dissabte, 27 d’abril del 2013

Sí, tengo un cuaderno de.

Éstas son esas horas de la madrugada de un sábado cualquiera en que, después del vino y los gins, de la cerveza y del cubateo, o del kali de último recurso, si me apuras, a uno se se le suelta la lengua y empieza a largar todo lo que se tendría que callar. Esos ratos en los que es mejor haberte dejado el móvil en casa para evitar el '¿pero qué coño?' del día-d, el de después. 

Como no es mi caso, voy a quitarme complejos de encima y voy a poner mi superficialidad y narcisismo en su estado más puro sobre la mesa. Lo diré de carrerilla, para que duela menos, y después ya me explico, lo prometo. Tengo que confesarlo, tengo un cuaderno de outfits. De verdad de la buena. ¿Que de qué leches estoy hablando? ¿Que qué es eso? No es más que una versión privada, analógica y cutre -aunque muy digna- de egoblog. ¿De qué? Que sí, que esto de las egobloggers si sabéis de qué va, que ya las he mencionado antes. Son esas muchachas que se recrean comentando -casi- a diario lo estupendas que van vestidas y lo genialísimos que son sus modelitos diarios, con más o menos razón. O para gustos los colores, vaya. 
Mi armario, que da de sí pero no da para tanto, mis pocas ganas de ser la más divina del lugar a diario y los dos dedos de frente que me quedan, impiden que sea una de esas, que suficiente ego hay este blog sin ser egoblogger. Pero sí tengo un cuaderno, una de esas libretas que te compras porque te encantan todas esas chuminadas y con las que no sabes que hacer, hasta que un buen día te despiertas con el guapo de fotos ya tomadas subido y te dices, '¿pues sabes qué? quiero acordarme siempre de lo estupenda que iba este día'. Antes de darme cuenta, estaba copiando a mano un viejo artículo del blog, del que me siento muy orgullosa, y que establecí como manifiesto de lo que iba a venir después... ...'después de haber ejercitado quererme como la mortal que soy, sabré que no hay inmortal en el cielo de los dioses que irradie más divinidad que yo'.

Desde que teclease esas palabras, un ejercicio sano y entonces necesario de autoestima, han pasado muchas cosas y he hablado de tantas otras en el blog: de política e ideales a raíz del 15-M, del alcohol que sube y baja, de las hormonas que todo lo alteran, de los cumpleaños de las personas que más quiero, o del mío propio, de lo que fueron las primeras veces con mi hermano lejos de casa, de cosas que me indignaron (y siguen en ello), con especial hincapié en el ministro Wert, sus desafortunadas palabras y sus repulsivas ideas -ahora me sorprende que otros se sorprendan con ese vídeo que corre por youtube, cuando es lo que --creo-- todos pensamos, y no son ideas nuvas- hacia el catalán, de propósitos que no se cumplen, aunque eventualmente sí, de los Goya, de la vida que pasa y de otras cosas varias. 

Cuando empecé el cuaderno mi armario era -literalmente- tres veces más pequeño que el que preside (porque la palabra no puede ser otra, ya que mi habitación es todo armario, casi) mi habitación y mi cuerpo -casi literalmente- el doble de grande de lo que es ahora. En estos dos años he aprendido a quererme mucho, y no físicamente (de los complejos que puedes llegar a coger en el tiempo que inviertes en perder peso hablaré -espero- en breve, porque los -30kg tendrán su minuto de gloria en este espacio de despropósitos), que también. Pero sobretodo, he aprendido a no quererme sin ser todo-lo-que-tendría-que-haber-sido, a lo que hoy puedo añadir y-además-no-quiero-ser. Habrá quien haya tenido una vida de lo más ordenada y no entienda de lo que hablo, pero dudo que esté leyendo este blog. Aunque, quizás más intensamente estos dos últimos años, los últimos cuatro, desde que volví de Madrid, han consistido en aceptar no ya muchos cambios en los vericuetos de la vida, sino el entender que las necesidades, las mentalidades y las búsquedas cambian. Aceptar que no, ya no eres ni -a Dios gracias- volverás a ser la persona de 15 años con ideales incendiarios latiendo en las venas, que no, no siempre te apetecerá leer las grandes obras de la literatura universal, que muchas veces preferirás best-sellers cutres (y lo digo ahora, que por fin he dejado de releer la triología de Grey), que te atreverás a decir en voz alta que la literatura beat puede llegar a ser desagradable hasta el extremo, que está muy bien que el mundo se haya llenado de hippsters o modernos o lo-que-quiera-que-sean fanáticos de Kerouac con la pretensión de hacer su propia versión de On the road (con las comodidades de ahora, una wifi decente y el smartphone a mano, por su puesto), pero que eso no le quita que a veces te entren ganas de quemar el libro y quemarte a ti con él mientras lo lees. Aceptar que por mucho que intentes ampliar tus horizontes culturales y abras tu mente a todo tipo de películas posibles, siempre acabarás viendo Grease o Dirty Dancing, algunos hasta Titanic o la versión esa de Romeo + Julieta de cuando DiCaprio era joven, ¡no digo más! ¿Y sabéis qué? ¡Que no pasa nada! Porque por mucho que durante el -mucho- rato que llevo escribiendo no haya dejado de sonar el último disco dels Manel, en el mismo Spotify está la lista original para el fin de semana rural en Carrascal del Río (un año atrás, más o menos) como testigo de lo bien que lo podemos pasar con la peor música, porque todos sabemos que si suenan las Spice Girls con su Wannabe hasta rescataremos algún paso de la coreografía que con tanto empeño nos aprendimos (y mejoramos) durante horas y horas de patio (recreo, para entendernos). Como colmo, recuerdo una noche en Low, para que nos entendamos, era un sitio de estos que es como un nido de modernos, y la única canción que reconocí y pude cantar en lo que pasé de noche ahí dentro fue la canción de apertura de 'Dragones y mazmorras', sí, los dibujos animados. Hasta ahí mi conflicto con esto de querer ser un cultureta aparente, ¡imaginaos! Además, para culturetas sin aparentar suficiente tengo con mi hermano.

Éstas son las armas que tenemos para sobrevivir: a la crisis, a los gobiernos, a los mercados, al vecino que chilla, a las cuentas que no cuadran, y a los que les descuadran los ceros a base de bien -y de muy mal hecho- en cuentas en Suiza, en las Caimán o en Andorra, a las cosas que no vienen de cara, y a las que además vienen de espalda y apuñalando, a las eternas dudas filosóficas (sobretodo al '¿adónde vamos?'). Así que sí, tengo un cuaderno de outfits para recordar que, cuando quiero, puedo resplandecer por mucho que el mundo pese sobre mis hombros, o los de otros. Así que sí, la ligereza es el arma que queda ante la gravedad de las circunstancias, y para poder llegar a, si quiera, rozar la levedad... a veces será necesario andar de puntillas apenas rozando la superficie. Y sí, habrá momentos en que será saludable aferrarse (durante un rato) a la superficialidad. 

¡Ah! (suspiro), y qué difícil será no reprochárnoslo después...

...y qué bien sentará el nanosegundo en el que no nos estemos juzgando, para variar.

dimarts, 2 d’abril del 2013

Ordenando abriles

Hoy me he levantado lo más tarde posible, después de parar el despertador -tres horas antes- y cerrar los ojos reiteradamente durante el resto de la mañana. De la cama a iTunes, 'Teresa Rampell' en modo repeat, que el sol acompaña detrás de las persianas. Por el camino paso por la báscula, que me dice perezosa que tengo que poner orden después de los estragos de estas fiestas (trabajadas), pero con mucha calma, hemos aprendido a comunicarnos pausadamente, de no ser así ya hubiese practicado el lanzamiento de báscula por terraza, la mía o la del vecino.

Me levanto tarde y me ducho tranquila por primera vez en lo que me parece una eternidad después de una semana santa haciendo equilibrios entre horarios imposibles y rutina establecida; sobra decir que ganaron los horarios imposibles y por eso hoy estoy de resaca vacacional, pero de las vacaciones de otros. Me visto tranquilamente, con las puertas de la terraza abiertas y sin morir congelada, sólo puedo pensar '¡qué gustazo empezar el mes así!'. Esto lo tengo clarísimo, para mí marzo terminó ayer, uno de abril, y empieza hoy, con 24 horas de retraso, pero con el día soleado y dando esquinazo al cansancio y sueño acumulados. ¡Bienvenido seas, abril!

A los 5 minutos de salir de casa, obviamente, he tenido que echar a correr, y ha sido el indicador de que todo volvía a su cauce después de este paréntesis tan contrario a in kit kat. Pensando en que las cosas tenían que volver a estar en orden, lo primero que he hecho ha sido anotar un par de 'eventos' en el calendario (que si tal comida familiar, que si tal cumpleaños, que si...) y no he podido evitar pensar en que hace unos años esto hubiese sido imposible, porque ni si quiera me hubiese planteado tal cantidad de relaciones sociales. El paso del tiempo, esa cosa. No quiero saber qué me pasará por la cabeza tras otros 25 años más. De momento tenemos suficiente con lo que hay en estos 25 años menos de esos que están por llegar.

Hay dos cosas que poco a poco me conducen al orden, las más superficiales y absurdas. Sin duda alguna, la misma Sandra que no se hubiese planteado tal exceso de sociabilidad, hubiese renegado de ambas.
La primera es la ropa, de verdad de la buena. Todo empezó cuando volví de Madrid y me quedé con la habitación grande y el armario pequeño; después de dos años acostumbrada a tener todo a mano, y con eso me refiero a tener todo en mi habitación, me las tuve que ingeniar para mantener un armario que equivalía a una tercera parte del que tenía en la capital en riguroso orden para no tener que repartir las cosas por la casa; un par de años, una redistribución y tres armarios robados a mi hermano, después no tengo el problema del armario pequeño, pero me las sigo ingeniando para aprovechar hasta el centímetro más recóndito de esos tres armarios que me apropié.
La segunda cosa no sólo me ha hecho poner orden, si no que, poco a poco, va consiguiendo algo que ni mis padres ni los colegios privados consiguieron: disciplinarme poco a poco. Se trata de la comida y de poner en orden todos mis desórdenes con cualquier cosa que tuviese que ver con la alimentación. Aunque el objetivo era perder peso, dejar atrás los malos hábitos y los kilos han hecho que el orden alimenticio se imponga como una serie de nuevos hábitos a los que me he acostumbrado y sobre los que reino gracias a haber conseguido disciplinar mi estómago y mi cabecita. Ni hay que decir que toda norma tiene su excepción y hay excepciones indiscutibles: los dulces cuando, como la semana pasada, parece que haya plantado la tienda de campaña en la mater, la comida hiper-mega-calórica si ceno por ahí (y me apetece), y el alcohol en las ocasiones que me venga en gana. Una cosa es disciplinarse y la otra amargarse la existencia, eso lo aprendí durante los primeros meses de dieta, 20 kg (de los 28 kg que llevo perdidos) atrás.

Llega abril y me dispongo a ordenar rutinas y calendarios, quizás para finales de verano me dé por ordenar propósitos, pero de momento me queda lejos, si de aquí a mayo consigo poner orden a la rutina de cremas y deportes, me daré por satisfecha. En mayo ya veremos qué pasa con el 'del dicho al hecho'.

dimarts, 26 de febrer del 2013

Escribir por escribir

Hace un tiempo indeterminado leí en no-sabría-decirte-dónde que una de las claves para que un blog tenga éxito es escribir a menudo, casi a diario. Una, que lleva en esto de los blogs de audiencia reducida desde hace algo más de siete años, se pregunta ¿quién tiene tanto que escribir sobre su día a día? Quitando las it girls, por derecho o por causas circunstanciales, que se dedican a comentar su modelito a diario, ¿de qué? Pues bien, mis modelitos no dan de sí, y menos esta semana, que de dos días llevo dos con las converse en los pies, más de una semana sin maquillarme y hoy hasta voy con el pelo rizado, exponente máximo de la máxima de las perezas a la hora de poner un poco de mi parte en esto del aspecto exterior. Así que no, de ahí no puedo sacar chicha, y los pocos días que me luzco ya jodo la marrana suficiente con Instagram. Pero las cosas como son, aquí los señores que formamos parte de esta comunidad internáutica que se dedican a contar sus más y sus menos en la red, tenemos un blog porque sabemos que, en el fondo y a veces sin rebuscar tanto, escribir de vez en cuando y airearse en la red tiene efectos saludables para sobrellevar el día a día. 

Como día, hoy es uno de esos a los que, a estas alturas de la noche (00.48h) una solo hablaría a base de improperios y palabras malsonantes, pero mi abuela siempre me regaña. Hoy, que he dicho unos cuantos tacos delante suyo, siempre seguidos de un "con perdón, pero es que no se puede decir de otra manera", creo que me ha perdonado porque eran casi las once de la noche, no había cenado todavía, entre taco y taco le he contado que no me he terminado la merienda, y llevaba más de 48h sin verme, y eso sí que puede con ella, que la mujer es muy sufrida y enseguida echa de menos. Seguro que esto de querer decir muchas palabrotas muy seguidas también le pasa a alguien más de vez en cuando, seguro que también es sano, como esto de escribir en en blog sin propósito alguno. 

Justamente por no tener propósito llevo días pensando en escribir y no lo hago, porque a ratos pienso que estoy en breve va a parecer un libro de auto-ayuda de esos que te dicen constantemente piensa en positivo y adelante, que todo saldrá bien. No es que me haya vuelto pesimista de golpe, aunque viviendo en este país, pse, uno siempre está tentado, pero tampoco quiero que me entren ganas de echar las entrañas al releerme. Porque sí, mi ego y yo nos releemos de vez en cuando para hacer un poco de memoria. Y hoy, que ha sido un día lleno de despropósitos, me planto aquí con el mayor de todos: escribir para nada. No voy a decir que para nadie, porque sobretodo escribo para mí, y porque además, sé que Irene siempre me lee. Por cierto, menudo chaparrón te ha tocado llevarte hoy, pero después lo he arreglado cantándote a Rosarito y es por estas cosas por lo que me quieres, que lo sé. Un poco después hemos hablado de las gentes que sufren desconsuelo perpetuo; me refiero a gentes normales, como tú o como yo, pero que siempre ven las cosas desde un prisma... poco optimista, a falta de mejores recursos; lo más curioso, es que una vez te enzarzas en la aventura de querer a estas personas, sólo las puedes querer más y más, porque cuando les da el rayo de sol en el entrecejo y se les iluminan las ideas y la vida, resplandecen tanto que no quieres apartarte más de ese calor. Así que te empleas a fondo para sacar sonrisas y fuerzas ajenas con la esperanza de que, cuando estallen de nuevo, un poquito de esa luz te pertenezca. Todos sabemos que es más fácil sentir orgullo por los méritos ajenos que por los propios. 

Me he sentado delante del ordenador por eso de esperar a que bajase un poco la cena antes de irme a dormir, que hoy he llegado muerta de sueño y de dolor de rodillas, porque, como a las mejores marujas, "estos cambios de tiempo me matan", y no quiero que esto se me vaya de las manos, y esto sí que es un propósito. Así que, haciendo recuento de las cosas que no han tenido nada que ver con las palabrotas, voy a contar ovejitas, que hasta que no amanezca no es mañana, y ya si eso... será otro día. (rodolíiii)

diumenge, 17 de febrer del 2013

Noche de cabezones

Soy de esas que se plantan delante de la tele o del internet para ver eventos como el de esta noche por la alfombra roja: ver, criticar, admirar u odiar. Vestidos, maquillajes, joyas o peinados. Envidiar o detraer. Todos los eventos de este tipo, decía, menos los Goya. Para los Goya no me limito a las galerías de fotos o a rastrear revistas en busca de los mejores o los peores modelazos de la noche, entre otras cosas porque, hasta hace poco, hubiese sido un despropósito; para los Goya, siempre que puedo, me planto delante de la tele y me como la gala entera. 

No es que sea una cinéfila emperdernida, no soy ni cinéfila a secas, pero con el cine español suelo tener un algo diferente. Tampoco voy al cine tanto como debiera, mal por mí que me da pereza ir al cine si no lo tengo cerca, pero sí que durante mucho tiempo fui adicta a Versión Española y eso lo trajino conmigo: la primera escena tórrida que recuerdo en una película fue con Jamón, jamón, Pe y Bardem, que entonces no eran Pe ni Bardem con mayúsculas en el mundo del cine, en una mesa de billar de un barucho de carretera; aunque no sé si hoy por hoy la afirmación sigue vigente, pero la que durante más tiempo proclamé como mi película favorita es española, La lengua de las mariposas, con Tesis me convertí en amante de Amenábar y de Eduardo Noriega recién llegada a la adolescencia, he adorado y odiado a Almodóvar y soy pro-Penélope, las últimas películas con las que he llorado son La voz dormida (a mares y océanos) y Herois, Primos nos dejó el mítico momento "Irene, baja, haznos una paja", y un largo etcétera. Si tengo que especificar con los Goya, lo tengo clarísimo, fue la edición del 2003 la que me marcó. No creo que fuese la primera vez que los seguía, pero sí recuerdo que ese año me marcaron, entre otras cosas, porque en el colegio (estaba en 4º de ESO) daba un crédito variable de cine (donde, creo, aprendí lo poco que sé del asunto), y, sobretodo, porque tenía 15 años, unos valores muy firmes, unas convicciones revolucionarias, y estaba viendo como el trío de las Azores se plantaba en Irak para llevar a cabo una guerra absurda a la que la población se oponía la población mundial. Fue un año de discursos pacifistas, de manifestaciones masivas, de una población cansada, primero por la mala gestión del desastre del Prestige, después por la falta de respeto y reconocimiento que el, por entonces presidente del gobierno estatal, sujeto Aznar (no me atrevo a llamarle persona, mucho menos señor) demostró tener al ciudadano de a pie. Resumiendo, estábamos cabreados. Entonces, llegaron los Goya y esa gente del mundo del espectáculo, que parece que tengan que vivir en otro universo, se cargaron su responsabilidad social a cuestas y cumplieron con su deber cultural, se pronunciaron alto y claro, y se pronunciaron ante representantes institucionales sin tapujos ni reservas, sin miedo a puertas cerradas. A mí me emocionó muchísimo, porque tenía 15 años, porque creía en el cambio, porque veía que había un más allá del ser acomodaticio y, así, empezó mi historia de amor con los Goya. 


La verdad es que, después de ésa, pocas galas me han vuelto a marcar. Recuerdo con cariño el reconocimiento de Pa negre en el 2011 y con muchísima alegría la actuación de Luis Tosar, Paco León, Asier Etxeandía, Hugo Silva, Fernando Guillén Cuervo, Laura Pamplona e Inma Cuesta, para presentar el Goya a la Mejor Canción Original. Si os lo perdisteis, ahí va, no tiene desperdicio alguno: 



El caso es que este año le tenía ganas a la gala. Unas ganas un poco repentinas, porque entre hospitales, viajes y horarios raros, vivo un poco alejada de la actualidad televisiva, pero unas ganas genuinas. Primero porque sabía que la red carpet de este año no iba a fallar, segundo porque el humor de Eva Hache me gusta mucho y tercero, pero no menos importante, porque quería ver cómo y sobre qué se pronunciaban las personalidades en la gala. Para algunos, que esta agente del star system español, si es que existe tal cosa, se pronuncie sobre temas sociales no será más que un acto de hipocresía de quien puede vivir bien y lo hace, y seguro que la red ya está repleta de comentarios de reproche: bien, si 3 horas después del cierre de los Goya 2013 puedes estar conectado a la red criticando libremente, tú también puedes vivir bien, no lo olvides, porque quizás entonces tengas menos conciencia de la que crees que tienes. Dicho esto, proseguimos. Un muy bien por Eva Hache, que es ella y no se calla, que dice las cosas con esa sonrisa que clava puñales y después los retuerce, se debe haber dejado pocas cosas en el tintero a lo largo de la noche y no ha perdido ni una pizca de picardía; si me pongo frívola y hablo de los modelitos, también le digo muy bien, todos en su estilo y ninguno fuera de lugar, muy fan de la falda negra y la camisa blanca durante la actuación para Concha Velasco por su Goya de Honor y del vestido verde y negro. Sin duda, el discurso más contundente ha sido el de Candela Peña, que ha compensado un llamémosle-vestido-por-llamarle-algo de David Delfín con un maquillaje y peluquería favorecedores y, ante todo, con palabras realistas. 


También contenta con José Corbacho que, al lado de una recatada Goya Toledo siempre con miedo a decir una palabra fuera de lugar, ha sido él mismo y ha sido de agradecer. Hay que decir que, por ser Corbacho, hasta él ha llegado a la nota del vestuario de la gala, la americana de terciopelo azul marino de hoy no ha sido nada comparada con modelos de anteriores ediciones, especialmente como presentador. Maribel Verdú, con su Goya a la Mejor Actriz Protagonista, también ha tintado de social el final de su discurso, y estaba, quizás no despampanante y espectacular, pero sí preciosa, con un Dior tobillero, las joyas de Bulgari me han entusiasmado, y el pelo y el maquillaje acertados de pleno. En fin, es la Verdú, no hay más que decir. El discurso institucional quizás no contundente pero sí implicado, bien escrito y lleno de realidades más o menos dolorosas. Javier Bardem, obviamente, ha puesto la nota más comprometida, y es que no era para menos teniendo en cuenta que esta vez no recogía el Goya como actor si no como productor de la Mejor Película Documental, así que él y su equipo se han pronunciado a favor de la causa saharaui (no es para menos), aunque quizás él con más fuerza; lo que me parece enternecedor es ver como, por mucho que sea la enésima vez que Bardem sube a recoger un Goya o al escenario ni que sea, Pilar Bardem se sigue emocionando y se le sigue cayendo la baba viendo a su retoño, esta vez, además, hinchada como un pavo por ser el fruto de una causa reivindicativa (ya sabéis, Pilar Bardem, esa mujer). También humanitario, Juan Antonio Bayona, quien además ha sido entusiasta, claro y muy emotivo en su rotundidad. Por último, algo que ha repetido su equipo durante toda la gala y que hemos podido comprobar: la sonrisa imperturbable y serena de Pablo Berger, un plus en los tiempos que corren. No sé si olvido algo. La presencia de Wert preferiría obviarla ya que estaba allí por motivos puramente formales, le han resbalado las críticas de la gala igual que el resto de críticas, y su cara sigue siendo un elemento desagradable con el entorno.

Si nos ponemos con los trajes de largo, que han sido casi todos, voy a empezar por aplaudir la pata de Blanca Suárez, mucho más estética que la de la Jolie y con una pose que ya querrían muchas de las imitadoras hollywoodienses del momento raja. Paula Echevarría muy bien, pero siendo ella, nadie esperaba menos, conoce las reglas del juego y sabe como usarlas. Me he quedado prendada del Gucci amarillo de Manuela Velasco (coprotagonista del momento Goya de Honor de Concha Velasco, su tía), diferente, sencillo y, sobretodo, muy bien defendido. Macarena Gracia ha refrescado el panorama, no sólo con una cara nueva, también con un vitaminado Dior muy bien llevado. Marisa Paredes rezumando elegancia, como siempre. ¡Atención! Aitana Sánchez-Gijón y Ángela Molina, dos veteranas de la industria, la otra más que la una, enfundadas en un Lorenzo Caprile casi calcado, espectacular en ambas, y firmo para llegar a los casi 58 con el cuerpo de Ángela Molina. Hablando de Lorenzo Caprile, me ha gustado mucho el modelo de conchas y brilli de Inma Cuesta, y me va a dar igual que lea lo contrario por ahí. Lo que sí que no he entendido es lo de Goya Toledo: no entiendo por qué esa mujer sigue entregando premios, no he entendido por qué se ha puesto un Elie Saab fantabuloso pero con un escote que, no es que no haya sabido, es que no puede defender, con unas joyas que no van para nada con el vestido y, ¡lo peor! ¡¡¡¡Esos pelos!!!! Mucha mecha californiana, muy querer ir divain pero, mujer, ¿no tienes ni un espejo ni un peine en tu casa? Unas horquillas, al menos, para hacerte un recogido desenfadado y al menos no hacer TANTO estropicio. Hablando de pelos, a Belén Rueda le sobraba la diadema, que ya no tiene edad. Las que se han echado años encima han sido Clara Lago y María Valverde; lo de Clara Lago es un clásico, pero lo de María Valverde me ha dejado descolocada, en serio, totalmente dislocada. 

Eso sí, para outfit, percha, y lo que haga falta... A Quim Guitérrez no le ha fallado ni la pose. Ya me perdonarán MAS y compañía, incluso Mario Casas que te abría el apetito con esa barba, pero esta noche Quim, se lleva el ¡me lo tiro! de la noche. Sabíamos que, en el fondo, Berto Romero es un sabio.




A estas horas de la madrugada (casi las cinco ya, si es que se me va el santo al cielo), cambio mi jersey de Bambi, que éste sí que es un modelazo digno de alfombra roja, por el pijama y me voy a dormir, que en breve me tendré que levantar para quemar la cena hipercalórica y totalmente alejada del healthy way of life al que me he acostumbrado últimamente, a sabiendas de que no tengo que sufrir por meterme en tan primorosos vestidos de noche. 

dijous, 14 de febrer del 2013

A fecha de hoy (o de ayer, ya)

La semana pasada mi madre me mandó un guasap en el que decía 'hoy peli ñoña de San Valentín per tv3' y me eché a temblar. Cuando llegué a casa no sólo resultó que ya había visto la película, si no que la había visto en el cine; y no, no era ninguna de la saga 'Crepúsculo'. Somos así, crecemos viendo historias de amores imposibles (de pequeña recuerdo una adicción importante a 'Mujercitas' y 'Pretty woman', y ya no hablamos de las princesas Disney), en al adolescencia echamos lágrimas viéndolas y después ahí seguimos: delante de una pantalla, viendo finales felices ajenos a la realidad y, mucho más, a la propia.

Sin embargo, llega el 14 de febrero, día de los corazones, de escaparates rosas y rojos, de palabras tiernas y absurdas por naturaleza, y el mundo se divide en dos: los que están súper enamorados,se dicen te quieros y se hacen promesas eternas, y los detractores feroces de este día con sus excusas varias: capitalismo, hipocresía, es que el amor se demuestra todos los días.

Yo soy de las detractoras. De las que aborrecen las palabras excesivamente dulces, el algodón de azúcar cubierto con sirope en la mirada y todas esas cosas. Si mi padre escribe cosas muy cursis, mi madre guarda la postal y, las cosas como son, nos alegra el día preguntándonos cómo puede escribir cosas así; se lo decimos, no somos tan arpías, lo mejor es que nos quiere igual. Ni os cuento las risas que nos echamos Irene y yo con el mítico 'una rosa...', capaz de reparar hasta el más nefasto de los días, reímos tanto que casi rondamos la crueldad -casi, porque lo de ser cueles no va con nosotras-. Siempre me ha costado horrores entender la necesidad constante de buscar pareja, los rituales discotequeros de rollo de una noche y, lo peor, el mañana en que la amiga a la que acompañas está con la angustiosa incertidumbre de si podría haber sido el hombre de su vida y no sabe ni su nombre (angustiosa para ti, que aguantas pacientemente el chaparrón de amor repentino), pero también sé que, habiendo querido ser soltera desde que tengo algo de memoria -de pequeña tenía las ideas muy claras-, me metí de lleno en una relación de casi cuatro años, porque estas cosas pasan y, nos pese más o menos, al final todos tenemos sentimientos y necesidades, así que voy a darle el beneficio de la duda al día de hoy.

Siempre hay a quien querer, una persona por la que saldrías catapultado, un alguien que te hace ser mejor y otro que siempre está dispuesto a aguantarte lo peor. A partir de aquí podría empezar un discurso sobre el amor propio, una cosa muy mía, pero ya sale a relucir en la mayoría de mis posts, así que lo voy a dejar en el aire y si alguien necesita un recordatorio sobre el tema, encantada me pongo a dar discursos. Hoy me he puesto el jersey bonito, la falda corta, las bailarinas con la punta metálica, me he planchado el pelo y he salido maquillada de casa (algo poco habitual, ya que debido a mi anterior mencionada impuntualidad, acabo dándome la chapa y pintura en el bus o el tren), y hoy no ha sido por ni para mí. He salido de casa y he ido a mi cita anual con el amor de mi vida, mi abuela. Ella, con su incondicionalidad absoluta, no le ha dado importancia a que una mañana se haya reducido a media hora (aunque sí que se ha quejado, sigue siendo la Antonia por mucho amor que tenga que dar), y a falta de poder comer juntas, tenía la comida lista para llevármela y mi pastelito de San Valentín, con su forma de corazón y su cupido, porque ella tiene claro que nadie me puede querer más que ella. A cambio, la he dejado babear durante 20 minutos con las fotos más recientes de mi hermano, con un 'qué guapo está' cada treinta segundos, y eso sí que es amor del bueno. Como también lo es empezar el día haciendo cortas las distancias largas con un de tus mejores amigas, el sabernos la una al lado de la otra, tiempo y km a parte. O lo mucho que he echado de menos a Gemma, hoy ,más que otros días, porque sé que estaría dispuesta a cenar a horas intempestivas por cenar conmigo, porque eso hemos hecho desde pequeñas, estar en los momentos malísimos, en los peores, y también en los más tontos. Es amor del bueno el que ha estado derrochando mi hermano todo el fin de semana, y no hablo de su habitual 'cariño', que ya sabemos que sí, hablo del placer de haberle visto disfrutar como un enano con Júlia, nuestra enana de verdad. Y del mejor de los amores, son unos padres que ya ni se plantean echarte de casa, que te esperan para cenar juntos cada noche, aunque llegues cada día a las once. Hay, quien, además, o en lugar, o desgraciadamente para ellos porque se han olvidado de todos estos amores, sólo tienen un compañero o compañera en este tramo del camino.

Todos tenemos amores que nos dan la vida, y de vez en cuando nos la quitan, de los que presumimos siempre que podemos y nos ensanchan el corazón hasta que no nos cabe en el pecho. ¿Qué tiene de malo mandar corazones de vez en cuando? Sí, hoy es un día muy rosa, muy pasteloso, demasiado empalagoso y, personalmente, prefiero el libro y la rosa de Sant Jordi, pero en lugar de rencores desapasionados a lo que, al final, no es más que lo que se quiere tener y no se tiene, podemos mostrar pasiones desatadas por aquellos, casi siempre mejor pocos y buenos que muchos, a los que queremos con locura y nos la devuelven. Al final, y también al principio, el corazón es lo que hace que la vida corra por las venas.

divendres, 8 de febrer del 2013

Prisas, cansancios y desastres varios.

La puntualidad no es una de mis mayores virtudes, cualquiera que se haya propuesto verme a una hora concreta se habrá percatado. Siempre voy tarde. No es que no haga las cosas con tiempo (he conseguido corregirme con los años), pero siempre hay alguna nimiedad que me entretiene por el camino y cuando quiero darme por enterada, ya estoy echando a correr porque no llego. Y es que lo peor de ir fuera de hora por el mundo, a parte de poner a prueba la paciencia de quien espera, es que siempre vas con la sexta puesta y las prisas en los talones, también en los empeines.

Por suerte, y porque tiene muchas ganas de dar guerra, se ha acabado correr de un hospital para meterme en otro. Que no me quejo, con tenerla en casa entera me basta y me sobra para respirar tranquila, dormir mejor (aunque no más) por las noches e ir con la cabeza alta y un semblante radiante por el mundo; pero eso no quita que los hospitales agoten las pilas hasta de los conejitos duracel. Qué queréis que os diga, si tengo que correr para darle un beso a mi abuela antes de ir a trabajar, al menos estoy a un minuto -de reloj- del autobús. No es lo mismo, ni ella, obviamente, hace la misma cara.

Hablando de hospitales que cansan, este mes en que TODOS los suplentes hemos hecho jornadas gratuitas por culpa de una mala e ineficiente gestión administrativa por parte de personal del Hospital Clínic i Provincial de Barcelona, que te tomen por el pito del sereno, cansa. Aquí es cuando se nota que trabajo para dos empresas, cuando ante un mismo problema, una de ellas ofrece una solución eficiente y considerada con el empleado, mientras la otra deja al empleado en una posición vulnerable y sin previo aviso. Quien también sabe que trabajo para dos empresas es la Agencia Tributaria, así que ha decidido sacarme los ojos y succionarme toda la sangre de mi sistema circulatorio, porque el hecho de no tener ni unos horarios, ni una posición, ni unos ingresos fijos es lo de menos. Os diré que sí, dos empresas, qué suerte (tal y como están las cosas, muchísimo, ningún problema en reconocerlo), pero un sólo servicio. Lo de las dos empresas es simplemente una peripecia administrativa que no tiene nada que ver con el trabajo que realizo; siempre llevo la misma bata blanca y uso los mismos códigos en SAP, no os vayáis a creer. Igualmente, una vez más, la estupidez del sistema se hace tangible al castigar a familias que, probablemente con sólo un miembro de la unidad familiar trabajando, necesiten esos dos empleos, figurémonos sueldos precarios -apenas existen otros-, para llegar a duras penas a final de mes. Toco madera, no es nuestro caso, pero a partir de ahora pediré cobrar en sobres blancos, que por lo visto ni gravan ni tienen importancia.

Seguramente en otros posts lo habré dicho de maneras más finas, pero ya no me quedan más palabras: vivimos en un país de mierda. No digo nada nuevo, lo sé, pero eso no quita que tenga un punto catártico soltarlo en la inmensidad de la red. Es una mierda de estado, con una mierda de gobierno, una mierda de sistema judicial, una mierda de constitución y unos ciudadanos con una mierda de mentalidad. Generalizo, sí, pero ahora concreto. Una mierda de mentalidad cuando nos hemos vuelto acomodaticios (aquí, la frívola y descerebrada durante la legislatura, soy la primera en reconocer el status de humano pasivo), cuando hay quien es capaz de "justificar" la corrupción con frases como 'es que es muy goloso, no sé si yo lo que haría', cuando la ciudadanía es irrespetuosa con la cultura vecina, cuando nos puede la intolerancia. Sobretodo, cuando la ciudadanía pierde la memoria: la memoria de ser un país emigrante y plural, la memoria de una post-guerra y una dictadura de cuarenta años, la memoria de la falta de libertad y de posibilidades. Ya nos han robado la fe en el sistema, la mayoría no tiene fe en la clase política (a mí todavía me queda un poco, por eso de la familia, porque es como he crecido, pero reconozco que están probando la paciencia de un santo y la fe de un mártir), y poco a poco van consiguiendo que perdamos la fe en la humanidad. 

A marchas forzadas hemos aprendido a rescatarnos unos a otros, ya que los que debieran priorizar nuestro bienestar priorizan las necesidades de unas entidades bancarias corruptas y mal gestionadas. Hemos aprendido a sacar fuerzas de flaqueza, a sacar sonrisas vecinas y a congelar la propia para sobrellevar el día a día. No hay más opciones, no hay facilidades que las que nos proporcionamos a nosotros mismos y las que intentamos proporcionar a los demás. 

Personalmente, me largo. 50 horas lejos... más lejos de lo que procuro estar día a día. Sólo espero que en estas 50 horas las cosas no vayan a peor (ya nos han demostrado que en el momento más insospechado, se lucen y... ¡chas! nuevo estreno en sus carteleras), pero vaya... ya lo digo, que me largo y volveré relamiéndome en la que, sin dudarlo, será una de las mejores experiencias hasta el momento, y en momentos futuros. A pesar de todo, la vida puede ser maravillosa. 

dimarts, 29 de gener del 2013

Nada. Deseo breve.

Cerrar los ojos, apretar muy fuerte y desaparecer. Ni a una isla paradisíaca ni a perderme en el monte. Desaparecer. Un punto negro en medio de la nada, un segundo de suspenso en el vacío. Porque a veces el vacío es necesario. La oscuridad más absoluta, el más quieto de los silencios, la nada más inmensa y ser una leve sombra. Sin mañanas ni ayeres pesados que fatiguen las espaldas. Lejos de incertidumbres y ansiedades. Sin angustias ni dolores ni lágrimas a medias. Lejos del ir siempre tarde, de las carreras y las prisas, de las jornadas laborales imposibles y las horas de sueño escasas. Sin distancias ni añoranzas. Lejos de miedos y horas bajas. Una simple sombra, un yo desdibujado que apenas sea un retazo de todo lo vivido. Apretar los ojos muy fuerte. Y abrirlos con prudencia, intentando traernos un poco de nada a este todo que tanto sofoca.