buenas consejeras

A tres cafés por noche trabajada en lo que va de semana esto da un total de 9 cafés por 30 horas laborales. Ojo, nueve dentro de la jornada laboral, de los de antes y los de después no llevo la cuenta. Treinta horas manteniéndote despierta a deshoras da para pensar mucho en las ganas de fin de semana que se tienen. Esto es más excepción que norma, los fines de semana son mi jornada laboral habitual, pero el sábado amanezco en Madrid, y este detalle merece especial atención.

No puedo decir que esté saturada y necesite un respiro, la verdad; no hace si quiera un mes estaba en la otra punta del mundo. La ciudad de las historias interminables, sin embargo, siempre se presenta de antemano como una bocanada de aire fresco. Así, al primer trago, después hace que me enfrente con fantasmas. No con otras gentes, no con otros recuerdos, con los fantasmas de los propios errores, recurrentes siempre que piso sus calles.

Sería absurdo que culpase a la ciudad, porque de lo único que tiene culpa es de ser el hogar de gentes que han aguantado estoicamente mis idas y venidas, y no hablo del AVE Madrid-Barcelona.

Hasta qué punto es absurdo temerse a uno mismo.

En julio hará siete años que volví de Madrid. Desde entonces, más o menos, todos hemos cambiado, eso es innegable. Quien diga que la gente no cambia, miente. Siempre se evoluciona o se involuciona, superamos miedos o nos acomplejamos ante ellos, ampliamos miras o nos cerramos en banda, nos dejamos superar por las circunstancias o las superamos, pero siempre te mueves en una dirección o en otra.

Es inevitable echar la vista atrás y pensar en todas las inseguridades que se han quedado por el camino, en las decisiones que parecías cobardes y fueron las más valientes, en los complejos que tanto cuesta perder pero a los que poco a poco haces frente. Miras, con cierto orgullo hay que decir, a la persona que te devuelve el reflejo del espejo, a pesar de las bolsas en los ojos, los puntos negros y las cicatrices de acné. Sin embargo…

Sin embargo de pronto tienes miedo. Miedo de ti y de volver a hacer ese retroceso a una persona que ya has dejado atrás y de la que, aunque conservas buenos recuerdos y te ha dado anécdotas para hacer más amenas las tardes más aburridas, a día de hoy prefieres que se quede donde debiera estar: unos años atrás, con el cubata en la mano. De entre todos los miedos, el miedo a uno mismo es el que te obliga a ser más cauteloso, pero también es el que se debate entre una cerveza más que te haga dejar de lado tantos remilgos o pasar directamente al cubata de garrafón y que sea lo que dios quiera, la vida es corta y la noche es joven. Los términos medios son siempre tanto más difíciles que los extremos.

El tiempo y la distancia en todo sirven, y esta vez al menos he hecho una cosa con cabeza: que me conozco y no sé si puedo conmigo misma, así que el sábado a partir de las 23h he dado órdenes a allegadas de mandarme mensajes disuasorios de mi amistad con la cerveza. Sentíos libres y sed bienvenidos, toda colaboración es bienvenida.

diumenge, 14 de febrer del 2016

Escoger(se). Celebrar(se). Querer(se).

Facebook me recuerda que en un día como hoy
...hace un año, lo celebraba con mi abuela.
...hace dos años, lo celebraba con mi abuela.
...hace tres años, lo celebraba con mi abuela (y virtualmente con Irene).
...hace cuatro años, lo celebraba con mi abuela, que no se creía que le regalásemos un viaje a Londres sólo para que nosotros, sus nietos, pudiésemos disfrutarla y celebrar lo muchísimo que la queríamos juntos.

Sí, el día se aventuraba difícil desde un comienzo. Desde el pasado 29 de noviembre, desde el diagnóstico que nos dieron hace poco más de un año. Difícil es un término amable pero que no podía coger por sorpresa a nadie.

Así que cuando me dijeron "¿Hacemos un desayuno de san valentín el domingo?", estuve tentada de decir que no, porque ese día era nuestro, de mi abuela y mío, y si ella no está, mira, casi que prefiero el pijama, que ya me he tirado mucho tiempo pintándome los morros de rojo  un catorce de febrero tras otro por y para ella. Lamerse las heridas es cómodo y a todos nos gusta, que lance la primera piedra quien esté libre de culpa.

Tentador, sí, pero ¿qué iba a ganar con ello? La respuesta es única: nada.

Así que hoy me he escogido. Me he escogido por encima del tedio y el vacío (que no he dejado de sentir ni un segundo durante lo que llevamos de día, y ya casi son 24 horas). Me he escogido por encima de la dejadez y las pocas ganas. Hasta me he visto medio mona en el espejo antes de salir de casa, que últimamente lo de verme estupenda parece que me está costando más de lo habitual. Y no, no ha habido labial rojo, pero sí un granate de esos que te hacen sentir Xena, la princesa guerrera

Me he escogido y no he sido la única. Mi cita y yo nos hemos plantado en una de las cafeterías (brunchería reza la descripción, hay que estar al día) más bonitas que hemos pisado en Barcelona y hemos desayunado como reinas, que a mí lo de princesa se me queda pequeño. Nos hemos mirado después de una tarta de almendra, naranja, leche de coco y semillas de amapola que no tiene descripción posible, y hemos hecho un ejercicio de amor propio de los que cuestan el alma, te recorren entera y te quitan hasta las canas. Nosotras, con tanta convivencia a las espaldas, tan acostumbradas a la desnudez de la otra, tan habituadas a ver a través de sus ojos, y que todavía tengamos tantos rincones por descubrirnos, que todavía nos escondamos verdades de las que duelen tan adentro que no quieres ni mirarte por no verlas, por no sentirlas, por no padecerlas. 

Entonces llega el día, casualmente un catorce de febrero, y nos queremos tanto a nosotras mismas que las decimos en voz alta, y nos queremos tanto la una a la otra que nos quitamos una capa de piel en una cafetería del Eixample, con Nina Simone sonando de fondo a ratos. Y estamos tan felices de poder hablar por nosotras mismas lo que siempre habíamos callado, de escuchar a la otra lo que siempre se había quedado en silencios, de ahuyentar fantasmas a base de complicidad y confianza, que no nos queda más remedio que celebrarlo con una tarta de chocolate y frutos rojos que se nos ha antojado como la mismísima entrada al cielo. Ser valiente con los propios miedos te deja tan liviano que te entra hambre, qué le vamos a hacer. 

Porque hoy es un día para querer, y lo ideal siempre es empezar por querernos. 

No, no ha sido un día fácil. El pronóstico era acertado. Llegados a un punto los días rosas se esfuman sin más. Siempre quedará un rastro, una huella, una pieza que te falta. Cuando se empieza el duelo, se siente eterno, perenne. Siempre habrá vacío, y hoy el agujero ha sido desproporcionado, ha sido doloroso, ha sido un viaje a ninguna parte. 

A ninguna parte y a todos lados, porque somos así de bidireccionales. No he podido dejar de preguntarme cómo podía sentir el peso tan grande de su ausencia y la magnitud de todos los detalles que me hacen sentir siempre agradecida y querida, y en especial hoy: las risas con mis madre cuando intentamos esconderle el regalo de san valentín a mi padre, y lo fácil que es contentarlos con unas nueces de macadamia, contarle a una de tus mejores amigas que te has comprado un labial nuevo y maldecirlos porque nunca son como prometen, contarle a otra de ellas las cosas más absurdas que te pasan y que se ría directamente en tu cara, la compañera de trabajo que te hace de mamá pato y te hace la vida un poco más fácil, la amiga que tira contigo por la borda la operación biquini y te dice "t'estimo" por primera vez, aunque hay gente a la que sabes que querrás sólo con cruzar la primera palabra, los besis de mi hermano y el molde en forma de corazón de mi tía, que si eso el año que viene ya me encargo yo del bizcocho. 

Siempre hay que escoger. Escoger la lista de los pequeños gestos e intentar dejar atrás la de las grandes desgracias. Escoger a las pequeñas personas que hacen la vida más grande. Escoger lo aprendido e intentar desviar la mirada de la pérdida. Poco a poco, escogerse a uno mismo, celebrar las suertes y quererse mejor. 

Si no empezaste ayer, puedes empezar hoy. Sobretodo, se tiene que intentar a diario.

Ser valiente con los propios miedos te deja tan liviano que te entra hambre, qué le vamos a hacer.