dissabte, 21 d’octubre del 2017

Diario de ausencias. Volumen I.


Pronto hará dos años que no estás y a ratos, aún sin saber si está bien o mal, me resisto a dejarte ir. Hace poco escribía que te echaba tanto de menos que te podría escribir a diario, y no es mentira. Ya han pasado años desde que dejé de escribir en diarios (¿ocho?, ¿nueve?) y me limito a publicar lo que me pasa por la cabeza en este blog, que es un cajón de sastre en toda regla. Tú, que eras modista y costurera, no tenías un cajón desordenado, pero sí mil cajas en las que nunca encontraba nada y tú lo encontrabas todo. Ahora apenas hay una bobina de hilo blanco en la máquina, sé que me lo perdonarás. 

Vivir sin ti no es un problema, eso lo sabíamos de antemano, misito. Sabíamos que tenías que marchar y sabíamos que antes de irte nos habrías dado las herramientas para seguir respirando con todas las ganas del mundo. Lo que se hace cuesta arriba es vivir con tu ausencia. ¿Cómo no me vas a faltar? Explícame si, una vez te diagnosticaron la enfermedad, fui capaz de anular cualquier atisbo de vida social por pasar todo mi tiempo libre contigo, explícame cómo no voy a pensar que no estás conmgio. Conmigo, que entre jornada de mañana y jornada de noche, el ratito de la tarde lo pasaba sentada a tu lado en la silla del hospital. Dime cómo hago para no entrar en la habitación de invitados sin pensar en todas las veces que me eché la siesta a tu lado agarrándote la mano, sin pensar en el uno de enero de hará tres años, cuando llegué al piso después de trabajar en nochevieja, cansada y con frío, y sólo me tuve que meter contigo en la cama para que se parase el mundo, porque nos teníamos la una a la otra y tú tienes súper poderes. 

Vivimos tiempos raros, iaia. Vivimos días en los que nos hubieses preguntado mucho, y no hubises entendido muchas cosas, y el Jaume se hubiese puesto nervioso intentando explicarte, y él no lo dice, tampoco le he preguntado, la verdad, pero no puede ser de otra manera, pero también le dueles. Seguro que tu ausencia, ese presencia que no existía cuando se fue hace seis años, también le mata a ratos. Cómo a todos, menudas tonterías digo. Siempre pensé que él tenía más derecho a estar triste, a estar dolido, a estar enfadado con tu ida; al fin y al cabo, era tu favorito. No digas que no, que donde estés todavía te puede crecer la nariz como a pinocho. Y juntos vivisteis cosas que el resto no podemos atisbar. 

Siempre pensé que su pérdida era más importante. La suya, la de la mama, la de la tieta Carmen, la de la tieta Luisa. Y ellos te han llorado mucho más que yo, misito. No me lo tengas en cuenta, es que lo sigo pensando. Nosotras vivimos cosas muy difíciles juntas los últimos meses y aprendimos del dolor intríseco de la otra, pero aprendimos a vivir, aunque tú me llevabas mucha ventaja, sé que fue una tarea compartida, lo sé porque aprendimos a sentir a la vez y a hablarnos sin palabras. Tenías súper poderes y eras magia. 

Echo de menos la paz de tu regazo. Aunque no creo que las mecedoras sean bienvenidas en un tiempo entre estas cuatro paredes, echo de menos sentarme con la sillita pequeña delante de tu mecedora, en la salita que ahora es mi vestidor -¡Ay, si hubieses podido!-, apoyar la cabeza en tu falda, rodearte con los brazos las piernas, y mecerme a tu ritmo mientras me acariciabas el pelo; a mí, que no me gusta que me toquen la cabeza. En esos ratos perdía la sintonía con el mundo y sólo estaba tu callidez, y no necesitaba más. Cómo no me vas a faltar, misito. 

Éstos son días raros y tú enseñaste cosas muy bonitas a tus hijas y a tu nieto, pero ninguno aprendió a abrazar. Y yo sin tus brazos soy la mitad. Y en los días raros los echo más de menos que nunca. Y antes del abrazo te contaba, y después del abrazo, también te contaba, y durante el abrazo, sólo existíamos tú y yo, y no te podía contar porque el resto del mundo quedaba fuera. Fuiste única en la difícil tarea de sosegarme, pero te prometo que he mejorado. He aprendido a respirar de tanto que te vi hacer oídos sordos a los comentarios desafortuandos y a las cosas que iban mal. A veces pienso que todo lo que tengo de bueno, seguro que más bien poco que mucho, lo aprendí de ti. Todo. Y algunas de las cosas regulares también, pero esas, que lo sepas, quien se las ha quedado ha sido la mama; ya la he visto usar alguna de tus peores técnicas como dejar de escuchar cuando la regaño y sabe que tengo razón, hacerme burla por lo bajini cuando no le gusta lo que le digo o sacar a relucir lágrimas de cocodrilo para hacerme chantaje emocional. Cada vez os parecéis más, y aunque no sé si en lo bueno, desde luego te ha cogido el ritmo en lo de hacer jerseis para bebé como si no hubiese mañana. 

Te sigo necesitando, misito. Y si te escribo te encuentro un poco y me sigues tranquilizando. Y recuerdo que me enseñaste a vivir y a amar, que para ti casi eran sinónimos. 

Ay, iaia, si sólo tuviese tu regazo otro ratito. 

dijous, 5 d’octubre del 2017

Hasta el moño.

Vivimos días tristes y preocupantes, eso lo sabemos todos. El domingo pasaron cosas muy feas en Catalunya, cosas que, por cierto, están pasando ahora mismo en Murcia. La realidad es la que es, y es que se está optando (desde ya hace mucho) por una forma de actuación represora, no es nuevo. Qué no vimos en el 15M. Es lo que pasa cuando lo dejas todo en manos de la derecha y, aún más, de esta derecha. 

La cuestión es que el pasado domingo, después de ver imágenes que me parecieron terribles, después de escuchar justificaciones a esas imágenes que me parecieron igual de brutales, me aventuré en algo que no debería hacer, que es hablar de política en una red social. Lo había hecho un poco antes, cuando la GC se disponía a buscar urnas y papeletas, pero después había vuelto a lo mío: la vuelta de mi hermano, problemas del primer mundo y la crisis de los treinta, planear viajes a París con mis amigas de Madrid, recordar que quiero a las de aquí con locura. Pero, sin embargo, después de domingo, seguí en la incursión más sobre la situación social que sobre política; a día de hoy me siguen llegando likes de un post sobre felipe vi, que lo hizo tan y tan mal, de gente que no sé quién es. 

Ayer alguien con quien llevo discutiendo de política desde que tenía trece años, y de eso hace diecisiete, tuvo a bien de hablarme de falta de autocrítica, y lo hizo justo cuando estaba preparando un último post -o eso intentaré- de aires políticos en facebook, un post en el que llamaba a la reflexión, por cierto, después de ver y escuchar comentarios desde este lado que me parecen excesivos y desmadrados. Le quise matar, pero diecisiete años discutiendo con él dan para mucho y, entre otras cosas, a pesar de no estar de acuerdo en millones de cosas, sé que gracias a tanta discusión soy más abierta de miras. 

Por la noche me pasó otra cosa curiosa, me pasaron un vídeo por whatsapp con unas declaraciones de Alfonso Guerra incitando a algo sobre el ejército y Francia y me dijeron que ya tenía tema para otro post. Y no quiero estar en este berenjenal. 

A veces se me va la olla y hablo de política, y sé que no lo tengo que hacer, pero lo hago, no lo puedo evitar. No debería hacerlo porque me falta mucha formación, siempre digo que lo mío es política de sofá, o de barra de bar, he leído libros sobre temas que me han interesado, he discutido mucho con mi hermano, le he pedido que me explique bien cosas que no entiendo sin miedo a parecer retrasada, mejor pecar de ignorante y preguntar que seguir siéndolo, y que mi hermano me dé razones no quiere decir que esas razones me convenzan. Lo que seguro no me convence es la falta de razones. Hace un tiempo una conocida me llegó a preguntar si votaba al PP y me llamó facha (así, gratuitamente) por cuestionarle su falta de razones para el independentismo. A mí es que, lo siento mucho, la emoción no me puede cuando me paro dos minutos a pensar. Tengo mis razones para creer en una Catalunya independiente, a pesar de nuestros políticos y a pesar de los políticos que mandan en binomio PP-PSOE en el Estado Español, pero si no me das razones, mal (¡Ojo! Que no quiere decir que el que yo tenga mis razones crea que éstas son más válidas o mejores que las de otros, eh? Son las mías, no tienen porque ser correctas y puede que sólo constituyan una verdad particular, o ni si quiera eso, apuntar a la verdad es apuntar demaisado alto. Siempre estoy dispuesta a escuchar las razones ajenas, pero dadme razones.). 

Ahora mismo tengo la sensación de vivir en una sinrazón contínua, y estoy hasta el moño y eso que hoy llevo el pelo suelto. Así que me planto. Se acabó escribir de política. A hablar siempre estoy dispuesta, se aceptan cafés o discusiones amistosas en los tiempos muertos en el trabajo, se aceptan llamadas o conversaciones de whatsapp largas. Y sobretodo, se aceptan valerianas, que parece ser que convienen. 


Gracias a los que me han leído y perdón por haberme metido dónde no me llamaban. Volverá a ocurrir, seguro, pero espero que no sea en los próximos días. 

dimarts, 26 de setembre del 2017

¿Por qué escribo?

Últimamente, por razones que no entiendo, he tenido que escuchar más veces de las que me gustaría una pregunta que odio: ¿Por qué no te dedicas a escribir? O cualquiera de sus fórmulas. 

No es falsa modestia, agradezco el halago, pero odio la pregunta. 

Primero, no entiendo qué quiere decir. ¿Qué es lo que tendría que escribir? ¿Qué formato? ¿En serio alguien pretende que pueda vivir de un blog? ¿O creen que sería capaz de sacar adelante un formato mayor, en serio? (La respuesta a la úlitma pregunta es clara y contundente: NO.).

Alguien que, creo, me quiere lo suficiente tiene una catastrófica teoría sobre el tema: algún día publicaré algo, y será algo infumable por no haberme puesto antes a ello. Creo que más o menos es así, cuando me habla de estas cosas a ratos dejo de escucharle. Después de escuchar cómo me sermonea por enésima vez, he desarrollado otra teoría en la que jamás intentaré publicar porque nada de lo que pueda escribir estará a la altura de su criterio.

Os voy a contar por qué escribo (y por qué sólo lo hago en el blog).

Hay dos cosas que no se me dieron especialmente bien: la gente y los sentimientos.

Cuando no eres muy ducha ni en el arte de socializar ni en el de expresar lo que te ocurre de sienes para dentro, escribir es un buen ejercicio para no estallar en ti misma.

No siempre he escrito cómo lo hago ahora. Cuando era adolescente podía escribir relatos empalagosos que siempre gustaban y que, hoy por hoy, no sería capaz ni de poner la primera mayúscula. No siempre he escrito lo que me ocurre o lo que siento con la misma "facilidad"; estoy convencida que hace unos años me hubiese sido imposible escribir sobre mi abuela como lo hago (que además es muy a menudo, porque la echo tanto de menos que a ratos pienso que no estaría de más escribirle a diario), aunque sí es verdad que siempre he tenido cierta facildiad para escribir sobre/para/a mis amigas (a pesar de usar a menudo ese tono de libro de autoayuda del que no consigo desprenderme). De política, en cambio, he escrito siempre; no sé de dónde saco esta necesidad de escribir sobre cosas que siempre me meten en algún berenjenal y de las que opino con demasiada ligereza (a veces), será lo poco que me queda de la niña revolucionaria que fui.

El caso es que escribir va bien para exorcizar demonios, afrontar complejos e intentar descifrar el caos en el que uno intenta crear su propia vida. Es un ejercicio práctico para los momentos de crisis, en los que es imprescindible encontrar algún medio a través del cual intentar salir de las arenas movedizas; o para los momentos de sosiego, en los que es más que recomendable plasmar qué sentimos para cuando nos falte, o qué nos ha ayudado a lograrlo. Es un ejercicio espléndido para (intentar) encontrarse a uno mismo y para ejercitar el amor propio.

Por eso uso el blog como herramienta. Porque, a veces, me leéis, y en estas veces que me leéis, a veces, alguien se ve reflejado en lo que escribo, o se siente amparado en ello, o se da cuenta que no es el único que siente o le pasan ciertas coas, o quizás os echáis unas risas, a saber. Por eso publico así, a pequeña escala y para gente que me conoce. Por eso no aplico técnicas de branding y comparto los post justo cuando los termino, normalmente a horas intempestivas, en lugar de compartir a horas puntas para que llegue a más gente. Por eso tengo tan (taaaaaaaaaan) poca regularidad a la hora de publicar, tanto en éste como en el otro blog, y eso que pretendía ser un proyecto más serio.

Así que, señoras, señores, familiares, amigos, esto es lo que hay.

No me dedico a escribir porque no tengo ínfulas de escritora, porque gente que escribe bien (no como yo, si no mucho mejor) te sale de debajo de las piedras.

Y al final, ¿no es más bonito así, quedando todo en casa?

dilluns, 25 de setembre del 2017

A ti, que vuelves.

Has tenido que decir que a partir de este sábado ya podrías incordiar con tranquilidad (vale, lo de incordiar no lo has dicho, pero es lo que he asociado) para darme de bruces con la realidad: 

Volvéis. 

No me malinterpretes, no lo digo en tono negativo, pero hasta ahora siempre me parecía lejos, un poco el típico hasta que no estén aquí no me lo creo. Pero ahora sí, volvéis. 

Sin quererlo, he recordado un post que escribí los primeros reyes que pasaste fuera de casa. Te eché tanto de menos. Y eso que no sabía cuánto más te iba a echar de menos unos años más tarde, cuánto más iban a doler otros reyes desde la butaca de un hospital y, además, sin ti. Tú, que siempre has sido mi súper héroe. 

Ahora vuelves, seis años y un mes más tarde de instalaros en una residencia de la Queen Mary University of London. Cinco años y un mes más tarde de la primera vez que fui a veros y tres meses más tarde de mi última visita. 

En estos tres meses ha dado tiempo para que Teo crezca en la barriguita de Irene, para que os pongan suelo nuevo en el piso y para que aquí nos puedan las ganas de teneros a mano. 

No sé si habréis hecho valoración de estos seis años que habéis pasado a tres horas de avión, supongo que esto llega con el tiempo y la distancia, con el saberos lejos de la ciudad que os ha visto crecer. Porque desde aquí es lo que hemos visto: seis años de crecer como pareja, de apoyaros incondicionalmente y de aprender a quereros mejor; seis años en los que habéis luchado, no sólo por vosotros, si no porque el otro desarrolle lo mejor de sí mismo; seis años en que, prácticamente, sólo os habéis tenido el uno al otro y habéis aprendido a haceros más fuerte el uno en el otro. A lo mejor me equivoco, pero no es sólo lo que hemos visto desde este lado de Skype (vale, aunque yo no haga), también es lo que transmitís cuando os vemos juntos. 

Sé que estos seis años me han enseñado a quereros mucho más. Sí, a los dos. 

Pero a ti, a ti que ya llevabas veinticuatro años aguantándome cuando te fuiste... a ti no sólo te quiero más y mejor, si no que he aprendido a necesitarte y a buscarte cuando te necesito. De la manera que sea. He aprendido que, por muy mal que nos podamos llevar a ratos, la vida siempre la prefiero contigo al lado. He aprendido que tus  lágrimas me queman más que las mías y que, estando lejos, me podrá más la preocupación por ti que lo que me pueda pasar a por la cabeza. Me he reafirmado en lo poco que te gustan este tipo de declaraciones públicas de afecto (menos si son de Irene, que el cariño todo lo puede), pero que poco a poco las toleras mejor.

En ese post de enero de 2012, hablabla de lo mucho que me iban a costar esas "primeras veces sin el Jaume", en este post de septiembre de 2017 sólo puedo pensar en esa vida de primeras veces que está por llegar. No es sólo teneros en casa de nuevo, es el placer de veros volver convertidos en vuestra propia familia.

A ti, que vuelves, sabemos que no todo ha salido como te hubiese gustado, que estos seis años no han sido un camino de rosas, que muchas veces hubieses querido estar aquí para ayudar y te ha dolido la impotencia (y tienes que saber que en esos momentos nunca te hemos sentido lejos), pero también sabemos que, en lo más importante, os habéis venido arriba, que volvéis siendo (todavía) mejores de lo que os fuisteis. Y que, efectivamente, sigues siendo mi súper héroe favorito, quien sé que todo lo puede. 

diumenge, 17 de setembre del 2017

Des de sempre i per sempre. Que mai s'esgoti la felicitat.

Podria haver escrit gran part d'aquestes paraules per felicitar-te els trenta (per exemple), però resulta que l'any que hem canviat de desena teníem una celebració molt més important entre les mans. 

Han estat dies plens de nervis, d'estrès, fins i tot de disgustos, però també han estat dies plens d'anècdotes, de retrobaments, d'apropaments de mons oposats, i de que els que t'estimem haguem tingut la gran sort de tenir-te a prop. 

Em quedo amb tot el viscut al teu costat. Sempre. 

Inevitablement, seguiré plorant els nostres adéus, així que fes que valguin la pena. 

"En dies especials, com el d’avui, és inevitable mirar enrere i fer repàs del viscut. La família pensarà en tots els somnis que van depositar quan vau arribar a les seves vides i com el temps us ha anat fent com sou. Els que han arribat més tard pensaran com i quan va començar l’amistat que avui els fa estar aquí. Tots, inevitablement, pensarem en tot allò que ens resta per viure plegats. 
A mi m’és igual allà on mirar, no puc imaginar-me la vida sense tu.  
No són trenta anys juntes, però en són pocs menys. Són els anys de tenir a la Glòria de profe, de barallar-nos a tercer de primària, d’anar de colònies a la Masella i tenir clar que dormiríem sempre juntes, malgrat hagués de veure els Teletubbies tota la setmana; estic parlant de quan érem les més altes de la classe, imagina’t!! Són els anys de la ESO, en què ens vam separar per primera vegada però mai mai mai vam deixar de ser amigues, de tant en tant trucàvem al fix de casa, un dels pocs telèfons que sóc incapaç d’oblidar, i anava a jugar a casa teva, o fèiem un passeig de tarda per festa major i ens sentíem una mica més grans del que érem; aleshores ja ens anàvem fent cadascuna a la nostra manera, a estones tan iguals i a estones tan la nit i el dia, però sempre complementàries. Són els anys de Batxillerat, quan vam tornar a fer vida plegades més hores de les que podíem, i això que ni tan sols anàvem a la mateixa classe, però no ens calia; teníem prou amb les hores del pati, amb alguna estona entre classe i classe, amb els viatges al migdia amb l’avi i la seva música, que es van convertir en un dels millor records que tenim plegades, teníem prou amb les hores que robàvem al cap de setmana per fer les coses més senzilles i absurdes del món juntes; des d’anar al cine, fins a fer karaokes, per no oblidar el número ingent de fotos que ens podíem fer en una tarda, les estones jugant al Buzz, al Singstar o bebent cacaolat amb licor 43, érem unes rebeldes sin causa, què hi hem de fer, estem parlant de quan t’agradava l’Àlex Ubago i fèiem cua sota la pluja per veure’l en concert. Són els dies a Port Aventura, els primers viatges juntes, aquell cap de setmana a Blanes, tan memorable per coses que ara no vénen al cas, però que es tradueixen en riures i complicitat; els viatges a Astúries, fer de Gijón el nostre refugi, les amanides Isabel de llauna, el fuet solitari i les pastanagues crúes. Són els dos anys que vaig estar fora i que van servir per constatar que sempre ens necessitaríem l’una al costat de l’altra, que m’estimaries igual malgrat et maquillés com si ho hagués fet amb l’escopeta de Hommer Simpson per sortir de festa. Aquells van ser dies difícils i sempre he pensat que, potser, si ens haguéssim tignut més a mà, haguessin estat més fàcils. Aleshores vaig descobrir que se’m podia trencar el cor si et feien mal a tu i hagués dessitjat amb totes les meves forces poder deixar-te els meus ulls perquè t’estimessis tant com jo ho feia. Per sort, les coses dolentes es van quedar enrere, com van fer-ho els quilòmetres que ens separaven. Van arribar les hores perdudes a La Maquinista o Diagonal Mar, els vestidos toalla, els dijous de peli i telepizza, i a mida que anàvem perdent temps entre vestidors i Starbucks ens anàvem trobant a nosaltres mateixes.  
I va arribar el moment, vas prendre la decisió de la teva vida, la més arriscada, la més valenta i la més important: vas fer les maletes i vas marxar on et va portar el cor i el sentit comú. Va ser la primera vegada que vaig plorar en un comiat, i no va ser la última, però sempre ha sigut després de dir-te adéu.  
Va ser un salt al buit i, tot i el risc de caure, vas aprendre a volar. Et vas convertir en la teva primera prioritat, vas apostar per la teva felicitat, per trobar el teu racó al món i des d’aquí no hem pogut fer més que contemplar-ho admirats.  
A partir d’ara, en realitat des de ja fa un temps, ja no ets la única protagonista dels capítols que escrius. Vas saltar al buit, i vas trobar algú amb qui anar planejant fins arribar a terra, algú amb qui alçar les ales quan la realitat ensopeix, perquè l’amor sempre és revolucionari. No cal que siguin focs artificials, ni comèdies romàntiques de Holllywood. L’amor és revolucionari quan et fa mirar més enllà dels teus esquemes, quan t’obre la mirada i el cor, i fa que et sentis a casa només tenint uns braços a mà.  
Tan debò la vida us tingui reservats passatges preciosos per escriure plegats. Nosaltres esperarem el nostre torn per acompanyar-vos de tant en tant, començant per desitjar-vos que sempre us trobeu l’un als ulls de l’altre. Que la felicitat us acompanyi en aquest viatge llarg."

PD. Demano disculpes per començar a plorar gairebé abans, fins i tot, de començar a llegir. Per això i per tenir una mà constantment ocupada en eixugar-me el nas, culpo al fred i, sense cap mena de dubte, a l'emoció de veure't tan radiant.

dilluns, 28 de novembre del 2016

"Si Serrat fue mi primer amor en el mundo de la canción de autor, Ismael Serrano es el amor de mi vida"

"Me levanto temprano, moribundo, perezoso resucito... Bienvenido al mundo"

Así me levanté ayer, con la pereza de un sábado que acabó en domingo de madrugada; con los nervios de saber que ése no sería un domingo cualquiera. Ayer tenía una cita muy especial, un reencuentro de los que dejan huella.

Después de diez años, iba a encontrarme con Ismael desde la butaca de un teatro. Todavía estoy aturdida. 

Si Serrat fue mi primer amor en el mundo de la canción de autor, Ismael Serrano es el amor de mi vida; si tengo que estar enamorada de alguien durante toda mi vida, que sea de él. De sus letras, de su voz, de su directo, de sus ratos de monologuista, del deje de chulo madrileño. 

Como todas las historias de amor (al menos las más bellas), las cosas no siempre han sido fáciles. Después de achacar a todas sus canciones de amor la frustración de lo que pudo ser y nunca fue, poco a poco fui haciendo las paces con él. Eso pasó por tirar a la basura un póster firmado de su puño y letra (justo la última vez que le vi en un teatro hace diez años) y exorcizar los rostros que me mostraban sus letras. Pero ¿tenía otra opción? Hay gente que entra en tu vida para quedarse, a pesar del tiempo, de la distancia, de las historias de uno, y lo mismo pasa con los referentes. 

Ayer Ismael recordaba que en 2017 se celebraban 20 años desde que Atrapadon en azul vio la luz. Recuerdo perfectamente cuando empecé a escuchar a Ismael. Fue en el 2001 con una cinta equivocada en mi walkman en la que había una entrevista / directo de Ismael en Los 40 Principales (¡¡!!), al poco tiempo mi hermano me hablaba de una canción que me iba a encantar, era Papá cuéntame otra vez. Por esos entonces tenía la sensación de haber llegado tarde a Ismael, que ya contaba con tres discos de estudio en el mercado (Atrapados en azul, 1997; La memoria de los peces, 1998; Los paraísos desiertos, 2000 -y digo las fechas de memoria, así que si me cuelo no me lo tengáis en cuenta), sin embargo ayer me di cuenta de que Ismael llevaba quince años en mi vida, que son más de la mitad, y que esos cuatro primeros años los compensé a base de fanatismo durante muchos años. Con Ismael descubrí que se podían mandar canciones por Messenger (sí, la primera canción que me pasaron por Messenger, cuando un .mp3 resultaba un pesadísimo archivo que requería que no sonase el teléfono de casa durante un rato, fue una versión de Lucía de Serrat cantada por Ismael, y morí de amor); Ismael estuvo allí la primera vez que fui a Madrid, fue la grabación de su Principio de incertidumbre, en septiembre de 2003, la primera vez que iba a un concierto sin mi madre; a Ismael le debo un diez en el treball de recerca de bachillerato. Ismael fue la banda sonora de mi amor y de mi desamor; el eco de mi adolescencia, mi hermano, algunas personas que fueron muy importantes en mi vida, alguna que todavía lo es; son las canciones con las que he crecido y con las que crezco, con las que he dolido y las letras que más he amado, porque ser del 87 me da la ventaja de que Ismael siempre vaya unos pasos por delante de mí para escribir palabras que todavía no sé que necesitaré. 

Ayer fue un reencuentro bonito. 

Ismael nos regaló 200 minutos (que se dice rápido, calculen, tres horas y veinte minutos) de magia encima del escenario. Doscientos minutos de hacer repaso de lo andado, en su música y en mi vida, de cara de embelesamiento y de emoción empapando la mirada. 

Así que una vez hechas las paces sólo puedo decir, 

GRACIAS. 

Gracias por Aute y Silvio. 

Gracias por las canciones nuevas y las de siempre. 

Gracias por dejarnos acompañarte, incluso si cantamos mal. 

Gracias por la cercanía, por siempre hacernos partícipes. 

Gracias por el sentido del humor. 

Gracias por ser capaz de hacernos sortear el vértigo. 

Gracias por cantar para Leo -y todos los niños, incluso al que todos los adultos que estábamos allí llevamos dentro (véase, La luna de Candela). 

Gracias por seguir haciendo que el vértigo pase. 

Gracias por ser una constante desde esa cinta olvidada en 2001. 

Gracias por hacer que un domingo fuese 

"viernes, siesta de verano, verbena en la aldea, guirnaldas en mayo, tormentas que apagan el televisor"




No dejaré que pasen diez años más, lo prometo. 




diumenge, 16 d’octubre del 2016

Hace veinte años...

Hace veinte años mi madre mi y mi tía fueron al concierto de lo que por entonces me parecieron cuatro viejales -yo contaba con nueve, y alguien de más de cincuenta se me antojaba ridículamente mayor-; viejos y aburridos. Yo, que harta de escuchar vinilos de Serrat en casa y cassettes en el coche de mi tía, aborrecía esas melodías poco bailables y esa voz temblorosa que invitaba a la siesta, me dediqué a meterme con ellas y a reírme de lo emocionadas que volvieron del concierto, cuando me contaban que Serrat y Víctor Manuel (nada menos, la alegría de la huerta en el escenario, oiga usted) salieron a cantar con gafas de sol modernas, y bla bla bla. Después salió el disco y una mañana que mi tía puso el cd en el piso de Granollers...

...me enamoré.

Me enamoré de aquel cuarteto, de aquel disco homónimo a la gira, y desde entonces, el gusto fue mío.

No sólo hice las paces con Serrat, si no que empecé a hacerlo mío. En sexto de primaria ya llevaba sus cassettes en el walkman, once años tenía, y poco después fui a verlo por primera vez en directo. Fue un concierto en plaça Catalunya durante las fiestas de la Mercè, lloré mucho cuando salió al escenario y desde entonces no me ha interesado ningún concierto de las fiestas de Barcelona. A Serrat, le vi tres veces más después de ésa: cuando sacó el disco Versos en la boca en l'Ateneu de l'Aliança de Lliçà d'Amunt, en el Palau Sant Jordi con su Serrat Simfònic, y en el TNC cuando sacó , su último disco en catalán. Siempre emocionada, siempre agradecida, siempre acompañada de mi madre y mi tía, que son mis compañeras perfectas para este viaje.

Hace unos años, creo que por el 2010, Miguel Ríos anunció gira de fin de carrera y, no lo dudé, cuando mis padres dijeron de ir, no me lo quise perder. Sabía que aunque sólo fuese por ver Bienvenidos en directo valdría la pena, y no me equivoqué.

Lo de Ana Belén y Víctor Manuel se lo debo en gran parte a su Víctor y Ana en vivo -de 1983, ¡no digo más!-, que todavía no sé cómo no he rallado el vinilo, y a mucha Ana Belén: a su Lía y su Derroche, a su Lorquiana, que fue uno de mis primeros cd's, al cassette de Como una novia, que le robé a mi madre, y a su Peces de ciudad, y, como no, a la maravillosa intensidad de El hombre del piano.

Veinte años más tarde, el pasado junio, se volvieron a juntar y yo, que ya no les veo viejos por mucho que se hagan mayores, me quedé con las ganas (aunque  estaba ensimismada con el nacimiento de Leo). Cuál fue mi sorpresa cuando al descargar la entrada para ver a Ismael Serrano (después de casi diez años sin ir a un teatro a verle) encontré, de nuevo, publicidad para El gusto es nuestro en Barcelona.
No lo dudé ni lo más mínimo, y menos viendo que tres localidades juntas eran ya escasas.

Así que, ahí estaba el pasado jueves 13, con una lluvia de campeonato que ya me había calado por el camino al Palau Sant Jordi, bajando la media de edad de la cola y esperando encontrarme con mi madre y mi tía dentro del recinto.

Nos lo montamos fatal, la logística fue un desastre (la nuestra y la de los señores que pedían entradas, la guardia urbana que cortaba calles, ...), teníamos los pies empapados y a puntito estuvimos de sufrir un ataque de vértigo subiendo a la grada 39 del Sant Jordi, pero sin duda alguna valió la pena.

Sí, los años no han pasado en balde para ninguno de los cuatro, aunque Ana Belén parece haber pactado con el diablo, pero igual que pasa por todos nosotros. Que sí, que entre cuatro, pero ofrecieron algo más de tres horas de conciertazo que dieron para llorar, reír y -¡atención!- bailar.

La magia de ver cómo uno de los discos de mi vida se hizo realidad ante mis propios ojos, estoy convencida, me seguirá emocionando largo y tendido.

Y es que hay momentos que quedarán grabados en la retina y el oído por lo bonitos, por lo intensos, por lo sencillos. Un apoteósico e insurrecto Miguel Ríos, Víctor Manuel creciéndose cantándole a Asturias sin la necesidad de moverse ni medio centímetro por el escenario, Ana Belén, toda ella, pero ver ese Hombre del piano en directo debería ser obligatorio para poder morir en paz, y un Serrat que resurgió con su Pare guitarra en mano y taburete en culo para empalmar con un Para la libertad apoteósico, que hizo que todo el Palau cantase su Paraules d'Amor, más himno que ninguna -me guste o no-. Porque los cuatro nos regalaron un precioso Aquellos locos bajitos que mi madre y yo disfrutamos -y lloramos, si dice lo contrario, MIENTE- cogidas de la mano (mi tía me estaba haciendo menos caso, la verdad). Y, personalmente, no pude pedir más que una grandiosa y deslumbrante Puerta de Alcalá como colofón final, y sí, la bailé y la canté a voz en grito, porque la canción no merece menos (no, no fui la única).

Sin ellas, no sería lo mismo, ni el concierto ni mis vicios musicales. Gracias por ser compañeras perfectas para esta tarea de disfrutar de las cosas bonitas que compartimos.

De todo esto, tengo catorce minutos de pinceladas en las que, lastimosamente, se me oye cantar en algún punto. No lo tengáis en cuenta.