dimarts, 26 de febrer del 2013

Escribir por escribir

Hace un tiempo indeterminado leí en no-sabría-decirte-dónde que una de las claves para que un blog tenga éxito es escribir a menudo, casi a diario. Una, que lleva en esto de los blogs de audiencia reducida desde hace algo más de siete años, se pregunta ¿quién tiene tanto que escribir sobre su día a día? Quitando las it girls, por derecho o por causas circunstanciales, que se dedican a comentar su modelito a diario, ¿de qué? Pues bien, mis modelitos no dan de sí, y menos esta semana, que de dos días llevo dos con las converse en los pies, más de una semana sin maquillarme y hoy hasta voy con el pelo rizado, exponente máximo de la máxima de las perezas a la hora de poner un poco de mi parte en esto del aspecto exterior. Así que no, de ahí no puedo sacar chicha, y los pocos días que me luzco ya jodo la marrana suficiente con Instagram. Pero las cosas como son, aquí los señores que formamos parte de esta comunidad internáutica que se dedican a contar sus más y sus menos en la red, tenemos un blog porque sabemos que, en el fondo y a veces sin rebuscar tanto, escribir de vez en cuando y airearse en la red tiene efectos saludables para sobrellevar el día a día. 

Como día, hoy es uno de esos a los que, a estas alturas de la noche (00.48h) una solo hablaría a base de improperios y palabras malsonantes, pero mi abuela siempre me regaña. Hoy, que he dicho unos cuantos tacos delante suyo, siempre seguidos de un "con perdón, pero es que no se puede decir de otra manera", creo que me ha perdonado porque eran casi las once de la noche, no había cenado todavía, entre taco y taco le he contado que no me he terminado la merienda, y llevaba más de 48h sin verme, y eso sí que puede con ella, que la mujer es muy sufrida y enseguida echa de menos. Seguro que esto de querer decir muchas palabrotas muy seguidas también le pasa a alguien más de vez en cuando, seguro que también es sano, como esto de escribir en en blog sin propósito alguno. 

Justamente por no tener propósito llevo días pensando en escribir y no lo hago, porque a ratos pienso que estoy en breve va a parecer un libro de auto-ayuda de esos que te dicen constantemente piensa en positivo y adelante, que todo saldrá bien. No es que me haya vuelto pesimista de golpe, aunque viviendo en este país, pse, uno siempre está tentado, pero tampoco quiero que me entren ganas de echar las entrañas al releerme. Porque sí, mi ego y yo nos releemos de vez en cuando para hacer un poco de memoria. Y hoy, que ha sido un día lleno de despropósitos, me planto aquí con el mayor de todos: escribir para nada. No voy a decir que para nadie, porque sobretodo escribo para mí, y porque además, sé que Irene siempre me lee. Por cierto, menudo chaparrón te ha tocado llevarte hoy, pero después lo he arreglado cantándote a Rosarito y es por estas cosas por lo que me quieres, que lo sé. Un poco después hemos hablado de las gentes que sufren desconsuelo perpetuo; me refiero a gentes normales, como tú o como yo, pero que siempre ven las cosas desde un prisma... poco optimista, a falta de mejores recursos; lo más curioso, es que una vez te enzarzas en la aventura de querer a estas personas, sólo las puedes querer más y más, porque cuando les da el rayo de sol en el entrecejo y se les iluminan las ideas y la vida, resplandecen tanto que no quieres apartarte más de ese calor. Así que te empleas a fondo para sacar sonrisas y fuerzas ajenas con la esperanza de que, cuando estallen de nuevo, un poquito de esa luz te pertenezca. Todos sabemos que es más fácil sentir orgullo por los méritos ajenos que por los propios. 

Me he sentado delante del ordenador por eso de esperar a que bajase un poco la cena antes de irme a dormir, que hoy he llegado muerta de sueño y de dolor de rodillas, porque, como a las mejores marujas, "estos cambios de tiempo me matan", y no quiero que esto se me vaya de las manos, y esto sí que es un propósito. Así que, haciendo recuento de las cosas que no han tenido nada que ver con las palabrotas, voy a contar ovejitas, que hasta que no amanezca no es mañana, y ya si eso... será otro día. (rodolíiii)

diumenge, 17 de febrer del 2013

Noche de cabezones

Soy de esas que se plantan delante de la tele o del internet para ver eventos como el de esta noche por la alfombra roja: ver, criticar, admirar u odiar. Vestidos, maquillajes, joyas o peinados. Envidiar o detraer. Todos los eventos de este tipo, decía, menos los Goya. Para los Goya no me limito a las galerías de fotos o a rastrear revistas en busca de los mejores o los peores modelazos de la noche, entre otras cosas porque, hasta hace poco, hubiese sido un despropósito; para los Goya, siempre que puedo, me planto delante de la tele y me como la gala entera. 

No es que sea una cinéfila emperdernida, no soy ni cinéfila a secas, pero con el cine español suelo tener un algo diferente. Tampoco voy al cine tanto como debiera, mal por mí que me da pereza ir al cine si no lo tengo cerca, pero sí que durante mucho tiempo fui adicta a Versión Española y eso lo trajino conmigo: la primera escena tórrida que recuerdo en una película fue con Jamón, jamón, Pe y Bardem, que entonces no eran Pe ni Bardem con mayúsculas en el mundo del cine, en una mesa de billar de un barucho de carretera; aunque no sé si hoy por hoy la afirmación sigue vigente, pero la que durante más tiempo proclamé como mi película favorita es española, La lengua de las mariposas, con Tesis me convertí en amante de Amenábar y de Eduardo Noriega recién llegada a la adolescencia, he adorado y odiado a Almodóvar y soy pro-Penélope, las últimas películas con las que he llorado son La voz dormida (a mares y océanos) y Herois, Primos nos dejó el mítico momento "Irene, baja, haznos una paja", y un largo etcétera. Si tengo que especificar con los Goya, lo tengo clarísimo, fue la edición del 2003 la que me marcó. No creo que fuese la primera vez que los seguía, pero sí recuerdo que ese año me marcaron, entre otras cosas, porque en el colegio (estaba en 4º de ESO) daba un crédito variable de cine (donde, creo, aprendí lo poco que sé del asunto), y, sobretodo, porque tenía 15 años, unos valores muy firmes, unas convicciones revolucionarias, y estaba viendo como el trío de las Azores se plantaba en Irak para llevar a cabo una guerra absurda a la que la población se oponía la población mundial. Fue un año de discursos pacifistas, de manifestaciones masivas, de una población cansada, primero por la mala gestión del desastre del Prestige, después por la falta de respeto y reconocimiento que el, por entonces presidente del gobierno estatal, sujeto Aznar (no me atrevo a llamarle persona, mucho menos señor) demostró tener al ciudadano de a pie. Resumiendo, estábamos cabreados. Entonces, llegaron los Goya y esa gente del mundo del espectáculo, que parece que tengan que vivir en otro universo, se cargaron su responsabilidad social a cuestas y cumplieron con su deber cultural, se pronunciaron alto y claro, y se pronunciaron ante representantes institucionales sin tapujos ni reservas, sin miedo a puertas cerradas. A mí me emocionó muchísimo, porque tenía 15 años, porque creía en el cambio, porque veía que había un más allá del ser acomodaticio y, así, empezó mi historia de amor con los Goya. 


La verdad es que, después de ésa, pocas galas me han vuelto a marcar. Recuerdo con cariño el reconocimiento de Pa negre en el 2011 y con muchísima alegría la actuación de Luis Tosar, Paco León, Asier Etxeandía, Hugo Silva, Fernando Guillén Cuervo, Laura Pamplona e Inma Cuesta, para presentar el Goya a la Mejor Canción Original. Si os lo perdisteis, ahí va, no tiene desperdicio alguno: 



El caso es que este año le tenía ganas a la gala. Unas ganas un poco repentinas, porque entre hospitales, viajes y horarios raros, vivo un poco alejada de la actualidad televisiva, pero unas ganas genuinas. Primero porque sabía que la red carpet de este año no iba a fallar, segundo porque el humor de Eva Hache me gusta mucho y tercero, pero no menos importante, porque quería ver cómo y sobre qué se pronunciaban las personalidades en la gala. Para algunos, que esta agente del star system español, si es que existe tal cosa, se pronuncie sobre temas sociales no será más que un acto de hipocresía de quien puede vivir bien y lo hace, y seguro que la red ya está repleta de comentarios de reproche: bien, si 3 horas después del cierre de los Goya 2013 puedes estar conectado a la red criticando libremente, tú también puedes vivir bien, no lo olvides, porque quizás entonces tengas menos conciencia de la que crees que tienes. Dicho esto, proseguimos. Un muy bien por Eva Hache, que es ella y no se calla, que dice las cosas con esa sonrisa que clava puñales y después los retuerce, se debe haber dejado pocas cosas en el tintero a lo largo de la noche y no ha perdido ni una pizca de picardía; si me pongo frívola y hablo de los modelitos, también le digo muy bien, todos en su estilo y ninguno fuera de lugar, muy fan de la falda negra y la camisa blanca durante la actuación para Concha Velasco por su Goya de Honor y del vestido verde y negro. Sin duda, el discurso más contundente ha sido el de Candela Peña, que ha compensado un llamémosle-vestido-por-llamarle-algo de David Delfín con un maquillaje y peluquería favorecedores y, ante todo, con palabras realistas. 


También contenta con José Corbacho que, al lado de una recatada Goya Toledo siempre con miedo a decir una palabra fuera de lugar, ha sido él mismo y ha sido de agradecer. Hay que decir que, por ser Corbacho, hasta él ha llegado a la nota del vestuario de la gala, la americana de terciopelo azul marino de hoy no ha sido nada comparada con modelos de anteriores ediciones, especialmente como presentador. Maribel Verdú, con su Goya a la Mejor Actriz Protagonista, también ha tintado de social el final de su discurso, y estaba, quizás no despampanante y espectacular, pero sí preciosa, con un Dior tobillero, las joyas de Bulgari me han entusiasmado, y el pelo y el maquillaje acertados de pleno. En fin, es la Verdú, no hay más que decir. El discurso institucional quizás no contundente pero sí implicado, bien escrito y lleno de realidades más o menos dolorosas. Javier Bardem, obviamente, ha puesto la nota más comprometida, y es que no era para menos teniendo en cuenta que esta vez no recogía el Goya como actor si no como productor de la Mejor Película Documental, así que él y su equipo se han pronunciado a favor de la causa saharaui (no es para menos), aunque quizás él con más fuerza; lo que me parece enternecedor es ver como, por mucho que sea la enésima vez que Bardem sube a recoger un Goya o al escenario ni que sea, Pilar Bardem se sigue emocionando y se le sigue cayendo la baba viendo a su retoño, esta vez, además, hinchada como un pavo por ser el fruto de una causa reivindicativa (ya sabéis, Pilar Bardem, esa mujer). También humanitario, Juan Antonio Bayona, quien además ha sido entusiasta, claro y muy emotivo en su rotundidad. Por último, algo que ha repetido su equipo durante toda la gala y que hemos podido comprobar: la sonrisa imperturbable y serena de Pablo Berger, un plus en los tiempos que corren. No sé si olvido algo. La presencia de Wert preferiría obviarla ya que estaba allí por motivos puramente formales, le han resbalado las críticas de la gala igual que el resto de críticas, y su cara sigue siendo un elemento desagradable con el entorno.

Si nos ponemos con los trajes de largo, que han sido casi todos, voy a empezar por aplaudir la pata de Blanca Suárez, mucho más estética que la de la Jolie y con una pose que ya querrían muchas de las imitadoras hollywoodienses del momento raja. Paula Echevarría muy bien, pero siendo ella, nadie esperaba menos, conoce las reglas del juego y sabe como usarlas. Me he quedado prendada del Gucci amarillo de Manuela Velasco (coprotagonista del momento Goya de Honor de Concha Velasco, su tía), diferente, sencillo y, sobretodo, muy bien defendido. Macarena Gracia ha refrescado el panorama, no sólo con una cara nueva, también con un vitaminado Dior muy bien llevado. Marisa Paredes rezumando elegancia, como siempre. ¡Atención! Aitana Sánchez-Gijón y Ángela Molina, dos veteranas de la industria, la otra más que la una, enfundadas en un Lorenzo Caprile casi calcado, espectacular en ambas, y firmo para llegar a los casi 58 con el cuerpo de Ángela Molina. Hablando de Lorenzo Caprile, me ha gustado mucho el modelo de conchas y brilli de Inma Cuesta, y me va a dar igual que lea lo contrario por ahí. Lo que sí que no he entendido es lo de Goya Toledo: no entiendo por qué esa mujer sigue entregando premios, no he entendido por qué se ha puesto un Elie Saab fantabuloso pero con un escote que, no es que no haya sabido, es que no puede defender, con unas joyas que no van para nada con el vestido y, ¡lo peor! ¡¡¡¡Esos pelos!!!! Mucha mecha californiana, muy querer ir divain pero, mujer, ¿no tienes ni un espejo ni un peine en tu casa? Unas horquillas, al menos, para hacerte un recogido desenfadado y al menos no hacer TANTO estropicio. Hablando de pelos, a Belén Rueda le sobraba la diadema, que ya no tiene edad. Las que se han echado años encima han sido Clara Lago y María Valverde; lo de Clara Lago es un clásico, pero lo de María Valverde me ha dejado descolocada, en serio, totalmente dislocada. 

Eso sí, para outfit, percha, y lo que haga falta... A Quim Guitérrez no le ha fallado ni la pose. Ya me perdonarán MAS y compañía, incluso Mario Casas que te abría el apetito con esa barba, pero esta noche Quim, se lleva el ¡me lo tiro! de la noche. Sabíamos que, en el fondo, Berto Romero es un sabio.




A estas horas de la madrugada (casi las cinco ya, si es que se me va el santo al cielo), cambio mi jersey de Bambi, que éste sí que es un modelazo digno de alfombra roja, por el pijama y me voy a dormir, que en breve me tendré que levantar para quemar la cena hipercalórica y totalmente alejada del healthy way of life al que me he acostumbrado últimamente, a sabiendas de que no tengo que sufrir por meterme en tan primorosos vestidos de noche. 

dijous, 14 de febrer del 2013

A fecha de hoy (o de ayer, ya)

La semana pasada mi madre me mandó un guasap en el que decía 'hoy peli ñoña de San Valentín per tv3' y me eché a temblar. Cuando llegué a casa no sólo resultó que ya había visto la película, si no que la había visto en el cine; y no, no era ninguna de la saga 'Crepúsculo'. Somos así, crecemos viendo historias de amores imposibles (de pequeña recuerdo una adicción importante a 'Mujercitas' y 'Pretty woman', y ya no hablamos de las princesas Disney), en al adolescencia echamos lágrimas viéndolas y después ahí seguimos: delante de una pantalla, viendo finales felices ajenos a la realidad y, mucho más, a la propia.

Sin embargo, llega el 14 de febrero, día de los corazones, de escaparates rosas y rojos, de palabras tiernas y absurdas por naturaleza, y el mundo se divide en dos: los que están súper enamorados,se dicen te quieros y se hacen promesas eternas, y los detractores feroces de este día con sus excusas varias: capitalismo, hipocresía, es que el amor se demuestra todos los días.

Yo soy de las detractoras. De las que aborrecen las palabras excesivamente dulces, el algodón de azúcar cubierto con sirope en la mirada y todas esas cosas. Si mi padre escribe cosas muy cursis, mi madre guarda la postal y, las cosas como son, nos alegra el día preguntándonos cómo puede escribir cosas así; se lo decimos, no somos tan arpías, lo mejor es que nos quiere igual. Ni os cuento las risas que nos echamos Irene y yo con el mítico 'una rosa...', capaz de reparar hasta el más nefasto de los días, reímos tanto que casi rondamos la crueldad -casi, porque lo de ser cueles no va con nosotras-. Siempre me ha costado horrores entender la necesidad constante de buscar pareja, los rituales discotequeros de rollo de una noche y, lo peor, el mañana en que la amiga a la que acompañas está con la angustiosa incertidumbre de si podría haber sido el hombre de su vida y no sabe ni su nombre (angustiosa para ti, que aguantas pacientemente el chaparrón de amor repentino), pero también sé que, habiendo querido ser soltera desde que tengo algo de memoria -de pequeña tenía las ideas muy claras-, me metí de lleno en una relación de casi cuatro años, porque estas cosas pasan y, nos pese más o menos, al final todos tenemos sentimientos y necesidades, así que voy a darle el beneficio de la duda al día de hoy.

Siempre hay a quien querer, una persona por la que saldrías catapultado, un alguien que te hace ser mejor y otro que siempre está dispuesto a aguantarte lo peor. A partir de aquí podría empezar un discurso sobre el amor propio, una cosa muy mía, pero ya sale a relucir en la mayoría de mis posts, así que lo voy a dejar en el aire y si alguien necesita un recordatorio sobre el tema, encantada me pongo a dar discursos. Hoy me he puesto el jersey bonito, la falda corta, las bailarinas con la punta metálica, me he planchado el pelo y he salido maquillada de casa (algo poco habitual, ya que debido a mi anterior mencionada impuntualidad, acabo dándome la chapa y pintura en el bus o el tren), y hoy no ha sido por ni para mí. He salido de casa y he ido a mi cita anual con el amor de mi vida, mi abuela. Ella, con su incondicionalidad absoluta, no le ha dado importancia a que una mañana se haya reducido a media hora (aunque sí que se ha quejado, sigue siendo la Antonia por mucho amor que tenga que dar), y a falta de poder comer juntas, tenía la comida lista para llevármela y mi pastelito de San Valentín, con su forma de corazón y su cupido, porque ella tiene claro que nadie me puede querer más que ella. A cambio, la he dejado babear durante 20 minutos con las fotos más recientes de mi hermano, con un 'qué guapo está' cada treinta segundos, y eso sí que es amor del bueno. Como también lo es empezar el día haciendo cortas las distancias largas con un de tus mejores amigas, el sabernos la una al lado de la otra, tiempo y km a parte. O lo mucho que he echado de menos a Gemma, hoy ,más que otros días, porque sé que estaría dispuesta a cenar a horas intempestivas por cenar conmigo, porque eso hemos hecho desde pequeñas, estar en los momentos malísimos, en los peores, y también en los más tontos. Es amor del bueno el que ha estado derrochando mi hermano todo el fin de semana, y no hablo de su habitual 'cariño', que ya sabemos que sí, hablo del placer de haberle visto disfrutar como un enano con Júlia, nuestra enana de verdad. Y del mejor de los amores, son unos padres que ya ni se plantean echarte de casa, que te esperan para cenar juntos cada noche, aunque llegues cada día a las once. Hay, quien, además, o en lugar, o desgraciadamente para ellos porque se han olvidado de todos estos amores, sólo tienen un compañero o compañera en este tramo del camino.

Todos tenemos amores que nos dan la vida, y de vez en cuando nos la quitan, de los que presumimos siempre que podemos y nos ensanchan el corazón hasta que no nos cabe en el pecho. ¿Qué tiene de malo mandar corazones de vez en cuando? Sí, hoy es un día muy rosa, muy pasteloso, demasiado empalagoso y, personalmente, prefiero el libro y la rosa de Sant Jordi, pero en lugar de rencores desapasionados a lo que, al final, no es más que lo que se quiere tener y no se tiene, podemos mostrar pasiones desatadas por aquellos, casi siempre mejor pocos y buenos que muchos, a los que queremos con locura y nos la devuelven. Al final, y también al principio, el corazón es lo que hace que la vida corra por las venas.

divendres, 8 de febrer del 2013

Prisas, cansancios y desastres varios.

La puntualidad no es una de mis mayores virtudes, cualquiera que se haya propuesto verme a una hora concreta se habrá percatado. Siempre voy tarde. No es que no haga las cosas con tiempo (he conseguido corregirme con los años), pero siempre hay alguna nimiedad que me entretiene por el camino y cuando quiero darme por enterada, ya estoy echando a correr porque no llego. Y es que lo peor de ir fuera de hora por el mundo, a parte de poner a prueba la paciencia de quien espera, es que siempre vas con la sexta puesta y las prisas en los talones, también en los empeines.

Por suerte, y porque tiene muchas ganas de dar guerra, se ha acabado correr de un hospital para meterme en otro. Que no me quejo, con tenerla en casa entera me basta y me sobra para respirar tranquila, dormir mejor (aunque no más) por las noches e ir con la cabeza alta y un semblante radiante por el mundo; pero eso no quita que los hospitales agoten las pilas hasta de los conejitos duracel. Qué queréis que os diga, si tengo que correr para darle un beso a mi abuela antes de ir a trabajar, al menos estoy a un minuto -de reloj- del autobús. No es lo mismo, ni ella, obviamente, hace la misma cara.

Hablando de hospitales que cansan, este mes en que TODOS los suplentes hemos hecho jornadas gratuitas por culpa de una mala e ineficiente gestión administrativa por parte de personal del Hospital Clínic i Provincial de Barcelona, que te tomen por el pito del sereno, cansa. Aquí es cuando se nota que trabajo para dos empresas, cuando ante un mismo problema, una de ellas ofrece una solución eficiente y considerada con el empleado, mientras la otra deja al empleado en una posición vulnerable y sin previo aviso. Quien también sabe que trabajo para dos empresas es la Agencia Tributaria, así que ha decidido sacarme los ojos y succionarme toda la sangre de mi sistema circulatorio, porque el hecho de no tener ni unos horarios, ni una posición, ni unos ingresos fijos es lo de menos. Os diré que sí, dos empresas, qué suerte (tal y como están las cosas, muchísimo, ningún problema en reconocerlo), pero un sólo servicio. Lo de las dos empresas es simplemente una peripecia administrativa que no tiene nada que ver con el trabajo que realizo; siempre llevo la misma bata blanca y uso los mismos códigos en SAP, no os vayáis a creer. Igualmente, una vez más, la estupidez del sistema se hace tangible al castigar a familias que, probablemente con sólo un miembro de la unidad familiar trabajando, necesiten esos dos empleos, figurémonos sueldos precarios -apenas existen otros-, para llegar a duras penas a final de mes. Toco madera, no es nuestro caso, pero a partir de ahora pediré cobrar en sobres blancos, que por lo visto ni gravan ni tienen importancia.

Seguramente en otros posts lo habré dicho de maneras más finas, pero ya no me quedan más palabras: vivimos en un país de mierda. No digo nada nuevo, lo sé, pero eso no quita que tenga un punto catártico soltarlo en la inmensidad de la red. Es una mierda de estado, con una mierda de gobierno, una mierda de sistema judicial, una mierda de constitución y unos ciudadanos con una mierda de mentalidad. Generalizo, sí, pero ahora concreto. Una mierda de mentalidad cuando nos hemos vuelto acomodaticios (aquí, la frívola y descerebrada durante la legislatura, soy la primera en reconocer el status de humano pasivo), cuando hay quien es capaz de "justificar" la corrupción con frases como 'es que es muy goloso, no sé si yo lo que haría', cuando la ciudadanía es irrespetuosa con la cultura vecina, cuando nos puede la intolerancia. Sobretodo, cuando la ciudadanía pierde la memoria: la memoria de ser un país emigrante y plural, la memoria de una post-guerra y una dictadura de cuarenta años, la memoria de la falta de libertad y de posibilidades. Ya nos han robado la fe en el sistema, la mayoría no tiene fe en la clase política (a mí todavía me queda un poco, por eso de la familia, porque es como he crecido, pero reconozco que están probando la paciencia de un santo y la fe de un mártir), y poco a poco van consiguiendo que perdamos la fe en la humanidad. 

A marchas forzadas hemos aprendido a rescatarnos unos a otros, ya que los que debieran priorizar nuestro bienestar priorizan las necesidades de unas entidades bancarias corruptas y mal gestionadas. Hemos aprendido a sacar fuerzas de flaqueza, a sacar sonrisas vecinas y a congelar la propia para sobrellevar el día a día. No hay más opciones, no hay facilidades que las que nos proporcionamos a nosotros mismos y las que intentamos proporcionar a los demás. 

Personalmente, me largo. 50 horas lejos... más lejos de lo que procuro estar día a día. Sólo espero que en estas 50 horas las cosas no vayan a peor (ya nos han demostrado que en el momento más insospechado, se lucen y... ¡chas! nuevo estreno en sus carteleras), pero vaya... ya lo digo, que me largo y volveré relamiéndome en la que, sin dudarlo, será una de las mejores experiencias hasta el momento, y en momentos futuros. A pesar de todo, la vida puede ser maravillosa. 

dimarts, 29 de gener del 2013

Nada. Deseo breve.

Cerrar los ojos, apretar muy fuerte y desaparecer. Ni a una isla paradisíaca ni a perderme en el monte. Desaparecer. Un punto negro en medio de la nada, un segundo de suspenso en el vacío. Porque a veces el vacío es necesario. La oscuridad más absoluta, el más quieto de los silencios, la nada más inmensa y ser una leve sombra. Sin mañanas ni ayeres pesados que fatiguen las espaldas. Lejos de incertidumbres y ansiedades. Sin angustias ni dolores ni lágrimas a medias. Lejos del ir siempre tarde, de las carreras y las prisas, de las jornadas laborales imposibles y las horas de sueño escasas. Sin distancias ni añoranzas. Lejos de miedos y horas bajas. Una simple sombra, un yo desdibujado que apenas sea un retazo de todo lo vivido. Apretar los ojos muy fuerte. Y abrirlos con prudencia, intentando traernos un poco de nada a este todo que tanto sofoca.

divendres, 18 de gener del 2013

Cambio de...

Hace poco alguien muy cercano me preguntó si creía que había cambiado para mal, por supuesto mi respuesta fue negativa, simplemente se está haciendo mayor y está aprendiendo a defenderse. La pregunta, sin embargo, lleva merodeando en mi cabeza desde entonces, y cuando tienes algo entre ceja y ceja parece que todo gira entorno a ello.

El martes, viendo el piloto de 'The Carrie Diaries', la precuela de 'Sexo en Nueva York', me preguntaba si la adolescente Carrie Bradshaw y sus planteamientos distaban tanto de las dudas eternas a las que nos tenía acostumbrados el personaje de Sarah-Jessica Parker. Aún así todavía he tardado tres días en ponerme a escribir, no sé si tengo que poner algo en claro o ordenar mis ideas. Sinceramente, espero que sea lo segundo, porque últimamente no estoy lúcida como para aclarar nada a nadie, ni a mí misma.

Podemos echar balones fuera y culpar a los principales responsables de todo lo malo en esta vida: el tiempo y las hormonas. Pero lo cierto es que nos pasamos la vida queriendo ser lo que no somos; de niños queremos ser mayores, o princesas, y nos ponemos los tacones de mamá, cuando llega la adolescencia queremos ser cualquier persona menos mamá y a medida que nos vamos haciendo mayores intentamos buscar un hueco entre el adulto que quieren que seas, el que tú crees que deberías ser, quien consigues ser en ese momento y el niño que no quieres que desaparezca, todo intentando mantener algo de la rebeldía que nos prendía el fuego a los quince años para no perder la integridad. Así que sí, somos nosotros los que pedimos a gritos cambiar.

A menudo las circunstancias empujan y ayudan a virar las velas, pero nosotros tenemos que dar el golpe de timón final (casi siempre). Y es que, ¿qué tiene de malo cambiar?

Más veces de las que nos gustaría reconocer hemos acusado a éste o aquella de haber cambiado, de no ser el que era, o nos han señalado con el índice y hemos sido castigados con el mismo veredicto. ¿Con qué criterio decidimos que el cambio en los otros es malo? ¿Por qué lo hacemos con los demás cuando nos resulta tan molesto que nos lo hagan a nosotros? ¿Por qué somos tan propensos a no aceptar nuestros propios cambios?

Tenemos en la cabeza la idea de que cambiar tiene una connotación negativa. 'Ya no eres el de antes' pocas veces no es un reproche, a veces por parte de otros y muchas por la de nuestro trastornado Pepito Grillo, al que demasiado de vez en cuando le convendría salir a tomarse una cervecita por ahí y airearse un poco. Hasta donde me alcanza al razón, cambiar es la consecuencia lógica al paso de la vida. No podemos ser los mismos que hace unos años, tenemos que hacer equilibrismo entre lo que somos y las expectativas de lo que deberíamos haber sido. A medida que avanzas, el bagaje es más grande e incorporarlo en tu vida implicará que cambies tu perspectiva, ésta hará que cambies tu manera de hacer y poco a poco irás forjando quien eres en este preciso instante, que no tiene porqué ser la misma persona que fuiste ayer o serás mañana. Quizás te des un golpe en la cabeza, te caiga un rayo encima o te pique una araña y te conviertas en spider-man, el caso es que, guste o no, todo cambio brusco está a la vuelta de nuestras necesidades. Otros, en cambio, serán más lentos y los irás incorporando poco a poco hasta que un día te percates de ellos o asumas las cosas desde un nuevo punto de vista.

Y si el cambio es positivo, ¿por qué tanta preocupación? Las cosas nuevas no siempre gustan, y hay veces que el cambio puede ser positivo para uno per no para el que está a su lado puede no serlo. Ante ahí, hay dos opciones: o te adaptas a los cambios del otro, o conviertes a ese otro en un cambio en tu vida, un ayer, quizás un mañana pero no un hoy. También ocurre que a medida que vas creciendo con alguien os amoldáis el uno al otro y crecéis a la vez que os complementáis y apoyáis. Esto suena muy conyugal (recuerdo que Padre Pablo siempre me decía que querer a alguien era enamorarse de ese alguien cada día), pero es claramente aplicable a todo tipo de relaciones: familiares, de amistad, e incluso laborales. Hay que avanzar en el cambio, cuando llegue un punto en que el cambio sea demasiado grande por cualquiera de las dos partes, dejarlo ir. Más cambios.

Estaría bien hacer un repaso mental cada noche de las cosas que han cambiado y queremos retomar y ponernos manos a la obra, también de las que queremos que cambien y, lo mismo, manos a la obra igual. Como sé que es prácticamente un imposible, al menos intentarlo hacer una vez al mes, que digo, al trimestre. Va, al menos como repaso anual. Entonces, y no prometo nada, podremos conseguir querernos más, buscarnos mejor y no esperar de los otros lo que no queremos que esperen de nosotros. Porque si en algún momento tenemos grabado a fuego que un cambio es necesario, ahí no habrá quien nos pare. Y estaremos dispuestos a arrollar.

Alice's adventures in Wonderland - Lewis Carroll

dilluns, 31 de desembre del 2012

En el mismo folio la lista de la compra y una canción... - O despropósitos anteriores y otras anotaciones atemporales

Los propósitos de año nuevo y yo no somos los mejores amigos del mundo, las pocas veces que he intentado trabar amistad con ellos se han vuelto contra mí y han terminado por ser despropósitos de año viejo 365 días después. Pero aquí estamos, a 1 de enero del 2013, sin que se haya acabado el mundo ni nada, ypor nada me refiero a que, seamos realistas, han passdo 5 horas de un 2012 un tanto desastroso (generalmente hablando), las cosas no van a cambiar por arte de magia; lo mismo entonces sí que tendríamos que empezar a creer en los mayas.

Pero ésa no es la actitud adecuada.

Los comienzos pueden ser nuevos párrafos, nuevos capítulos, nuevas entregas, y si me apuras, hasta alguno puede reinventarse de tal manera que escriba una historia totalmente diferente. Sobretodo, son pedazos de nuestra vida en blanco esperando los dramas de un mañana lleno de histerias o la caligrafía suave de un porvenir sonriente y soleado. Tenemos que recordar que hacer las histerias un poco más soleadas depende de nosotros y que no colgarnos como yonkis de los días soleados también es necesario. Lo bueno es que así, como teoría y consejo (sobretodo ajeno) queda súper bonito, lo malo es que aplicarlo y convertirlo en práctica es lo que viene siendo una caquita. Pero, ¿oye? Quién soy yo para no dejaros tener propósitos de Año Nuevo. Sólo hay que tenerlo en mente y si alguna vez nos acordamos de ponerlo en práctica, eso que nos llevamos.

Como sé que los propósitos no me funcionan pero las listas me encantan, y además todavía tengo que matar más de dos horas hasta irme a casa, voy a hacer una lista de cosas a tener en cuenta durante este año que empieza y, a poder ser, los que vendrán.

Os cuento, en mi casa tenemos un bloc de notas imantado en la nevera donde apuntamos las cosas que faltan o van terminando. Lo vamos mirando, así de reojo, sin darle mucha importancia, y cuando alguno de los tres vamos a hacer la compra, si recordamos algo de la lista, lo compramos y después tachamos lo que sea que ya se halle ya bajo nuestra protección. Como ejercicio no puede estar mal, dejar la lista hecha y si nos acordamos de lo que nos dijimos al empezar cuando vayamos por la mitad (del año, del capítulo, de la vida o del camino), quizás podamos aprender de nosotros mismos y de nuestra necesidad. Allá va.

- Los siempres no están dichos para tomarse en serio cada vez que se pronuncian, la vida es demasiado corta para llenarla de tantos ratos tan largos.

- La gente se va de nuestra vida y nosotros de la vida de la gente. Es fácil. No tenemos que buscar constantemente peros ni porqués, sobretodo, no tenemos que buscar culpables ni demonizar (¡qué ilusión! Estoy usando un artículo nuevo, avance de la vigésima tercera edición del DRAE) al otro, tampoco a nosotros mismos.

- Los errores son el pan de cada día, hay que aprender a convivir con ellos como trazos del camino. Si somos conscientes de ellos es porque en su momento ya nos marcaron, no es necesario que nos castiguemos por ellos al mirarnos al espejo cada mañana.

- Quererse mucho es imprescindible. Una autoestima sana nos hará la vida más fácil, a nosotros mismos y a los que nos rodean.

- No hay que confundir el quererse mucho con el creerse mucho. El amor propio debería consistir en ser conscientes de nuestros defectos, abrazarlos como parte de nosotros, pulirlos o remediarlos si nos molesta convivir con ellos, y querernos a pesar de ellos y por ellos. Crearse y creerse virtudes exageradas de uno mismo no es la manera. Por supuesto, tenemos que reconocernos nuestras virtudes, méritos y mejoras. No hay que mezclar las cosas.

- Las comparaciones son odiosas y las circunstancias únicas, así que las primeras no tienen razón de ser. No vale la pena perder el tiempo con ellas.

- Es bueno reconocernos en el pasado, pero es aún mejor reconocer los cambios que nos han llevado al hoy. Si el hoy no nos gusta, tendremos que pensar en los cambios que mañana nos hagan ver estas mejoras pensando en el ayer.

- Nuestras propias expectativas suelen ser nuestros peores demonios. Los cambios suceden, sin más, no necesariamente para bien, tampoco para mal. Con el tiempo la única opción es aprender a ser maleables.

- Que lo más largo de la distancia sea la propia palabra es cuestión de proponérselo. Hay relaciones que se estrechan con los kilómetros de más. Sobretodo, aprendes a necesitar y a dar de otra manera.

- A estas alturas de mi dieta (denominada 'operación bikini 2015', con optimismo) tengo que reconocer que lo de 'mens sana in corpore sano' puede que no sea del todo mentira, pero tampoco tenemos que perder la cabeza, ni pasándonos de intelectuales ni de adoradores del físico.

- Sentirse querido y arropado por la familia es el pilar de una vida feliz. Si tenemos eso, lo mínimo es trabajar para devolverlo y cuidar de quien, al final, va a estar allí independientemente de las circunstancias.

- Con el tiempo y muchas cosas de por medio hay amigos que se convierten en familia, es importante aplicar con ellos el punto anterior y ser indulgentes cuando la confianza da asco, porque eso es lo que hace que esa amistad tenga súper poderes.

- Es necesario creer en el mañana cuando el hoy no deja opciones.

- Es imprescindible recordar que habrá alguien que crea en ti cuando tú no tengas fuerzas para hacerlo.

- Las palabras son más fáciles que las acciones, por eso los intentos son tan importantes, aunque no siempre den los mejores resultados.

- Hay veces que es necesario coger un billete a cualquier lugar e irse. Aunque sea un billete de renfe a una hora de distancia y esa misma noche estés de vuelta. Hazlo. Las cosas no serán más fáciles después pero seguramente tu perspectiva sí lo sea.

- Hacer cosas solo es un valor añadido a quiénes somos, no hay que tenerle miedo. ¡Y menos en la era de las redes sociales y el 3g!

- Leer clásicos está bien, poner a parir a las 'celebrities' de la 'cuore' también, no te sientas mal por ello. Es aplicable al cine y a la música. Alimentar el alma humana está bien, pero ver a Mario Casas sin camiseta en pantalla grande también. Al fin y al cabo, hormonas y materia gris conviven en un mismo cuerpo.

- No todos los días pueden ser un gran día, pero cuando lleves muchos días de mierda dite que se acabó y que si hace falta te comerás un trozo de tarta de chocolate. O mejor, te tomarás un lo que sea con alguien que te haga la vida más ligera y coloreada.

Como lista base no está mal, creo. Y el tiempo ya dirá qué tachamos definitivamente, qué añadimos y qué necesitamos buscar una y otra vez.

Si el 2013 no es un año de propósitos al menos que haya una intención clara: que la mejor arma contra los tiempos que corren sea una sonrisa que eche pa'trás, después sólo nos queda andar mirando al frente, porque es algo a lo que la vida no da más opción.