He crecido en una casa donde la política no se contempla desde la barrera, se vive en primera persona, se sufre en tus huesos y te estalla en las entrañas, las pocas veces que te da una alegría, claro. Evidentemente, no coincidimos en todo, somos una macedonia curiosa y que muchas veces cuesta de entender desde fuera: ¿Un hermano de ERC y una hermana que se va a vivir a Madrid? ¿Un padre militante de CiU y a su vez sindicalista? (diré, a su favor, que él confiaba en el lado más nacionalista de CiU y le costó más ver la derecha, ahora, en cambio, nos la han plantado a todos en la cara), y para colmo, "xarnegos", que la madre es andaluza. Pero lo cierto es que crecer en la diversidad te hace abierto de miras, te propone algo más allá de lo que tú alcanzas a ver y provoca discusiones 2.0 vía Twitter, pero me estoy yendo por las ramas.
Como he dicho, andamos acostumbrados a sentir la política en nuestros huesos, unos más que otros, cada uno en su ámbito. Para mi hermano es prácticamente motor de vida, para mi padre son muchos desengaños, para mí... un dolor de cabeza. Por eso mismo escribir estas líneas me de algo de miedo, reconozco mis carencias en el ámbito, el poco interés que pongo a menudo en contextualizar los eventos y los detalles que se me escapan cuando intento defender, o ni si quiera eso, exponer algo.
Lo cierto es que este dolor de cabeza que para mí es el mundo político, últimamente se está convirtiendo en una jaqueca tremenda. No sabría decirte cuando empezó, no recuerdo el momento preciso en que los síntomas se agravaron y se convirtieron en crónicos, se deberá al desgaste progresivo de la política en este país desde aquella famosa última legislatura del PP en el gobierno central. La conciencia colectiva, espero, siempre recordará de esos entonces a un hombrecillo con bigote (por lo visto elemento imprescindible en la imagen dictatorial) que hizo de una mayoría absoluta (¿en qué estarían pensando los votantes?) una carta blanca para jugar a beneficio propio, que ya ni de partido, y haciendo caso omiso a las voces de la calle se embarcó en una guerra sin sentido por el mero hecho de codearse con los que él creía los políticos más importantes del momento, con las súper potencias mundiales, simplemente cuestión de ego. La gente, que había ocupado ya calles anteriormente por la mala gestión del Prestige, ahora ocupaba más metros cuadrados de espacio público para que quedase claro que ellos NO querían ser partícipes de la violencia gratuita; de nada sirvió. Como era de esperar, en las siguientes generales llegaron al gobierno los socialistas, con promesas de cambio, con aires renovados, con un presidente joven; todo castillos en el aire. Con la crisis, llegó una crisis de identidad ideológica entre la izquierda (teóricamente renovada e innovadora) y la habitual derecha (cansina, retrógrada, corrupta e intolerante), el gobierno central priorizó la ayuda a las entidades bancarias, aumentando la deuda estatal, de la que llevamos el peso todos los ciudadanos de a pie, y salvando las grandes fortunas bancarias (¿se habrán bajado el sueldo sus directivos?). A todo esto, un reconocimiento tardío de la crisis económica que inevitablemente sacudía el país, como ha sacudido todos los países occidentales fieles al régimen capitalista, por parte de un gobierno que se empeñaba a negar la existencia de tal, hizo inevitable el inicio del descrédito hacia el actual gobierno. Por su parte, la oposición, lejos de proponer respuestas adecuadas a la triste situación económica y social, muy en su línea de derecha cansina, se dedicó a insultar y a desvirtuar a unos socialistas faltos de recursos e ideas para paliar este desmadre de interminable crisis.
A día de hoy, tanto gobierno como oposición han conseguido que la gente corriente sienta un rechazo hasta ahora nunca visto hacia la clase política estatal. Los cinco millones de parados, los estudiantes sin salida en el país pero sí en el extranjero, los jubilados con pensiones rebajadas, la especulación inmobiliaria no frenada a tiempo, la corrupción consentida y no juzgada, el libre quehacer de bancos y cajas, y seguramente una larga lista de motivos más deberían ser suficientes para que gobierno y oposición hubiesen buscado respuestas, hubiesen reparado daños, parapetado caídas vertiginosas. Pero, señores, éste es el estado de la pandereta, y los mejores en representarlo son su clase política. Llevan años empleando como única estrategia política el lanzar balones fuera, en desestabilizar al contrario, en preocuparse ir por encima del otro no mejorando su imagen sino ensuciando más la del adversario. Quizás no tenga un as en la manga que reponga esta sociedad partida en pedazos, pero señores, algo tengo claro, con su actitud no es arregla un estado, y no lo digo por lista, lo digo por obvio.
Acostumbrados a una población pasiva, a día de hoy, pasados tres desde el 15M, el bipartidismo teme a la masa social, a los jóvenes y no tan jóvenes que ocupan las plazas de las principales ciudades del estado. El PP en su estado más puro, es decir, el esperancista, intenta reprimir a diario la manifestación más multitudinaria de todas ellas, la originaria, el germen que ha brotado en el resto de ciudades, la de la Pueta del Sol, donde tiene la sede el gobierno comunitario de Madrid, tradicionalmente del Partido Popular; el gobierno, por su parte, cambia su mitin de fin de campaña para las municipales de la Plaza Mayor a IFEMA, según dicen, sin considerar la manifestación, ¡hasta para esto quieren tomarnos por tontos! (Para los que no se sitúen, la Plaza Mayor de Madrid está peligrosamente cerca de la Puerta del Sol, mientras que IFEMA queda bien lejitos del centro y, además bien aislado).
En Catalunya, después de dos legislaturas de tripartito que han dolido mucho a una población que quería, que necesitaba un giro hacia la izquierda después de los años de pujolismo, la derecha ha llegado al gobierno más deshumanizada que nunca. Primero diré que no le quito méritos al gobierno tripartito, del que cada tanto me recitan los logros y maravillas, pero sí es cierto y se debe reconocer que dejó una sensación de fracaso, de fraude, de engaño, que empujó a muchos votantes de ERC a trasvasar su voto a CíU, de la izquierda a la derecha sólo consolándose en el vínculo nacionalista. ¡Qué engaño! Espero que todos aquellos que cometieron tal barbaridad en las urnas hace nada y menos tengan la conciencia revuelta por los daños cometidos, nunca un cambio de gobierno había supuesto un giro tan terrible, ¡mal les pese a los que renegaban de Carod y Maragall! De buenas a primeras nos encontramos con recortes sociales terribles, en los sector más necesarios para el desarrollo y la subsistencia: la educación y la sanidad. Sobra decir que en temas de educación lo último que faltan son recortes, a este paso dan el Libro gordo de Petete a los niños al nacer, y que se apañen hasta que puedan empezar a pagar por recibir educación. En lo que a sanidad se refiere, no tengo palabras para describir tal aberración (que además, pura carambola, me afecta personalmente); se suprimen subvenciones, se recortan un 10% los gastos y que los hospitales se apañen: despidos, cero trabajo para suplentes, supresión de puestos de trabajo (que no despidos), personal sanitario descontento con la situación y encima agradecido por tener trabajo, ¡dónde se ha visto! Para incrementar ingresos, los hospitales empiezan a plantearse (y a aplicar) la gestión de parte del hospital como corporación privada, cosa que hasta ahora había funcionado de manera bastante correcta y que, sin embargo, a mayor uso, mayor privatización y mayor diferenciación entre ciudadanos de primera y de segunda, entre atención exprés y largas listas de espera (más largas aún, ya que hay menos horas), entre atención personalizada y mal atendidos porque no hay tiempo, ni recursos. Se están arriesgando a malmeter una de las mejores sanidades españolas y europeas, ¿y quién gestiona la corrupción de esta, nuestra generalitat?
Para colmo, recuerdo dolorosas declaraciones de uno de los nuevos consellers malmetiendo contra la inmigración en Catalunya, cuando nuestro pequeño país siempre ha acogido a nuevas gentes que lo han hecho crecer tanto o más que los autóctonos. ¡Qué fácilmente pierden la memoria los políticos! ¿O será que directamente no se quieren enterar? (Y lo de la consellera que exagera currículums, en fin, y tantos licenciados en paro).
Con este triste panorama, se echan miles de personas a la calle, se hacen asambleas diarias, algunos acampan, otros hacen ruido y otros apoyan desde la distancia, pero apoyan, porque toda esa gente estamos cansados de nuestros gobiernos, de ser lo último en la lista de prioridades, de que la democracia no se aplique, de que ese derecho a voto que costó tantísimo conseguir sea manoseado, pisoteado, y anulado por la clase política. Y cuando hablo de la clase política, sintiéndolo mucho, generalizo, porque tengo que decir que, entre estas cuatro paredes, he conocido a políticos totalmente vocacionales, que luchan y que defienden sus ideas, que creen en lo que hacen, que siguen para delante pase lo que pase, que escuchan al oponente, que escuchan a los que opinamos sin más, a veces, incluso, con heridas de arma blanca de su propio partido. Ellos son los que me hacen creer que OTRA CLASE POLÍTICA es posible, pero sobretodo, es necesaria.
Es necesario el fin del bipartidismo, en Catalunya incluyendo a CiU, es necesario que el gobierno tenga en cuenta las decisiones del electorado más allá del día de las elecciones, es necesario que tomen en serio a las miles de personas que se concentran, es necesario que estos movimientos no sólo cuestionen a los partidos en las próximas elecciones, sino que es imprescindible que lo hagan en las autonómicas y en las generales, es necesario que nunca se olvide lo luchado y lo padecido, el paro y la precariedad, es necesario que todo esto resuene por un presente habitable, un futuro más digno, y un pasado merecedor de los que hoy ya son ancianos, es necesario que se vuelva a creer en el ser humano (sin duda, una de las tareas más difíciles), es necesario que se vuelva a creer en la política porque tengamos unos políticos que trabajen por y para nosotros, que merezcan nuestra confianza.
Porque si desde la comodidad se ha alzado una breve esperanza de que una sociedad más humana, una política de mejor calidad y el camino a un mundo mejor (granito a granito) es posible, todo lo que se vive hoy en las calles, sin duda alguna, habrá valido la pena.
Molt bé,tothom ho hauri de llegir.
ResponEliminasin palabras.
ResponEliminaDesde luego yo soy muy sensiblera y me tienes aqui con el moco colgando (creo que es el fondo, siempre que entro por aqui termino emocionada) pero...tu familia política (que no la que no es familia..la que se dedica a la política) debe de estar emocionada
(=
Y seguimos con la lucha porque cada vez...¡¡somos más!!