Cuento las horas para que suene el despertador y pienso: otra noche con cinco horas de sueño a las espaldas, esto no puede ser.
Pero hoy, a punto de tener 27 y un día, necesito perder unos minutos en este espacio que tengo abandonado a su suerte.
Abandonado porque si hubiese escrito durante el último mes, seguramente hubiese echado bilis por los dedos, y para teclear desasosiegos, ya hay millones de manos en la red.
Si hay alguna cosa que tengo muy clara es que las quejas están fuera de lugar en mi día a día, que sólo la gratitud tiene cabida, y que el resto pasa por gestionar mejor o peor lo que a uno le pasa por sus adentros.
Y hay días como hoy, en que la gratitud lo colma todo, no deja espacio para más, y se tiene que aprovechar.
Que sí, que ya sólo quedan tres para los 30, lo sé. ¿Y qué? No sé qué me pasará cuando llegue a la cifra redonda, pero de momento, lo tengo claro: que lleguen, que sumen y que los disfrute, no necesito más.
Dejando sus redes sociales y sus avisos a parte (que nos echan una mano a todos), hoy el día se ha llenado de gente bonita y he muerto de amor muchas veces:
Con las amistades que están lejos y siempre sientes cerca, y quien dice amistades, dice familia.
Con los pequeños gestos y las pequeñas victorias del día a día cotidiano, de la jornada laboral (por la que doy infinitas gracias).
Con el futuro más cercano que está por acontecerse: el sábado llego con los brazos abiertos, y que intenten despegarme de ti. Igual que el sábado, el 14 de agosto; igual que el 14 de agosto, el 1 de septiembre. Porque lo bueno de las despedidas es que casi siempre son "hasta luegos", con su fecha de retorno incluida.
Con la suerte de no necesitar más de lo que he tenido a la hora de cenar: porque son ellos los que me hacen grande, porque no necesito nada nada nada (aunque han sido regalos preciosos) más que a ellos en una mesa, o donde sea, más que a ellos cerca.
No sé si vendrán crisis, no sé si a los 30 me daré un golpe en la cabeza, no sé si vendrán arrepentimientos. De momento, sé lo que tengo y que no puedo pedir más.
De los 26, me llevo en la maleta... una alta médica, la emoción de LA boda (evidentemente, la mía no), dejar de lado unos fantasmas y ser capaz de afrontar otros, reencuentros, ser siempre consciente de mi familia (con todas sus cosas muy buenas y sus pocas cosas poco malas), saber que la distancia no son más que números (no olvidar nunca esta lección, que ya no sé cuánto hace que la aprendí), las risas contagiosas, las rutinas que no amargan, y la gratitud de amanecer cada día con todo lo que me rodea a mi disposición.
...y que cumpla muchos más.
dimecres, 6 d’agost del 2014
divendres, 18 d’abril del 2014
Inspira gratitud...
y expira las cosas malas de la vida.
Eso es lo que dice mi profesora de yoga, que hay que respirar lo bueno y expulsar lo más regular.
Y eso es lo que intento re-aprender cada día: dar las gracias y no los pesares. Mirar a mi alrededor y saberme afortunada. Mirar a mis adentros y dar las gracias.
Ser consciente del aquí y del ahora y dar las gracias. Dar las gracias porque si puedo escribir estas palabras quiere decir que tengo suficientes recursos como para sentarme delante de un ordenador y teclear; dar las gracias por el ahora, porque eso quiere decir que tengo un presente entre las manos. Un ahora desde el que dejar atrás todo lo que no me gustó del antes, un ahora desde el que construir el después que a mí me apetezca, un ahora para reinventarme continuamente o perseverar con aquello que no quiero que me falte jamás. Dar las gracias porque sé que el aquí y el ahora son lujos de los que gran parte de la población no puede disfrutar; y es que cuando nos vamos a dormir pensando que mañana será otro día, a menudo olvidamos que para muchos la vida es la misma lucha diaria, que su cotidianidad es el mismísimo infierno, y sin embargo agradecen cada amanecer.
Deberíamos obligarnos a diario a cerrar los ojos para acostarnos dando las gracias por cada rayo de sol que nos ha rozado la piel, por los cielos rosados, por las amapolas en primavera, la ginesta en verano, las hojas caídas en otoño, y el calor del hogar en invierno; por las sonrisas que te sacan cuando lo que te apetece es patalear, por las que sacas a quien le apetece llorar; por los oídos que nos escuchan, las manos que nos agarran y los brazos que nos escudan de dardos envenenados; por cada bocado que podemos llevarnos a la boca sin pensar que no sabes cuándo será la próxima vez que tendrás algo para comer; por cada palabra que somos capaces de leer, por todas las lecturas que somos capaces de comprender, por toda la comprensión que nos hace más abiertos de miras y, por tanto, más humanos; porque somos capaces de querer, porque nos sabemos queridos, porque podemos aprender a querernos un poquito más cada día.
Cerrar los ojos y sentir una pequeña ola de felicidad. Y estar agradecidos por ello.
(dar las gracias por la familia que me rodea, por las amigas que son familia, por las amistades que perduran a pesar de ser opuestos, a pesar de las diferencias de criterios, a pesar de la distancia, por los que se fueron y te enseñaron a cerrar puertas, por los reencuentros y su luz, por el amor propio, por los cambios, por el hoy, por poder pensar en un mañana, por agradecer a diario el lujo de respirar lo bueno y expirar lo malo)
dijous, 12 de desembre del 2013
Este año, me cuelo y me adelanto al Adviento.
Este año, por
primera vez, no tengo calendario de adviento. Después de deshacerme unas pocas
semanas atrás del calendario de diciembre de 2012 con la mitad de chocolatinas
todavía por descubrir, era la mejor decisión. ¿Por qué estaba todavía a medias?
Porque el chocolate con leche lo tengo prohibidísimo, y si me lo permito, que
sea a lo grande, no con una chocolatina diminuta. Total, que cuando pienso en
adviento, me vienen a la cabeza los calendarios de chocolatinas y las cuatro
velas los domingos en misa; así que este año ni pa’ti, ni pa’mí, porque uno no
lo como y lo otro cada vez me cuesta más tragarlo.
Para los que estéis
perdidos y no sepáis de qué va la cosa, el Adviento, en el calendario
cristiano, es la cuenta atrás para la llegada del niño Jesús, el 25 de
diciembre a las 00.00, hora mágica para la Misa del Gallo, obligado ritual de infancia. Independientemente
de que uno celebre la llegada de Nuestro Señor Jesusito, el Solsticio de
Invierno, el inicio de las vacaciones, o que llegue enero y mandar a tomar por
saco los años lamentables, diciembre es un mes de cuenta atrás. Incluso hay
quien cuenta atrás para que se termine la Navidad, que nunca llueve a gusto de todos.
Desde luego, no es
el caso. La Navidad
me encanta. Me encantan las calles iluminadas, los escaparates vestidos de gala,
escribir alguna postal, sacar las decoraciones y ponerse manos a la obra;
incluso me gustan algunos villancicos y, me gusta el ‘nanarana, nanana’ de
Rafael en el anuncio de la lotería. Adoro las comidas navideñas, las cenas
–incluso en las que no puedo estar-, y los desayunos después de una guardia
nocturna de festivo; con sus discusiones, sus peleas, sus apuros y nuestra
imperfección en todo su esplendor; pero sobretodo, con su familiaridad, su
cotidianidad, su confianza, sus copas de más y sus vergüenzas de menos, sus
sobremesas inacabables, sus fotos tontísimas, y también las casi formales de
familia. Me gustan algunos turrones y los roscos de vino más que los polvorones;
espero con ansias els galets de Nadal, la comida de Sant Esteve y el roscón de
reyes. Me gusta empezar el año con una comida familiar, aunque en la mesa
seamos más zombies que personas. Disfruto con los villancicos para hacer cagar
al Tió, y arreándole de par en par todos los primos juntos. Me gusta que mi tía
cumpla años el día de los inocentes, ¡y tener una excusa más para celebrar! Me
gusta tener un motivo para decir, ‘no tenemos excusa, ¡nos vemos sí o sí!’.
Me gusta que los
abrazos sean más fáciles y las caras amables más contagiosas.
Me gusta que se
pausen los pesares y se haga un esfuerzo por doblar alegrías.
Me gusta celebrar a
los que vuelven a casa por Navidad.
Este año no
necesito adviento, la Navidad
empezó en Londres el 30 de noviembre, con sus luces, sus reencuentros sus
comilonas; y me la traje de vuelta en el avión para no soltarla hasta que se la
lleven los reyes de Oriente (hasta el año que viene).
| Somerset House - London, Nov'13 |
El compte enrere, sempre que pel camí es segueixi endavant.
Tinc, per bona o mala costum, escriure en el blog en castellà. Els motius són diferents: em sento còmoda, és una llengua que m'encanta, alguns amics i familiars no entenen el català (i no tenen per què, igual que no sé l'holandès o el japonès o qualsevol altra llengua que no siguin les meves nadives i l'anglès), i quan he parlat d'algun tema conflictiu m'ha semblat important que un castellanoparlant entengués les coses amb facilitat.
Tinc 26 anys i, si fa o no fa, sóc independentista. Dic si fa o no fa perquè ja m'agradaria que en aquest Estat de merda poguéssim conviure sense perdre el nostre bé més preat: la cultura pròpia. Però s'ha demostrat que no pot ser, que els de l'Estat gran no están por la labor. De fet, no estan per feina per res; però, sense desviar-me del tema, han deixat més que demostrat que no estan per feina a l'hora de defensar una llengua que no sigui la castellana, unes tradicions que no siguin les seves i unes voluntats que no vinguin marcades en aquesta Constitució que ens regeix i que s'ha quedat anquilosada en uns temps que no són els que corren. Els que manen a l'Estat Espanyol, crisol de culturas, mai han treballat ni treballaran perquè es visqui en un entorn de tolerància i de respecte de les diverses identitats que formem part del mateix. I ja no parlo de la pela, perquè d'economia no entenc, però em sembla que les xifres parlen soles; parlo de cultura, que al final és el que ens ha fet més mal a tots: que ens vulguin castellanitzar, que ningú s'inmuti, que ens toquin la llengua que tan soferta persisteix malgrat les mil i una prohibicions, que venguin la Història explicada des de l'altra banda, i una llarga llista. No, ha quedat demostrat que el Federalisme (i menys un que funcionés), no és possible. I em sap molt greu, perquè ja em meravello cada cop que estic a l'Alhambra, visito Toledo, torno a Madrid, recordo el Camino de Santiago o fem una escapada a qualsevol indret de la península (la darrera va estar al País Basc, però abans havia estat València); em sap greu perquè he conegut a gent excepcional a tots aquests indrets, perquè part de la meva família és andalusa i algunes de les meves grans amistats, madrilenyes. Però, senyors, si no és possible la convivència, no hi vull ser. Sóc independentista perquè no em reconec en la seva identitat i perquè crec fermament que aquest petit país nostre pot tenir un projecte de creixement per si mateix que no pot tenir formant part de l'Estat Espanyol.
Però no ens equivoquem.
Avui ha sortit el senyor Mas i ha dit "Catalans i catalanes, tenim data per la consulta" (i els de l'ABC han dit, "Los muy cabrones nos van a joder la Almudena, ¡ADREDE! -sincerament, vaig viure dos anys a Madrid i des dels 15 mai he perdut el vincle amb la ciutat i sóc incapaç de recordar quan és la festa autonòmica d'allà... ¡EN FIN!). Aleshores molts catalans i catalanes han dit.... "Serem lliiiiuuuureeeeeesssss!!!!" i el país anirà millor només perquè el poble -que encara s'ha de veure- haurà clamat un cant de germanor i llibertat.
Doncs no.
Si el procés independentista segueix el seu curs, tal i com va ara per ara, passarà una cosa que mai m'hagués imaginat: Catalunya serà independent de la mà de la dreta. Perquè, senyors, en aquest país qui mana és CiU, i per molt que, com a matrimoni que sobreviu al pas del temps com pot, ara estiguin passant una crisi, els senyors d'Unió, que són una gent molt rància, segueixen allà: manant, vivint al Palace i menyspreant tota una població que lluita cada dia per seguir endavant. Arribarem a la Independència de la mà d'una colla de corruptes, d'una gent que prioritza els interessos propis de les classes benestatns que els drets socials, d'una gent que han estat els primers en retallar Sanitat i Educació, que donen la cara per les males actuacions dels Mossos i no els sancionen, que s'han apuntat malament i tard a la voluntat del poble català, tan sols amb interessos electorals i amb la visió de que l'Estat deixi de fotre mà a la nostra caixa per poder fotre'n més ells.
No ens hem d'equivocar. El 9 de novembre del 2014, quan votem sí, sí; no estarem votant per la nostra llibertat, tan sols estarem intentant evitar una pena de mort.
La Independència no serà la nostra panacea, i més ens val recordar-ho. Perquè avui, i al 2014, aquest país seguirà tenint uns dèficits socials escandalosos, seguirà encaminant a la seva societat a la pobresa, i seguirà oferint una educació de pitjor qualitat, en català, sí, però sense recursos. Seguiran carregant-se un dels millors sistemes sanitaris mundials i seguiran eixamplant la diferència entre ciutadans de primers i segona.
Com diu el meu germà, "Encert i sort companys!", per recordar que, abans i després del 9 de novembre de 2014, s'ha de seguir construint un país que els nostres governants estan deixant en runes i que la Independència, més lluny que a prop de ser la redempció absoluta, serà un camí difícil, que tan sols valdrà la pena, si de la mà canvien moltes altres coses en el nostre govern. Començant per la gent que ens mana.
pd. Durant molts anys he escoltat com em deien "facha" o em preguntaven si votava al PP. Bé, sempre he votat a ERC. I per si no queda clar, un intolerant català em sembla igual de qüestionable que un intolerant de qualsevol altra banda del món. I sí, Madrid segueix sent una de les meves ciutats predilectes; també ho és Londres i això no em fa ser un britànica conservadora que odia als escocesos.
dijous, 17 d’octubre del 2013
De vuelta al oasis. Sin recortes.
La espera ha sido larga pero el resultado, lo prometo, merece la pena.
Ahora sí, sin interrupciones ni errores, diecinueve minutos (y dos segundos), que esconden el elixir de una tarde en Son Marroig que nos dejó maravillada, y los (súper exprimidos) días previos.
Veinte minutos de desconexión, de calor, pero también de calidez, de diversión, de buen rollo y de buena sintonía. Para tenerlos a mano siempre que los necesitemos, porque las temperaturas bajan o porque el ánimo se lo pide al cuerpo. Pasen y vean, que el espectáculo es gratuito y no tiene desperdicio.
dijous, 3 d’octubre del 2013
Declaración de intenciones. Bienvenida al otoño
Por fin ha llegado el otoño. Digo que ha llegado, que empezar, por lo visto, lo hizo unos días atrás. Nadie lo hubiese dicho, con un uno de octubre minifaldero y pegajoso, como si nunca hubiese fin para un verano frío -el más frío de los últimos tiempos, vaticinaban meteorólogos apocalípticos- que, en realidad, no fue. Pero sí, por fin caen las primeras lluvias (y menos mal, porque el bochorno de ayer alcanzó niveles de insalubridad, segurísimo), algo tímidas para tanta nube amenazadora, permitiendo que el mundo gire según lo acordado.
Y es que si hay algo común en la vida de la mayoría de los terrestres a primeros de otoño es que todo vuelve de puntillas a su lugar. Terminado el verano, terminado el imperio del caos. ¿El caos? Sí, el caos. Haciendo un repaso por encima tenemos las comidas mal planificadas y a deshoras, las copas entre semana -ya, ya, sé que a alguno esto le dura todo el año-, las siestas que se van de las manos y las noches en vela, el exceso de informalidad en todos los ámbitos imaginables; uno se dedica a contemplarse la marca del moreno en la playa, o a pastar con las vacas por el monte, y el mundo deja de existir. Entonces llega septiembre, con sus calores impropios para el mes, fastidiando a los que se fueron a la playa la segunda quincena de agosto y pillaron más lluvias que los pobres animalitos que se quedaron fuera del arca, con sus horarios completos y sus rutinas establecidas, poco a poco llega el octubre, el curso ya ha empezado, todo vuelve a funcionar, consciente o inconscientemente hacemos revisión de vida y entonces... ¡Plof! Nos estalla el cerebro con tantos propósitos extraviados.
Cuando se trata de propósitos, el nuevo curso es la reválida de enero. Quien más, quien menos, vive algún acontecimiento que hace que salte la alarma y piense que septiembre, o los días siguientes, es un buen momento para volver a empezar: vuelven a empezar las clases, y eso siempre da una sensación de orden muy agradable, otros empiezan vidas nuevas después del verano y otros... bueno, siempre queda alguna serie que estrena temporada por estas fechas. El caso es que, lejos de los propósitos -la mayoría incumplidos a estas alturas- de cada uno de enero, a primeros de otoño, a sólo tres meses de primeros de invierno y del fin de las voluntades humanas, abducidas por el espíritu navideño o el de las gominolas, como se os antoje; a primeros de otoño, decía, uno hace una declaración de intenciones en toda regla. Nada de abstracciones a largo plazo, sólo quedan tres meses por delante y el fantasma de nuestro yo vacacional está en nuestra contra, ¿pero qué cuesta un pequeño sprint?
Abrimos las agendas -porque sí, a no ser que seamos, o lo pretendamos, gentes muy respetables de las que tienen una agenda de piel con anillas y cada diciembre se apresuran a comprar el recambio para no perderse reunión alguna desde año nuevo, todos estrenamos agenda en septiembre-, dispuestos a anotar hasta los momentos en que nos toca inspirar y expirar. Que el despertador suene a una hora en la que no se aprecia lo mucho que nos gusta dormir por la mañana, yoga antes de desayunar, desayunar en condiciones para empezar el día con energía y buen rollo (habrás dejado las cosas preparadas la noche anterior, en un ataque de prevención -y locura transitoria-), y a parte de los menesteres ocupacionales de cada uno (trabajar, estudiar, sobrevivir), como mínimo media hora de workout (ejercicio de toda la vida, pero suena menos a chándal de táctel) y, si puede ser, una hora al menos tres veces a la semana, dejar un rato para leer las noticias completas y no sólo alimentarte de titulares de Twitter, tener en cuenta que antes de irte a dormir leerás un rato en la cama (por tanto, adelantar la hora de acostarse para no perder tiempo de sueño/descanso), pensar que tal día emiten esa serie en estados unidos (por ejemplo) y que al día siguiente tienes que dejar una hora libre para regodearte en ello. La lista de tareas diarias incluirán, como mínimo, dejar la cama hecha cada mañana, pasar el plumero y la mopa/escoba cada día y no dejar platos sucios al irse a dormir; seguir un ritual de hidratación cada mañana que incluya hidratante facial, hidratante corporal y cremas específicas (anticelulítica, pies agrietados, manos resecas) y un ritual de purificación cada noche, digamos que desmaquillante de ojos, desmaquillante a secas, gel limpiador, exfoliante dos o tres veces a la semana, tónico, crema de noche y antiarrugas. No sólo planificarás qué hacer, si no cómo hacerlo. Durante el fin de semana, minuciosamente preparado para disfrutar del ocio / vida social y del descanso a partes iguales, dedicaremos un par de horas a penar en qué comer durante la semana, sin pasar las 1000 calorías diarias, que la báscula se ha cobrado con ganas el despiporre estival y a sabiendas de que el fin de semana fue hecho para pecar. Te cortarás el pelo a menos dos veces antes de navidad (quién dice pelo, dice el medio centímetro que te corta la peluquera si le lloras mucho -nivel: súper experto- que 'sólo las puntas'), te arreglarás las uñas una vez a la semana, harás limpieza de armario aprovechando el cambio de temporada y no guardarás ropa por nostalgia. Además de estar al día en actualidad (porque, repetimos, te informarás más allá de los tuits de tu TL), estarás al día en tendencias, las revistas de moda tendrán un huequito en tu vida e irás a comprar sabiendo qué quieres. También crearás un sistema se ahorro para las vacas (más flacas), o para un auto-regalazo en navidad, o porque sí. Todo esto acompañado de ua lista de libros y películas que elevarán tu espíritu, tu capacidad de crítica y, sobretodo, tu pedantería.
Serás una máquina de precisión. Hasta que te des cuenta, por enésima vez, que cuando suene el despertador lo pondrás cinco minutos más, otros cinco, y así sucesivamente hasta que te levantes de un salto porque no llegas a la ducha, ni a tus menesteres oficiales desbaratando la teoría del yoga, el desayuno y el sosiego de una. O que el tiempo que debieras haber dedicado al corpore sano lo has dedicado a buscar los tuits más frikis o a cotillear no sé qué en Facebook o en Pinterest. El día que tengas una tarde mala y una nómina no tan mala y vuelvas a casa con un montón de bolsas, la tarjeta temblando y encima no tengas dónde meter las nuevas adquisiciones porque has sido incapaz de hacer limpieza de un montón de trapos que no te sirven, aunque no quieras reconocerlo no te gustan y, sobra decirlo, no te pones (desde hace años). Ni hablamos de las cenas en las que te zampas las mil calorías de un bocado o de los fines de semana en que no apareces por casa. Una máquina de precisión, sí, cada curso nuevo la misma historia, sin margen de error.
¿Sabes que te digo? Que este post ya lleva dos semanas de retraso, a lo mejor es porque no tenía agenda nueva todavía. Pero, mira, no tengo ganas ni de pensarlo, que ya es viernes y las cosas siempre es mejor planteárselas los lunes.
dimecres, 4 de setembre del 2013
La no-depresión post-vacacional. De regreso.
Llega septiembre y yo con estos pelos. Con el moño de boda, todavía, amanecí el primer día de mes sentada en mi habitual silla de administrativa de urgencias, con los ojos pegados y pocas parturientas que animasen el cotarro. La que no se ha asomado a verme, por la cuenta que le trae, es la depresión post-vacacional, y es que cuando trabajas los doce meses del año, de agosto lo único que esperas es que termine y con su 31 lleguen los regresos: que vuelvan a funcionar autobuses, trenes y metros, que los guiris vuelvan a sus casas, y que también vuelvan a la suya aquellos a quienes seguimos las vacaciones al dedillo por eso de echarles de menos sin la habitual cotidianidad. Puestos a regresar, en unas horas me planto en el aeropuerto, con la sonrisa de oreja a oreja, si no se me cae la cara de tanta ojera, y vuelvo a casa con un hermano debajo del brazo, quién querrá un pan. A finales de mes, más regresos, pero seguro que dan para otro post.
Yo también regreso. Regreso de unos meses de estar de vuelta de todo y de algunos. Vuelvo a sabiendas de que no hay mayor suerte -más en los tiempos que corren- que tener a dónde y a quién regresar. Sin regreso, espero, son los cambios, en infinitos aspectos, del último año. Siempre he pensado que Heráclito (es ese señor que hablaba de ríos) tenía mucha razón y que Alicia (en el país de las Maravillas) es una sabia por preguntarse a cada momento quién es y adónde va; que si uno no se pierde no podrá encontrar nuevos caminos, nuevas puertas de salida ni nuevas ventanas por las que colarse en un pedacito de mundo nuevo y que no hay nada más peligroso que aferrarse a lo que pudo haber sido y nunca fue, a lo que fue y ya no es, y a lo que es pero no queremos ver que viene con fecha de caducidad impresa, tiempo arriba, tiempo abajo.
De donde sí regreso para volver es de cinco días en una porción de paraíso balear. No sólo por las aguas cristalinas de Formentor o Es Trenc, que también, ni por las tapas maravillosas (y con descuento) que nos zampamos en Valldemossa, desde luego no será por las curvas para bajar a su puerto; tampoco las cenas en casas espectaculares de Santa Ponça, que de tanta espectacularidad de la casa la cena venía con espectáculo incluido; no sólo es la tranquilidad de practicar la 'postura fácil' en medio de la calma absoluta del far de Ses Salines y definitivamente no fue aparcar en Palma cada noche; no fue cosa sólo de la suerte de vivir un enlace tan especial en un emplazamiento tan mágico como Son Marroig, aunque seguro que tuvo mucho que ver. Fue el compendio de todo eso y mucho más. La necesidad de evadirme del mundo y la facilidad de hacerlo sólo al poner un pie en el aeropuerto, los complejos perdidos en algún punto del camino, las no-preocupaciones durante más se 24 horas seguidas, sin interrupciones, ni sustos, ni malas noticias, disfrutar del dolce far niente en todo su esplendor, de pasear sin rumbo y no perdernos, de ver sólo el lado maravilloso de las cosas, del arropamiento tan especial que siempre siento con mis tíos (aunque a veces los especiales sean ellos), de la necesidad de nada más que lo que me rodeaba en ese momento, del silencio y las siestas a la orilla del mar, de las risas tontas y las tontísimas. Los gins, las cervezas... La compañía.
Sin mi compañera de viaje, ni me lo planteo, este trozo de paraíso hubiese sido menos paradisíaco, menos acogedor, menos sereno y mucho menos divertido. Le debo confidencias, confianza y cinco días de cercanía e intimidad sin barreras en los que hemos sido más amigas que primas, y hemos vuelto siendo más familia que nunca. Ella ha sido el factor diferencial, ha hecho de estos días una experiencia única y fue un inmenso placer compartir silencios y charlas, ella con su cocktail y yo con mi gin-tonic, inquietudes y cervezas, ella con su cerveza, yo con mi tinto y las dos con una tostada de sobrasada con miel (que no duró mucho) delante. Ella hizo todavía más especial una ceremonia mágica con una pareja que irradiaba felicidad, lloramos juntas, nos resignamos juntas a altas horas de la madrugada (bueno, ella se resignó conmigo), y, sobretodo, nos emocionamos y maravillamos juntas. ¡Por no hablar de lo increíblemente preciosas que estábamos las dos! Las cosas como son, vuelvo más bonita gracias a los días vividos a su lado, y esa sensación es el tesoro que me traigo de regreso, el poder volver a sentirme así de calmada cuando la bruma aceche, sólo regresando, con los ojos cerrados y la mente abierta, a cinco días en la gloria. El regreso siempre servirá, al menos, para reencontrarnos con los pedazos de uno mismo que hemos dejado por el camino. Hasta ahora no se me ocurre mejor motivo para olvidar el rencor y la pereza del que siempre tiene que volver (con lo bonito que es tener dónde regresar).
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